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Mi Pasion Es Viajar Hacia Tus Deseos

6459 palabras

Mi Pasion Es Viajar Hacia Tus Deseos

Mi pasión es viajar. Neta que desde chiquita, lo que más me late es subirme a un avión, sentir ese brinco en el estómago cuando despega y perderme en paisajes que me hacen vibrar el alma. Esta vez, elegí Cancún, con sus playas de arena blanca que parecen besadas por el sol y ese mar turquesa que te invita a meterte de cabeza. Llegué al hotel La Playa Encantada, un paraíso con palmeras susurrando con la brisa y el olor salado del océano colándose por las ventanas abiertas. Me puse mi bikini rojo, el que resalta mis curvas, y salí a caminar por la orilla, sintiendo la arena tibia entre los dedos de los pies.

Ahí lo vi. Diego, un morro alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como el atardecer y una sonrisa pícara que me hizo apretar las piernas sin querer. Estaba en la playa jugando voleibol con unos cuates, su torso sudado reluciendo bajo el sol, músculos tensos cada vez que saltaba.

Órale, qué tipo tan chingón, pensé. Me late este viaje ya de entrada.
Nuestras miradas se cruzaron, y él dejó caer la pelota para acercarse, con esa confianza de los que saben lo que traen entre manos.

¿Qué onda, güerita? ¿Primera vez por acá? —me dijo, con voz grave que me erizó la piel.

—Simón, pero mi pasión es viajar, wey. Vengo a desconectarme y a pasarla chido —le contesté, mordiéndome el labio sin darme cuenta.

Charlamos un rato, riéndonos de tonterías. Me contó que era guía turístico, que conocía todos los rincones secretos de la Riviera Maya. El sol se ponía, pintando el cielo de naranjas y rosas, y el aire se llenaba de ese aroma a coco y sal. Me invitó a una chela en el bar de la playa, y ¿por qué no? Me late la aventura.

La noche cayó como un manto suave, con el sonido de las olas rompiendo rítmicamente y música de cumbia rebeldía sonando bajito. Nos sentamos en unas hamacas, cervezas frías en mano, y la plática fluyó como el ron que pedimos después. Sus manos rozaban las mías accidentalmente, enviando chispas por mi espina. Quiero que me toque más, neta, pensé, mientras el calor entre mis piernas crecía con cada mirada suya.

—Ven, te enseño un lugar chido —me dijo de repente, tomándome de la mano. Caminamos por la playa hasta una cabaña apartada, iluminada por antorchas tiki que parpadeaban como estrellas caídas. Adentro, velas aromáticas a vainilla y jazmín perfumaban el aire, y una cama king size con sábanas de lino blanco nos esperaba. No hubo palabras innecesarias; nos besamos con hambre, sus labios salados y firmes devorando los míos, lenguas danzando en un tango húmedo y caliente.

Sus manos expertas desataron mi bikini, dejando mis senos libres al aire fresco de la noche. Los besó, lamió mis pezones endurecidos hasta que gemí bajito, el placer subiendo como una ola.

¡Ay, cabrón, qué rico se siente esto! Mi cuerpo arde por él.
Yo le quité la camisa, recorriendo con las uñas su pecho velludo, bajando hasta el borde de su short. Lo bajé despacio, revelando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y las venas marcadas, y la masturbé lento, viendo cómo sus ojos se nublaban de deseo.

Me tumbó en la cama, su boca bajando por mi vientre, dejando un rastro de besos húmedos. Cuando llegó a mi concha, ya estaba empapada, el olor almizclado de mi excitación mezclándose con el salitre. Lamio mi clítoris con maestría, chupando suave al principio, luego más fuerte, metiendo dos dedos que curvaba justo en mi punto G. Grité su nombre, arqueando la espalda, las olas del orgasmo construyéndose desde adentro. El sonido de su lengua lamiendo mis jugos, mis gemidos mezclados con el mar, todo era puro fuego.

Te quiero adentro, Diego, métemela ya —le rogué, jadeando.

Se puso un condón —siempre seguro, qué chingón— y se posicionó entre mis piernas. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada pulgada llenándome, su grosor rozando mis paredes sensibles. Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y embistiendo profundo, haciendo que mis tetas rebotaran con cada choque. El sudor nos cubría, piel contra piel resbaladiza, el slap-slap de nuestros cuerpos uniéndose como música erótica.

Aceleró, mis uñas clavándose en su espalda, dejando marcas rojas. Neta, este wey me va a volver loca. Cambiamos de posición; me puse encima, cabalgándolo como una amazona, mis caderas girando en círculos, sintiendo su verga golpear mi cervix con cada bajada. Él me amasaba las nalgas, un dedo rozando mi ano, enviando descargas extras. El placer crecía, mis músculos contrayéndose alrededor de él, hasta que exploté en un orgasmo brutal, chillando, mi concha ordeñándolo mientras él gruñía y se venía dentro, llenando el condón con chorros calientes.

Nos quedamos así, jadeando, cuerpos entrelazados en un charco de sudor y satisfacción. El aire olía a sexo, a nosotros, a mar. Me besó la frente, suave, tierno.

Al día siguiente, despertamos con el sol filtrándose por las cortinas de bambú, pájaros cantando afuera. Desayunamos mangos jugosos y café de olla en la terraza, el jugo dulce goteando por mi barbilla mientras él lo lamía juguetón. Hicimos el amor otra vez, esta vez lento, exploratorio, con risas y susurros.

Mi pasión es viajar, pero esto... esto es viajar al paraíso del cuerpo ajeno.

Diego me llevó a un cenote escondido, agua cristalina rodeada de vegetación exuberante. Nos metimos desnudos, el agua fresca contrastando con el calor de nuestras pieles. Flotamos, besándonos perezosos, sus manos acariciando bajo el agua, dedos colándose de nuevo en mí hasta hacerme gemir contra su boca. El eco de mis jadeos rebotaba en las rocas, un secreto nuestro.

Pero el viaje sigue, y yo no me ato. Le dije que mi pasión es viajar, no quedarme quieta. Él sonrió, entendiendo. —Vuelve cuando quieras, mi pasión será esperarte —me dijo, con ese guiño pícaro.

En el aeropuerto, con el boleto de regreso en mano, sentí el cosquilleo familiar. Mi cuerpo aún vibraba con sus toques, mi piel recordando su sabor salado y dulce. Qué chido viaje, neta. El siguiente será igual de intenso. Subí al avión, lista para la próxima aventura, sabiendo que cada kilómetro recorrido me lleva a placeres como este.

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