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Claudia Ramirez El Color de la Pasion

7148 palabras

Claudia Ramirez El Color de la Pasion

En las calles empedradas de Guadalajara, donde el sol besa la piel como un amante impaciente, Claudia Ramirez caminaba con ese paso de reina que volvía locos a los hombres. Su cabello negro azabache caía en ondas sobre sus hombros bronceados, y sus ojos color miel brillaban con un fuego que prometía tormentas. Vestía un huipil ajustado que realzaba sus curvas generosas, la falda floreada ondeando al ritmo de sus caderas. Olía a jazmín y a algo más profundo, un aroma de mujer madura lista para devorar el mundo.

Era una tarde de mercado, con el bullicio de vendedores gritando "¡Fresas frescas, mija!" y el siseo de las tortillas en los comales. Claudia, de treinta y cinco años, dueña de una boutique de ropa fina en el centro, sentía el calor subiendo por su piel. Hacía meses que no sentía un hombre de verdad, desde que su ex, ese pendejo infiel, la dejó por una flaquita insípida. Pero hoy, algo en el aire la inquietaba. Un cosquilleo en el vientre, como si el destino le guiñara el ojo.

Entonces lo vio. Alto, moreno, con una camisa blanca abierta que dejaba ver el vello oscuro en su pecho. Se llamaba Alejandro, un arquitecto que restauraba haciendas antiguas. Sus ojos se cruzaron en el puesto de mole, y el mundo se detuvo.

¿Quién es este chulo? Piensa Claudia. Su mirada me quema, me hace sentir desnuda aquí mismo, con toda esta gente alrededor.
Él sonrió, mostrando dientes perfectos, y se acercó con una frescura que olía a tequila y tabaco.

Órale, preciosa, ¿me regalas una probadita de ese mango? —dijo, señalando el puesto, pero sus ojos devoraban sus labios carnosos.

Claudia rio, un sonido gutural que vibró en su pecho. —Sí, mi amor, pero solo si me dices tu nombre primero.

Hablaron como si se conocieran de toda la vida. El sol se ponía tiñendo el cielo de rojo pasión, y el aroma de las enchiladas y el cilantro flotaba pesado. Alejandro la invitó a un café en la plaza, y ella aceptó sin pensarlo dos veces. Sentados en una banca de hierro forjado, sus rodillas se rozaron. El roce fue eléctrico, un chispazo que subió por sus muslos. Claudia sintió su panocha humedecerse, un calor traicionero que la hizo cruzar las piernas.

¡Virgen santa! Este hombre me va a volver loca. Su voz ronca, como un mariachi borracho de deseo. Quiero lamerle el cuello, sentir su sudor salado en mi lengua.

La noche cayó como un velo de terciopelo. Alejandro la llevó a su loft en Providencia, un lugar elegante con vistas a las luces de la ciudad. El aire acondicionado susurraba fresco contra su piel caliente, y el sonido distante de un mariachi callejero se colaba por la ventana abierta. Olía a madera pulida y a su colonia, un almizcle que la mareaba.

—Claudia Ramirez, el color de la pasión te queda pintado en la cara —murmuró él, acercándose. Sus dedos rozaron su brazo, trazando un camino de fuego hasta su nuca.

Ella jadeó, el corazón latiéndole como tambores en una fiesta. —Ven, cabrón, no me hagas esperar.

Acto primero del deseo: los besos. Sus labios se encontraron suaves al principio, probando sabores. El suyo sabía a café y chile, el de ella a mango dulce. Las lenguas danzaron, húmedas y urgentes, mientras sus manos exploraban. Alejandro deslizó los dedos por su espalda, desatando el huipil con maestría. La tela cayó, revelando sus senos plenos, pezones oscuros endurecidos por el anhelo. Él los besó, chupando con hambre, y Claudia gimió, el sonido ecoando en la habitación como un eco de rancheras prohibidas.

El calor de su boca en su piel era abrasador, un contraste delicioso con el aire fresco. Olía a su excitación, ese olor almizclado de calentura que llena el aire. Sus manos bajaron a su falda, levantándola para acariciar sus muslos suaves, subiendo hasta encontrar la humedad entre sus piernas. Claudia arqueó la espalda, sus uñas clavándose en sus hombros.

¡Ay, Dios! Su dedo me roza la chochita, suave pero firme. Estoy empapada, lista para él. Quiero su verga dentro, llenándome hasta reventar.

La tensión crecía como una tormenta en el horizonte. Alejandro la llevó al sofá de cuero negro, que crujió bajo su peso. Se quitó la camisa, mostrando un torso esculpido por horas en el gimnasio y el sol mexicano. Claudia lo miró, lamiéndose los labios, y bajó la cremallera de sus jeans. Su pinga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con vida. El olor a macho la invadió, terroso y salado.

Lo tomó en su mano, sintiendo el calor pulsante, la piel sedosa sobre la dureza de acero. Lo masturbó despacio, viendo cómo sus ojos se nublaban de placer. —Qué rica verga tienes, amor —susurró ella, voz ronca de deseo.

Él gruñó, un sonido animal que la erizó. La tumbó boca arriba, besando su vientre, bajando hasta su monte de Venus. Su lengua lamió su clítoris hinchado, saboreando su néctar dulce y salado. Claudia se retorcía, las caderas alzándose, el sonido de sus jadeos mezclándose con el tráfico lejano. El placer subía en olas, tenso, insoportable. Ya casi, pensó, pero él se detuvo, sonriendo pícaro.

—Aún no, mamacita. Quiero sentirte alrededor mío.

La giró de rodillas, el cuero frío contra sus senos calientes. Entró en ella de un solo empujón, llenándola por completo. Claudia gritó de placer, el estiramiento delicioso, su panochita apretándolo como un guante húmedo. El ritmo empezó lento, cada embestida un choque de carne contra carne, slap-slap resonando. Sudor perló sus cuerpos, goteando, mezclándose. Olía a sexo puro, a pasión desbocada.

Su vergón me parte en dos, pero qué gusto. Cada roce en mi punto G me manda al cielo. Más fuerte, cabrón, dame todo.

La intensidad escalaba. Alejandro aceleró, sus manos en sus caderas, jalándola contra él. Claudia empujaba hacia atrás, salvaje, libre. Sus gemidos se volvieron gritos, el cuarto lleno de su sinfonía erótica. El clímax la golpeó como un rayo, ondas de éxtasis recorriendo su cuerpo, contrayéndose alrededor de él. Él la siguió segundos después, gruñendo su nombre, llenándola con chorros calientes.

Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor. El aire olía a ellos, a el color de la pasión hecha carne. Claudia se acurrucó en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse. Besos suaves en su frente, caricias perezosas.

Eres increíble, Claudia Ramirez —murmuró él, voz somnolienta.

Ella sonrió, el alma satisfecha.

Esto es lo que necesitaba. Un hombre que despierte mi fuego, que pinte mi mundo de rojo pasión. Mañana, quién sabe, pero esta noche es nuestra.

La luna entraba por la ventana, bañándolos en plata. En Guadalajara, la ciudad de tequilas y amores intensos, Claudia había encontrado su color verdadero: el de la pasión viva, ardiente, eterna.

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