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Pasion Por Lo Fino

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Pasion Por Lo Fino

Ana siempre había sido una mujer de pasión por lo fino. No cualquier cosa le bastaba: el vino tenía que ser de bodega añeja, la ropa de seda italiana que rozara su piel como una caricia prohibida, y los hombres... ay, los hombres debían oler a colonia cara y prometer noches de placer eterno. Esa noche en el lobby del hotel Four Seasons en Polanco, con sus luces tenues y el jazz suave flotando en el aire, todo pintaba para ser perfecto.

Estaba sentada en la barra, con un vestido negro ceñido que acentuaba sus curvas, sorbiendo un margarita de mezcal artesanal. El hielo tintineaba en el vaso, fresco contra sus labios rojos. Qué chido estar aquí sola, sintiendo el aire acondicionado erizando mi piel, pensó, mientras observaba el ir y venir de la gente elegante. Entonces lo vio: Diego, alto, moreno, con una camisa blanca impecable arremangada hasta los codos, revelando antebrazos fuertes y venas marcadas. Se acercó con una sonrisa que prometía travesuras.

Buenas noches, preciosa. ¿Me permites invitarte a algo más fino que ese margarita? Tengo ojo para las mujeres que aprecian lo exquisito.

Ana sintió un cosquilleo en el estómago, como burbujas de champán subiendo por su espina. Su voz era grave, con ese acento chilango puro que la volvía loca. Olía a Creed Aventus, ese perfume que gritaba dinero y deseo. —Órale, este wey sabe lo que quiere, se dijo.

—Claro, guapo. Pero tiene que ser un tequila reposado, de los que queman suave en la garganta.

Charlaron de todo: de las cantinas escondidas en Roma, de viajes a la Riviera Maya, de cómo la vida era demasiado corta para conformarse con lo chafa. Diego la miraba fijo, sus ojos oscuros devorándola, y cada roce accidental de sus dedos al pasar el vaso hacía que su pulso se acelerara. El calor entre sus piernas empezaba a molestar, un pulso húmedo que la hacía cruzar las piernas con disimulo.

Acto primero: la seducción sutil. Él le contó de su pasión por lo fino, cómo coleccionaba relojes suizos y autos vintage. Ella rio, juguetona, rozando su rodilla con la suya bajo la barra. —Neta, este pendejo es oro puro. Quiero sentir sus manos en mí, explorando cada rincón.

La noche avanzaba, el jazz se volvía más sensual, con saxofones que gemían como amantes. Diego pagó la cuenta con una tarjeta negra —detalle que a Ana le encantó— y la tomó de la mano. —Vamos a mi suite, tengo un botella de Dom Pérignon esperando. ¿Te late?

Subieron en el elevador, solos. El espejo reflejaba sus siluetas: ella con el cabello suelto cayendo en ondas negras, él con esa mandíbula cuadrada que pedía ser besada. Cuando las puertas se cerraron, él la arrinconó contra la pared, su cuerpo grande presionando el de ella. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila y menta. Ana gimió bajito, sintiendo su erección dura contra su vientre. El ding del elevador los separó, riendo como niños traviesos.

En la suite, lujo puro: sábanas de 1000 hilos, vistas al skyline de la CDMX brillando como diamantes. Diego descorchó el champán, el pop resonó como un suspiro. Brindaron, el líquido frío burbujeando en sus bocas, goteando por el mentón de ella. Él lo lamió despacio, trazando un camino ardiente hasta su cuello. Ana jadeó, el aroma de su piel mezclándose con el champán dulce.

Eres deliciosa, mamacita. Quiero probarte toda.

Las manos de él subieron por sus muslos, levantando el vestido. Ella no se opuso; al contrario, arqueó la espalda, invitándolo. Su toque es eléctrico, como terciopelo sobre fuego. Deslizó los tirantes, dejando caer el vestido al piso. Quedó en lencería de encaje negro, pezones endurecidos asomando. Diego gruñó de aprobación, quitándose la camisa. Su pecho era esculpido, con vello oscuro que pedía ser tocado. Ana lo exploró con las uñas, arañando suave, oyendo su respiración agitada.

Acto segundo: la escalada. La tumbó en la cama king size, besando cada centímetro de su cuerpo. Sus labios en los senos, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Ana se retorcía, el placer punzando como agujas dulces. —¡Ay, cabrón, no pares! —gimió, enredando dedos en su cabello.

Él bajó, besando su ombligo, el hueso de la cadera. El olor de su excitación lo invadió: almizcle femenino, salado y tentador. Separó sus piernas, admirando su sexo depilado, húmedo y brillante. —Qué chingón, está empapada por mí, pensó él. Su lengua la tocó primero suave, lamiendo los labios mayores, luego hundiéndose en su clítoris hinchado. Ana gritó, caderas alzándose, el sonido de succión húmeda llenando la habitación. Saboreaba su néctar, ácido y dulce como maracuyá maduro.

Ella lo jaló arriba, desesperada. —Te quiero dentro, ya. —Desabrochó su pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomó en mano, masturbándolo lento, sintiendo el calor y la dureza. Diego jadeó, ojos entrecerrados. Se puso condón —siempre lo fino, nada de riesgos— y se hundió en ella de un solo empujón. Ana ahogó un grito, paredes internas apretándolo como guante de terciopelo.

Se movieron en ritmo perfecto: él embistiendo profundo, ella clavando uñas en su espalda. Sudor perlando sus cuerpos, el slap-slap de piel contra piel, gemidos mezclándose con el tráfico lejano de Reforma.

Esto es la neta del planeta, su pija me llena como nadie
, pensó Ana, mientras él la volteaba a cuatro patas. Desde atrás, la vista era obscena: nalgas redondas temblando con cada arremetida, sus bolas golpeando suave. Agarró sus caderas, acelerando, el placer acumulándose como tormenta.

Dame más fuerte, wey, hazme tuya. Él obedeció, una mano en su clítoris frotando círculos, la otra enredada en su melena. El orgasmo la alcanzó primero: un estallido cegador, contracciones milking su verga, chillidos ahogados en la almohada perfumada a lavanda. Diego la siguió segundos después, gruñendo ronco, bombeando hasta vaciarse.

Acto tercero: el afterglow. Colapsaron enredados, pieles pegajosas de sudor y fluidos. Respiraciones entrecortadas calmándose, el corazón latiendo al unísono. Diego la besó la frente, trazando círculos perezosos en su espalda. —

Fue increíble, mi reina. Tu pasión por lo fino me contagió.

Ana sonrió, satisfecha, el cuerpo lánguido como después de un masaje tailandés. Miró por la ventana: la ciudad dormida, luces parpadeando como estrellas caídas. Esto es lo que merezco: placer puro, sin complicaciones. Mañana quién sabe, pero esta noche fue perfecta.

Se ducharon juntos, agua caliente cascando sobre ellos, jabón espumoso deslizándose por curvas y músculos. Rieron recordando el elevador, prometiendo repetir. Al amanecer, él le dejó su número en una tarjeta perfumada. Ana salió del hotel con paso felino, el sol besando su piel, sabiendo que su pasión por lo fino acababa de encontrar un nuevo capítulo exquisito.

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