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Flor de la Pasion Para Que Sirve

6805 palabras

Flor de la Pasion Para Que Sirve

El sol de la tarde caía a plomo sobre el mercado de Puerto Vallarta, con ese calor pegajoso que se te mete en la piel y te hace sudar hasta el alma. Tú caminabas entre los puestos, oliendo a mar y a frutas maduras, cuando tus ojos se clavaron en un ramo de flores moradas y exóticas. Flor de la pasión, decía el cartelito escrito a mano. La curandera, una mujer morena con ojos que parecían leer tus secretos, te sonrió con picardía.

¿Flor de la pasión para qué sirve, doña?
le preguntaste, sintiendo un cosquilleo en el estómago, como si ya supieras la respuesta.

—Ay, mija, pa’ despertar el fuego que traes adentro. Un té de estas y verás cómo tu carnal se vuelve loco por ti. Neta, es puro amor ardiente —te contestó guiñando un ojo, mientras te envolvía unas flores frescas en papel de estraza.

Las compraste sin pensarlo dos veces. Javier, tu amor de tantos años, te esperaba en la casa de playa que rentaban para el fin de semana. Era un wey alto, de piel bronceada por el sol jalisciense, con esa sonrisa pícara que te derretía las rodillas. Habían llegado de Guadalajara huyendo del ajetreo, listos pa’ desconectarse y conectarse de la forma más carnal.

Al llegar, el aroma salino del Pacífico se mezclaba con el de las buganvillas trepando por la terraza. Javier salió a recibirte en short y sin camisa, sus músculos tensos brillando bajo el sudor. ¡Órale, preciosa! ¿Qué traes ahí? preguntó, besándote el cuello con esa hambre que nunca se saciaba.

—Una sorpresa, amor. Flor de la pasión para qué sirve, ¿eh? Vamos a averiguarlo —le dijiste, riendo mientras entrabas a la cocina rústica, con sus azulejos coloridos y el sonido de las olas rompiendo a lo lejos.

Preparas el té con cuidado, machacando las pétalos en un molcajete que olía a hierbas frescas. El vapor subía dulzón, con un toque floral que te hacía agua la boca. Se lo sirvieron en tazas de barro, sentados en la hamaca de la terraza, con el viento cálido acariciándoles la piel. Brindaron, sus miradas chocando como chispas.

Al principio, nada. Solo charla de la playa, planes pa’ la noche. Pero poco a poco, un calorcito se instaló en tu vientre, como si alguien hubiera encendido una fogata chiquita. Tus pezones se endurecieron bajo la blusa ligera, rozando la tela con cada respiración. Miraste a Javier y viste lo mismo en sus ojos: pupilas dilatadas, labios entreabiertos, el pecho subiendo y bajando más rápido.

¿Qué carajos es esto? Siento que me arde todo por dentro, como si quisiera devorarte ya mismo
, pensaste, apretando las piernas pa’ calmar el pulso que latía entre ellas.

Él se acercó, su mano grande posándose en tu muslo desnudo. El toque fue eléctrico, piel contra piel, cálida y suave como seda mojada. No mames, nena, esto es puro fuego. Flor de la pasión para qué sirve... pa’ esto, cabrón, murmuró con voz ronca, jalándote hacia él.

Los besos empezaron suaves, labios rozándose con sabor a té floral y sal marina. Pero el deseo escaló rápido, lenguas enredándose con urgencia, mordidas juguetona en el labio inferior. Sus manos subieron por tu espalda, desatando el nudo de tu pareo, dejando que cayera al piso de madera. Quedaste en calzones diminutos, el aire fresco lamiendo tu piel erizada.

Javier te cargó sin esfuerzo, llevándote adentro, al cuarto con la cama king size frente al ventanal. El colchón se hundió bajo su peso cuando te recostó, su cuerpo cubriendo el tuyo. Olías su aroma masculino, mezcla de sudor limpio, loción de coco y ese algo único que te volvía loca. Te necesito ya, wey, gemiste, arqueando la cadera contra su dureza evidente bajo el short.

Él se quitó la ropa de un jalón, su verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando con anticipación. Te quitó los calzones despacio, besando cada centímetro de tus muslos, inhalando tu olor a excitación húmeda. Qué rica hueles, mamacita. Mira cómo te mojas por mí, dijo, pasando los dedos por tu raja empapada, abriéndote como una flor.

El primer roce de su lengua fue un rayo. Lamidas lentas, circulares alrededor del clítoris hinchado, succionando con justo la presión pa’ hacerte jadear. Tus manos se enredaron en su pelo negro, empujándolo más profundo. Sonidos obscenos llenaban el cuarto: chupadas húmedas, tus gemidos agudos mezclados con el rumor del mar.

¡Sí, así, no pares, pendejo delicioso!
gritaste en tu mente, las caderas moviéndose solas contra su boca.

Pero querías más. Lo jalaste arriba, volteándote encima de él en un movimiento fluido. Montándolo a horcajadas, sentiste la punta de su verga rozar tu entrada, lubricada y lista. Bajaste despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo estirarte, llenarte hasta el fondo. ¡Qué chingón se siente, amor! Tan duro pa’ mí.

Cabalgaste con ritmo creciente, pechos rebotando, sudor perlando tu piel. Él te amasaba las nalgas, azotándolas suave pa’ marcar territorio, sus gruñidos roncos vibrando en tu pecho. El slap-slap de carne contra carne se aceleraba, mezclado con el crujir de las sábanas y vuestras respiraciones entrecortadas. Olías el sexo en el aire, almizclado y embriagador, como la flor que lo había desatado todo.

Cambiaron posiciones, él detrás, penetrándote de rodillas. Sus embestidas eran profundas, golpeando ese punto que te hacía ver estrellas. Una mano en tu clítoris, frotando en círculos, la otra tirando de tu pelo con cariño dominante. Soy tuya, cógeme más fuerte, pensabas, el orgasmo building como una ola gigante.

Me vengo, Javier, ¡no pares! —gritaste, el cuerpo convulsionando, paredes internas apretándolo en espasmos. Él rugió, hundiéndose una última vez, llenándote con chorros calientes que sentiste chorrear por tus muslos.

Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa y corazones galopando al unísono. El afterglow era puro éxtasis: besos perezosos, caricias suaves en la espalda, el sol poniente tiñendo la habitación de naranja. Afuera, las olas seguían su canto eterno, como aplaudiendo su unión.

Flor de la pasión para qué sirve... pa’ recordarnos que el amor es esto: fuego, sudor, entrega total. Neta, qué chido invento
, reflexionaste, acurrucada en su pecho, oyendo su corazón calmarse.

Javier te besó la frente, riendo bajito. Tenemos que comprar más, mi reina. Esto apenas empieza. Y así, enredados en sábanas revueltas, supieron que la noche traería más rondas, más descubrimientos, más de ese placer que la flor había avivado como ninguna otra cosa.

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