Novela Pasión Capítulo 2 Fuego en las Venas
Ana se recargó en la puerta de su departamento en Polanco, con el corazón latiéndole como tambor en fiesta de pueblo. El aroma del café recién hecho de la cafetería de abajo se colaba por la ventana entreabierta, mezclándose con el perfume dulce de las gardenias que su vecina regaba cada mañana. Hacía una semana de aquel encuentro con Marco, el tipo que conoció en la boda de su prima en Guadalajara. Novela Pasión Capítulo 2, pensó con una sonrisa pícara, recordando cómo en el primero habían bailado hasta el amanecer, sus cuerpos rozándose al ritmo de banda sinaloense, pero sin cruzar la línea. Hoy, él venía a visitarla, prometiendo terminar lo que empezaron. ¿Sería neta o puro cuento?
El timbre sonó, y Ana sintió un cosquilleo en el estómago, como cuando comes tamales de elote demasiado picantes. Abrió la puerta y ahí estaba Marco, con su camisa guayabera ajustada que marcaba los músculos de su pecho, pantalón de mezclilla que le quedaba como anillo al dedo y esa mirada de pendejo enamorado que la derretía. Olía a colonia barata pero sexy, esa que te hace querer olerlo toda la noche.
—Órale, guapa, ¿me extrañaste? —dijo él con voz ronca, entrando y cerrando la puerta de un jalón.
Ana no respondió con palabras. Se acercó, le rodeó el cuello con los brazos y lo besó como si el mundo se acabara. Sus labios eran suaves pero exigentes, sabían a chicle de tamarindo y a promesas calientes. Las manos de Marco bajaron a su cintura, apretándola contra él, y ella sintió su dureza presionando contra su vientre. Chingado, ya empezó el desmadre, pensó, mientras su piel se erizaba bajo el vestido ligero de algodón mexicano que apenas cubría sus curvas.
Se separaron jadeando, mirándose a los ojos. El departamento estaba iluminado por la luz dorada del atardecer que entraba por las cortinas de lino, pintando sus cuerpos en tonos ámbar. Ana lo tomó de la mano y lo llevó al sofá de piel color crema, donde se sentaron pegaditos, piernas entrelazadas.
—Cuéntame de ti, carnal —murmuró ella, trazando círculos con la uña en su muslo—. ¿Qué has hecho esta semana pensando en mí?
Marco sonrió, esa sonrisa de galán de telenovela, y le confesó:
—Neta, no he pegado los ojos. Te imagino desnuda, moviéndote encima de mí, gimiendo mi nombre. Me tienes loco, Ana.
El aire se cargó de electricidad, como antes de una tormenta en el DF. Ana sintió su centro humedecerse, un calor líquido que la hacía apretar los muslos. Lo besó de nuevo, esta vez mordisqueando su labio inferior, saboreando el salado de su piel sudada. Sus lenguas danzaron, húmedas y urgentes, mientras las manos exploraban. Él deslizó la suya bajo el vestido, acariciando la seda de sus bragas, y ella gimió bajito contra su boca.
¿Por qué me hace sentir así? Como si fuera la primera vez, pero mejor. Quiero devorarlo entero.
Marco la recostó en el sofá, besando su cuello, lamiendo la sal de su sudor. Ana arqueó la espalda, oliendo su propio aroma mezclado con el de él: almizcle puro, deseo crudo. Él bajó el vestido, exponiendo sus pechos llenos, pezones duros como piedras de obsidiana. Los tomó en su boca, chupando suave al principio, luego con hambre, mordisqueando lo justo para que ella gritara de placer.
—Ay, Marco... no pares, pinche delicioso —jadeó ella, enredando los dedos en su cabello negro revuelto.
Las manos de Ana no se quedaron atrás. Desabrochó su camisa, lamiendo su pecho velludo, saboreando el sabor salobre de su piel. Bajó al cinturón, lo abrió con dedos temblorosos y metió la mano en sus calzones. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando en su palma. Era caliente como brasa, suave como terciopelo sobre acero. La masturbó despacio, sintiendo cómo se endurecía más, goteando precúm que olía a sexo inminente.
Se levantaron, tambaleantes de lujuria, y fueron al cuarto. La cama king size con sábanas de hilo egipcio los esperaba, perfumada con lavanda del mercado de Coyoacán. Marco la desnudó por completo, admirando su cuerpo moreno, curvas de diosa prehispánica: caderas anchas, culo redondo, concha depilada brillando de humedad.
—Eres una chingona, Ana. Perfecta —gruñó él, arrodillándose.
La tumbó y separó sus piernas, besando el interior de sus muslos, oliendo su esencia dulce y salada. Su lengua llegó al clítoris, lamiéndolo en círculos lentos, chupando como si fuera el mejor elote en vaso. Ana se retorcía, las uñas clavadas en las sábanas, el sonido de sus jadeos llenando la habitación junto al tráfico lejano de Reforma.
No aguanto más, voy a explotar, pensó, mientras oleadas de placer la recorrían desde el vientre hasta las yemas de los pies. Marco metió dos dedos en su interior, curvándolos para tocar ese punto que la volvía loca, bombeando rítmicico. Ella gritó, corriéndose fuerte, jugos empapando su mano, cuerpo convulsionando en éxtasis.
Pero no era el fin. Ana lo empujó a la cama, montándose a horcajadas. Tomó su verga, la frotó contra su entrada resbaladiza y se hundió en él de un solo movimiento. ¡Ay, cabrón! Llenaba perfecto, estirándola deliciosamente. Cabalgó despacio al inicio, sintiendo cada vena rozando sus paredes, sus pelotas golpeando su culo. El sudor les chorreaba, mezclando olores: piel caliente, sexo, pasión.
Marco la sujetó por las caderas, embistiéndola desde abajo, gruñendo como toro en rodeo.
—Más duro, mi amor... dame todo —suplicó ella, inclinándose para besarlo, pechos rebotando contra su torso.
El ritmo aceleró, piel contra piel en palmadas húmedas, gemidos convirtiéndose en gritos. Ana sentía su orgasmo construyéndose de nuevo, un nudo apretado en el bajo vientre. Marco la volteó, poniéndola a cuatro patas, y la penetró profundo, manos amasando su culo, dedo rozando su ano para más placer.
—Me vengo... ¡chinga! —rugió él, llenándola de semen caliente, pulsos interminables.
Ella explotó con él, concha contrayéndose alrededor de su verga, leche chorreando por sus muslos. Colapsaron juntos, exhaustos, cuerpos pegajosos en un enredo de extremidades.
Después, en la quietud, con el sol ya oculto y luces de la ciudad parpadeando afuera, se abrazaron. Marco le acariciaba el cabello, besando su frente.
—Esto fue mejor que cualquier sueño, Ana.
Ella sonrió, trazando patrones en su pecho.
—Novela Pasión Capítulo 2 superado. ¿Listo para el tres?
Se rieron bajito, el corazón latiendo al unísono, sabiendo que esto era solo el comienzo de algo ardiente, eterno como el sol de México.