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La Pasion de Cristo Carnal

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La Pasion de Cristo Carnal

La noche de Jueves Santo envolvía las calles empedradas de mi pueblo en Guanajuato con un velo de misterio. El aire estaba cargado del aroma dulce del incienso quemándose en las iglesias y del jazmín que trepaba por las paredes de adobe. Yo, María, caminaba con mi rebozo negro sobre los hombros, el corazón latiéndome fuerte como tambor de procesión. Cada año, la Semana Santa me removía por dentro, pero esta vez era diferente. Sentía un fuego en el vientre que no tenía nada que ver con las oraciones ni las velas parpadeantes.

Ahí estaba él, Alejandro, mi carnal secreto, esperándome en la sombra de la capilla del Calvario. Alto, moreno, con esa barba incipiente que le daba un aire de penitente salvaje. Sus ojos oscuros brillaban como las antorchas de la procesión, y cuando me vio, una sonrisa pícara se le escapó. Órale, nena, murmuró bajito, su voz ronca rozándome la piel como una caricia prohibida. Me acerqué, el roce de mi falda contra sus pantalones de mezclilla enviando chispas por mi espina dorsal. Olía a tierra húmeda y a hombre, ese olor que me volvía loca.

¿Por qué carajos este wey me hace sentir así? Como si la pasión de Cristo se hubiera metido en mis venas, pero en versión carnal, pura lujuria.

Nos escabullimos por un callejón angosto, lejos de los murmullos devotos y el eco de las matracas. Sus manos grandes me tomaron de la cintura, atrayéndome contra su pecho firme. Sentí su corazón galopando al ritmo del mío, el calor de su piel traspasando la blusa de algodón. Te deseo tanto, María, susurró en mi oído, su aliento cálido con sabor a tequila de la cena familiar. Mis pezones se endurecieron al instante, rozando la tela áspera. Le respondí con un beso hambriento, nuestras lenguas danzando como serpientes en el Jardín del Edén.

El beso se profundizó, sus dientes mordisqueando mi labio inferior con esa ternura bruta que me deshacía. Bajó las manos a mis nalgas, amasándolas con fuerza, y yo gemí bajito, el sonido ahogado por su boca. El callejón olía a tierra mojada por la llovizna reciente, y el suelo irregular nos obligaba a pegarnos más. Sentía su verga endureciéndose contra mi monte de Venus, dura como cruz de madera, prometiendo salvación pecaminosa.

Nos detuvimos en un rincón oculto por un muro cubierto de enredaderas. Alejandro me recargó contra la pared fría, el contraste con su cuerpo ardiente volviéndome de gelatina. Quítate eso, carnala, ordenó con voz juguetona, tirando del rebozo. Obedecí, dejando que mi blusa cayera, exponiendo mis tetas al aire nocturno. Él las miró con hambre, lamiéndose los labios. Qué chulas están, María, duras como manzanas maduras. Sus dedos ásperos por el trabajo en el taller de talabartería rozaron mis pezones, pellizcándolos suave al principio, luego con más presión. Un rayo de placer me recorrió desde el pecho hasta el coño, que ya chorreaba jugos calientes.

Esto es la verdadera pasión de Cristo, pienso, no las espinas ni el vinagre, sino este ardor que me consume viva.

Le desabroché la camisa, revelando su torso moreno, marcado por músculos que se contraían bajo mi tacto. Olía a sudor limpio, a jabón de lavanda mezclado con masculinidad pura. Besé su pecho, saboreando la sal de su piel, lamiendo un pezón oscuro que se irguió como mío. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi clítoris. Me traes loco, pendejita, dijo riendo, pero sus ojos ardían serios. Bajé la mano a su bragueta, sintiendo la polla palpitante, gruesa y venosa bajo la tela. La saqué con cuidado, admirándola a la luz de la luna: venuda, con el glande brillando de precum.

Me arrodillé en el suelo polvoso, el rebozo como almohada bajo mis rodillas. La tomé en la boca, saboreando su sabor almendrado, salado, tan adictivo. Él enredó los dedos en mi pelo negro, guiándome sin forzar, gimiendo ¡Qué rico chupas, mi reina!. Chupé más profundo, la lengua girando alrededor del tronco, aspirando sus bolas pesadas. El olor de su excitación me inundaba las fosas nasales, embriagador como el vino de la misa. Mis jugos corrían por mis muslos, el coño hinchado rogando atención.

Alejandro me levantó con ternura bruta, volteándome contra la pared. Subió mi falda, las manos expertas bajando mis calzones empapados. Estás chorreando, nena, toda mojada por mí. Metió dos dedos en mi raja, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. Gemí alto, mordiéndome el labio para no alertar a los vecinos devotos. El sonido de mis jugos chapoteando era obsceno, delicioso. Él los sacó brillantes y se los lamió, mirándome fijo. Sabes a miel de maguey, María.

La tensión crecía como tormenta en el Cerro del Pípila. Me penetró de golpe, su verga llenándome hasta el fondo, estirándome con placer punzante. ¡Ay, cabrón, qué grande!, grité bajito. Empezó a bombear lento, cada embestida rozando mi pared interna, el glande golpeando mi cervix como martillo en yunque. Sus manos en mis caderas, uñas clavándose leve, marcándome como suya. Yo empujaba hacia atrás, el culazo rebotando contra su pubis, piel contra piel en palmadas rítmicas. El sudor nos unía, resbaloso, el olor a sexo crudo mezclándose con el incienso lejano.

En este momento, Alejandro es mi Cristo, sufriendo y gozando en esta pasión carnal que nos redime de la rutina diaria.

Aceleró, follándome duro, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada. Sentía el orgasmo construyéndose, una ola gigante en mi vientre. Vente conmigo, carnal, jadeé. Él gruñó, mordiendo mi hombro, y el mundo explotó. Mi coño se contrajo en espasmos violentos, ordeñando su polla, chorros de placer mojando sus muslos. Él se corrió segundos después, llenándome de leche caliente, pulsación tras pulsación, hasta que goteó por mis piernas.

Nos quedamos pegados, jadeando, el corazón latiéndonos desbocado. Me giró con cuidado, besándome la frente sudorosa. Te amo, María, más que a nada. Yo sonreí, el cuerpo lánguido, satisfecho. El afterglow era dulce como ates de calabaza, el cuerpo pesado de placer residual. Limpiamos el desastre con mi rebozo, riendo bajito como niños pícaros.

Regresamos a la procesión tomados de la mano en la sombra, el eco de la pasión de Cristo recitándose en la distancia. Pero para nosotros, la verdadera pasión había sido esa danza de cuerpos, de almas entrelazadas en el fuego de la carne. Caminamos en silencio, el sabor de él aún en mi boca, el aroma de nuestro amor impregnado en la piel. Mañana sería Viernes Santo, pero esta noche habíamos resucitado en éxtasis puro.

Desde entonces, cada Semana Santa, revivo esa noche en sueños. Alejandro, mi Cristo carnal, el que me lleva al cielo sin espinas ni clavos, solo con besos y embestidas eternas.

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