Elenco Pasion de Cristo Desatada
Ana sentía el calor pegajoso del atrio en Iztapalapa, donde el sol de abril chamuscaba la piel como un beso ardiente. Era el ensayo general de La Pasion de Cristo, esa tradición que cada año reunía a miles en las calles empedradas de la colonia. Ella era María Magdalena, con el vestido holgado de lino blanco que se pegaba a sus curvas sudadas, y él, Diego, interpretaba a Jesús, con esa barba postiza y el torso semidesnudo brillando bajo las luces de los reflectores. El elenco Pasion de Cristo era un hervidero de cuerpos vibrantes, actores y actrices del barrio, todos adultos con ganas de darlo todo en el escenario y, quién sabe, quizás algo más.
Qué wey tan chulo, pensó Ana mientras Diego clavaba la mirada en la suya durante la escena del unción. Sus ojos cafés, profundos como pozos de deseo, la recorrían sin disimulo. El director gritaba: ¡Más pasión, cabrones! ¡Esto es la Pasion de Cristo, no un rosario! Todos reían, sudando, oliendo a tierra caliente y sudor fresco. Ana se acercó para untar el aceite en los pies de Jesús, como mandaba el guion. Sus dedos temblaron al rozar la piel áspera y caliente de Diego. Él contuvo un jadeo, y ella sintió un cosquilleo subirle por el vientre, hasta endurecerle los pezones bajo la tela fina.
Después del corte, el elenco se dispersó en el patio trasero, bebiendo aguas frescas de jamaica que refrescaban la garganta reseca. Ana se sentó en una banca de madera, abanicándose con el libreto. Diego se acercó, quitándose la corona de espinas falsa, con el pecho ancho reluciente de sudor. Órale, Magdalena, ¿ya te cansaste de ungir pecadores? bromeó él, con esa sonrisa pícara que le arrugaba las comisuras. Ella lo miró de arriba abajo, notando el bulto sutil en sus pantalones de lino. Neta, Jesús, tú eres el que anda tentado, respondió juguetona, cruzando las piernas para apretar el calor que ya le bullía entre los muslos.
La noche cayó como un manto negro sobre Iztapalapa, con el rumor lejano de cohetes y mariachis celebrando la víspera. El elenco Pasion de Cristo se fue yendo de a poquito, pero Ana y Diego se quedaron recogiendo props en el camerino improvisado, una salita con espejos empañados y olor a loción barata mezclada con esencia de gardenias. La tensión crecía como la marea, cada roce accidental enviando chispas. ¿Sabes? murmuró Diego, acercándose por detrás mientras ella doblaba una túnica. En el ensayo, cuando me tocaste... me pusiste como piedra. Su aliento cálido le erizó la nuca, y Ana giró, presionando su cuerpo contra el de él. ¿Y qué, pendejo? ¿No aguantas la pasion? Lo provocó, mordiéndose el labio.
Las manos de Diego se posaron en su cintura, firmes pero tiernas, atrayéndola. Olía a hombre, a jabón de sándalo y sudor limpio, ese aroma que hace agua la boca. Ana alzó la cara, y sus labios se encontraron en un beso lento, exploratorio, como si probaran un fruto prohibido. Lenguas danzaron, saboreando el dulzor de la saliva y el leve toque salado del sudor. Ella gimió bajito cuando él deslizó una mano por su espalda, bajando hasta apretarle las nalgas redondas. Qué rica estás, Ana... Neta, desde el primer día te quiero comer a besos, confesó él contra su boca, voz ronca de deseo.
Se separaron solo para arrancarse la ropa con urgencia juguetona. El vestido de Ana cayó al piso, revelando sus senos plenos, pezones oscuros endurecidos como chiles secos. Diego se quitó la túnica, mostrando un abdomen marcado por horas de gimnasio y el vello oscuro que bajaba hasta su verga gruesa, ya tiesa y palpitante.
Virgen de Guadalupe, qué pedazo de hombre, pensó ella, lamiéndose los labios. Lo empujó contra la mesa del maquillaje, donde frascos tintinearon como campanas lejanas. Se arrodilló, como en la escena, pero esta vez por puro gusto. Tomó su miembro en la mano, sintiendo el calor vivo, las venas pulsantes bajo la piel suave. Lo lamió desde la base, saboreando el gusto salado y almizclado, hasta meterlo en la boca, chupando con hambre, oyendo los gemidos guturales de Diego: ¡Ay, wey, qué chingón!
Él la levantó con brazos fuertes, sentándola en la mesa. Sus dedos expertas bajaron por su vientre suave, hasta el monte de Venus húmedo. Ana jadeó cuando separó sus labios carnosos, encontrando el clítoris hinchado. Estás chorreando, mi amor, dijo él, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos para rozar ese punto que la hacía arquearse. El sonido húmedo de su excitación llenaba el cuarto, mezclado con sus respiraciones agitadas y el zumbido de un ventilador viejo. Ella clavó las uñas en sus hombros, oliendo su piel tostada, sintiendo el pulso acelerado contra su pecho. Más, Diego, no pares, cabrón, suplicó, las caderas moviéndose al ritmo de sus caricias.
La tensión escalaba, un fuego que lamía cada nervio. Diego la besó el cuello, mordisqueando suave, dejando marcas rojas como estigmas de placer. Ana lo guio dentro de ella, sintiendo cómo su verga la llenaba centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. ¡Órale, qué prieta! gruñó él, empezando a bombear lento, profundo. Cada embestida era un choque de cuerpos sudorosos, piel contra piel chapoteando, pechos rebotando. Ella envolvió las piernas en su cintura, arañándole la espalda, inhalando el olor a sexo crudo que impregnaba el aire. Sus gemidos se volvieron gritos ahogados: ¡Más duro, Jesús mío, dame tu pasion!
El clímax se acercaba como tormenta de verano. Diego aceleró, sus bolas golpeando contra ella, el sudor goteando de su frente a sus senos. Ana sintió la ola romper, un espasmo que la sacudió entera, contrayendo su coño alrededor de él en pulsos calientes. ¡Me vengo, pendejo, ay! chilló, mordiéndole el hombro. Él la siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándola con chorros calientes que desbordaron, chorreando por sus muslos. Se quedaron pegados, temblando, respiraciones entrecortadas sincronizadas con el latido de sus corazones.
Después, en el afterglow, se tumbaron en un colchón viejo del fondo del camerino, envueltos en una sábana ligera. El aire olía a semen y jazmín del bouquet olvidado. Diego le acariciaba el cabello revuelto, besándole la frente. Neta, Ana, esto fue mejor que cualquier Pasion de Cristo, murmuró riendo bajito. Ella sonrió, trazando círculos en su pecho.
El elenco Pasion de Cristo tiene sus secretos, y este es nuestro, pensó, sintiendo una paz profunda, como si hubieran exorcizado demonios con puro placer. Afuera, Iztapalapa dormía bajo las estrellas, ajena a la pasión desatada en su corazón barroco. Mañana sería el estreno, pero ahora, enredados, sabían que su historia apenas empezaba, con promesas de más noches ardientes entre ensayos y aplausos.