Pasión Capítulo 67 Fuego en la Carne
Ana sintió el calor del sol de Puerto Vallarta filtrándose por las cortinas entreabiertas del balcón. El aire olía a sal marina mezclada con el dulce aroma de las bugambilias que trepaban por la pared del hotel. Qué chido estar aquí sola, pero no por mucho, pensó mientras se pasaba las manos por su piel bronceada, todavía húmeda de la regadera. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco que se pegaba a sus curvas como una caricia prohibida, sin nada debajo. Hacía meses que no veía a Javier, su amor de toda la vida, el vato que la hacía temblar con solo una mirada.
El sonido de las olas rompiendo en la playa era como un latido constante, sincronizado con el pulso acelerado en su pecho. Ana caminó hacia el balcón, el piso de madera cálido bajo sus pies descalzos. Abajo, la gente reía en las sillas de la alberca, pero su mente estaba en otra parte. Javier llega en media hora, se dijo, mordiéndose el labio inferior. Recordaba su última noche juntos en la Ciudad de México, cómo sus manos ásperas de mecánico la habían explorado hasta dejarla jadeante. Neta, carnal, me muero por sentirte de nuevo.
De repente, un claxon familiar sonó en la entrada. Ana asomó la cabeza y lo vio: Javier bajando de su camioneta pick-up roja, con esa camisa ajustada que marcaba sus pectorales y el jean desgastado que le sentaba como anillo al dedo. Sus ojos oscuros la buscaron de inmediato, y una sonrisa pícara se dibujó en su rostro moreno.
¡Órale, morra! ¿Ya estás lista pa' la acción?gritó desde abajo, su voz grave retumbando como trueno lejano.
Ana rio, el sonido burbujeando en su garganta. Bajó las escaleras corriendo, el vestido ondeando contra sus muslos. Cuando lo abrazó, el olor de su colonia barata mezclada con sudor fresco la invadió, haciendo que sus pezones se endurecieran al instante. Javier la levantó en volandas, sus manos firmes en su culo, apretando justo lo suficiente para encender la chispa.
—Te extrañé, wey —murmuró ella contra su cuello, saboreando la sal de su piel con la lengua.
Él la besó con hambre, su boca caliente y demandante, lengua danzando en un tango húmedo que sabía a menta y deseo reprimido. Ana sintió su verga endureciéndose contra su vientre, gruesa y palpitante. Esto apenas empieza, pensó, mientras lo arrastraba hacia la habitación.
En el restaurante del hotel, bajo las luces tenues de faroles colgantes, la tensión crecía como una tormenta. Pedieron tacos de mariscos y micheladas heladas, el limón picante explotando en sus bocas mientras sus pies se rozaban bajo la mesa. Javier la miraba fijamente, sus dedos trazando círculos en el dorso de su mano.
—¿Sabes qué? —dijo él, inclinándose—. Esta noche va a ser como Pasión Capítulo 67, esa novela que vemos juntos. Puro fuego, morra, sin frenos.
Ana se sonrojó, recordando cómo esas escenas picantes los ponían calientes en el sillón de su casa en Guadalajara. Neta, si supiera lo que me mojo pensando en eso. El vapor de las micheladas subía, mezclándose con el aroma ahumado de los camarones a la diabla. Cada bocado era una promesa: el jugo picante goteando por su barbilla, Javier limpiándolo con el pulgar y chupándolo despacio.
Después, bailaron en la terraza al ritmo de un mariachi lejano, guitarra y trompeta vibrando en el aire nocturno. Sus cuerpos se pegaron, caderas moviéndose en sincronía. Ana sentía el calor de su pecho contra sus tetas, el roce de su paquete duro contra su monte de Venus. Me traes loca, pendejo, pensó, mientras sus manos bajaban por su espalda hasta apretar su nalga musculosa.
—No aguanto más —susurró Javier en su oído, mordisqueando el lóbulo—. Vámonos.
Subieron al cuarto tropezando, besos robados en el elevador, manos por todos lados. La puerta se cerró con un clic, y Javier la empujó contra la pared, levantándole el vestido. Sus dedos encontraron su coño empapado, resbaloso de miel. Ana gimió, el sonido gutural escapando de su garganta mientras él frotaba su clítoris hinchado.
Su tacto es eléctrico, como chispas en mi piel. El olor a sexo empezaba a llenar la habitación, almizclado y dulce. Javier se arrodilló, besando su ombligo, bajando hasta inhalar su aroma íntimo.
Estás cañón, chula, hueles a pecado, gruñó, antes de lamerla despacio, lengua plana recorriendo sus labios mayores.
Ana se arqueó, uñas clavándose en su cabello negro. El placer subía en oleadas, su corazón martilleando como tambores taquileños. Sabía a sal y deseo puro, pensó él en silencio, devorándola con hambre de lobo.
La llevó a la cama king size, sábanas frescas crujiendo bajo sus cuerpos. Ana le quitó la camisa, besando cada centímetro de su torso velludo, saboreando el sudor salado. Sus manos desabrocharon su cinturón, liberando su verga tiesa, venosa, goteando precum. La tomó en su mano, masturbándolo lento, sintiendo el pulso en la palma.
—Chúpamela, reina —pidió Javier, voz ronca.
Ella obedeció, boca caliente envolviéndolo, lengua girando en la cabeza sensible. Él jadeó, caderas empujando suave, el sabor almendrado inundando su paladar. Qué rico, wey, tan grueso que apenas cabe. Pero quería más. Lo empujó boca arriba, montándolo a horcajadas. Su coño se abrió para él, tragándoselo centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente.
Comenzaron a follar con ritmo lento al principio, mirándose a los ojos. El slap de piel contra piel resonaba, mezclado con gemidos ahogados. Ana cabalgaba, tetas rebotando, sudor perlando su frente. Javier la agarraba las caderas, guiándola, pulgares presionando su clítoris. Esto es pasión pura, Capítulo 67 de nuestro amor, pensó ella, mientras el orgasmo se acumulaba como marea alta.
Él la volteó, poniéndola a cuatro patas. Entró de nuevo, profundo, golpeando su punto G con cada embestida. El cuarto olía a sexo intenso, a fluidos mezclados. Ana gritó,
¡Más duro, carnal, rómpeme!Javier aceleró, bolas chocando contra su clítoris, una mano enredada en su pelo, tirando suave para arquearla.
El clímax la golpeó como rayo: espasmos violentos, coño contrayéndose alrededor de su verga, chorros de squirt mojando las sábanas. Javier rugió, corriéndose dentro, semen caliente llenándola, pulsos interminables. Colapsaron juntos, cuerpos temblando, respiraciones entrecortadas.
En el afterglow, yacían enredados, piel pegajosa de sudor y jugos. El ventilador del techo zumbaba suave, enfriando sus cuerpos febriles. Javier la besó la frente, dedos trazando patrones perezosos en su espalda.
—Eres lo máximo, morra. Nunca me canso de ti —murmuró.
Ana sonrió, lánguida y satisfecha. Esto es nuestro, puro fuego mexicano, sin fin. Afuera, las olas seguían su canción eterna, testigos mudos de su pasión. Se durmieron así, unidos, soñando con más capítulos por venir.