Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Hacienda Castañon Abismo de Pasión Hacienda Castañon Abismo de Pasión

Hacienda Castañon Abismo de Pasión

6124 palabras

Hacienda Castañon Abismo de Pasión

El sol del atardecer teñía de oro las colinas que rodeaban la Hacienda Castañon, un paraíso escondido en las sierras de Jalisco. Yo, Ana, acababa de llegar para unas vacaciones que mi carnal me había regalado, huyendo del pinche ajetreo de la ciudad. El aire olía a tierra mojada y a jazmines silvestres, y el viento traía el relincho lejano de los caballos. Bajé del taxi con mi maleta en mano, y ahí estaba él: Diego, el capataz, con su sombrero charro ladeado y una camisa ajustada que marcaba sus pectorales morenos.

Órale, qué chulo, pensé mientras mis ojos se clavaban en su sonrisa pícara. Me saludó con un "¡Bienvenida, mamacita! Soy Diego, a tus órdenes en esta Hacienda Castañon Abismo de Pasión". ¿Abismo de pasión? Sonreí, intrigada. Me contó que así le decían por una leyenda antigua: un barranco profundo donde los amantes se perdían en éxtasis prohibido. Su voz ronca me erizó la piel, y sentí un cosquilleo traicionero entre las piernas.

Me mostró la hacienda: patios empedrados con fuentes borboteantes, viñedos que serpenteaban hasta el horizonte, y habitaciones con camas king size cubiertas de sábanas de algodón egipcio. Cenamos en el comedor principal, tacos de arrachera jugosos, con salsa macha que picaba justo lo necesario, y tequilas reposados que bajaban suaves como caricia. Hablamos de todo: de ranchos, de sueños, de cómo la vida en la ciudad te apachurra el alma. Sus ojos cafés me devoraban, y yo no podía evitar morderme el labio cada vez que rozaba mi mano con la suya al pasar el guacamole.

¿Y si me lanzo? Neta, este vato me prende como fogata en noche de charrería.

La noche cayó como manta negra, salpicada de estrellas. Diego me invitó a cabalgar al amanecer, pero yo supe que el verdadero viaje empezaría antes. En mi cuarto, me desvestí frente al espejo, admirando mis curvas: senos firmes, caderas anchas listas para el vaivén. Me toqué despacio, imaginando sus manos callosas en mi piel, pero me detuve. No, lo quiero de verdad.

Al día siguiente, montamos a caballo por los senderos. El animal trotaba rítmico, y el movimiento me hacía sentir su calor contra mi espalda cuando se acercó. "Siente el viento, Ana, como si te besara", murmuró, su aliento caliente en mi oreja. Bajamos al abismo, un barranco verde con un riachuelo al fondo, donde el eco de las cascadas susurraba promesas. Nos sentamos en una manta que él trajo, con frutas frescas: mangos maduros que chorreaban jugo dulce por mis dedos. Me los dio a morder, sus ojos fijos en mis labios.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. "Eres fuego, Ana. Me quema verte moverte así", dijo, su voz temblorosa. Le respondí con un beso robado, suave al principio, probando el sabor salado de su piel mezclado con tequila de anoche. Sus labios se abrieron, lenguas danzando en un torbellino húmedo. Sus manos subieron por mi blusa, desabotonándola con dedos ansiosos pero gentiles. Sí, pendejo, justo ahí, gemí en mi mente mientras me quitaba el sostén, exponiendo mis pezones duros como piedras de obsidiana.

Me recostó en la manta, el pasto fresco pinchándome la espalda, un contraste delicioso con su cuerpo pesado encima. Olía a hombre de campo: sudor limpio, cuero y tierra. Me besó el cuello, mordisqueando suave, bajando a mis senos. Chupó un pezón con hambre, succionando hasta que arqueé la espalda, un jadeo escapando de mi garganta. "¡Ay, Diego, no pares, cabrón!", susurré, mis uñas clavándose en su espalda musculosa. Él rio bajito, esa risa que vibraba en mi pecho.

Sus manos bajaron a mi short, deslicándolo con lentitud tortuosa. El aire fresco rozó mi monte de Venus depilado, y sentí mi humedad traicionándome, el aroma almizclado de mi excitación flotando entre nosotros. "Estás chingona mojada, mi reina", gruñó, metiendo un dedo grueso en mí, girándolo despacio. Gemí fuerte, el sonido rebotando en el abismo. Otro dedo se unió, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. Mi clítoris palpitaba, hinchado, rogando atención. Lo lamió con la lengua plana, sorbiendo mis jugos como si fueran el néctar más dulce.

No aguanto más, lo necesito dentro. Lo empujé hacia arriba, quitándole la camisa y los jeans. Su verga saltó libre: gruesa, venosa, con la cabeza morada brillando de precum. La tomé en mi mano, masturbándolo firme, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. "Fóllame, Diego, métemela ya", le rogué, mi voz ronca de deseo. Se colocó entre mis muslos, frotando la punta contra mi entrada resbaladiza. Entró de un empujón lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. "¡Puta madre, qué prieta estás!", exclamó, sus caderas empezando a bombear.

El ritmo creció: embestidas profundas, piel contra piel chapoteando húmeda. El sol calentaba nuestras espaldas, el sudor nos unía como pegamento. Lo monté entonces, cabalgándolo como a su caballo, mis senos rebotando con cada salto. Él los amasaba, pellizcando pezones, mientras yo giraba las caderas, frotando mi clítoris contra su pubis. Los sonidos eran sinfonía: mis gemidos agudos, sus gruñidos guturales, el slap-slap de carne chocando, el riachuelo murmurando abajo.

La tensión subió como volcán. "Me vengo, Ana, ¡órale!", rugió, sus bolas apretándose. "¡Conmigo, cabrón!", grité, mi coño contrayéndose en espasmos, ordeñándolo. Eyaculó dentro, chorros calientes llenándome, mientras yo explotaba en olas de placer que me nublaron la vista. Colapsamos, jadeantes, su semilla goteando de mí, mezclada con mis jugos en la manta.

Nos quedamos así, abrazados, el viento secando nuestro sudor. El abismo de pasión nos había tragado, pero en vez de miedo, era éxtasis puro. "Vuelve siempre, mi amor", murmuró, besándome la frente. Sonreí, sabiendo que la Hacienda Castañon sería mi refugio eterno. El sol se ponía, tiñendo el cielo de rojo pasión, y en mi corazón, la llama ardía imperecedera.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.