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Pornhub Pasión Desnuda

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Pornhub Pasión Desnuda

Estaba sola en mi depa en la Condesa, con el ruido de la ciudad colándose por la ventana abierta. El sol de la tarde teñía todo de naranja, y el olor a café recién hecho flotaba en el aire. Yo, Ana, una morra de veintiocho pirulos que trabaja en una agencia de diseño, me sentía caliente como chile en nogada. El día había sido un desmadre, pero ahora, recostada en mi cama king size con sábanas de algodón egipcio, decidí darme un gustito. Saqué el iPhone, abrí la app de Pornhub y tecleé pasión. Ahí estaba, un video titulado Pornhub Pasión, con una pareja mexicana echando el mejor clavado que había visto en meses. La chava gemía como si el mundo se acabara, y el vato la cogía con una intensidad que me hizo apretar las piernas.

Mi mano bajó sola por mi panza plana, rozando el encaje de mis panties negros. Sentí el calor subiendo, el pulso acelerado en mi clítoris. Órale, Ana, ¿por qué no llamas a alguien pa’l real? pensé, mientras el sudor empezaba a perlar mi piel morena. Recordé a Diego, ese güey que conocí en Tinder la semana pasada. Alto, tatuado, con ojos cafés que prometían desmadre. Le mandé un whats: "¿Vienes? Tengo antojo de pasión de la buena". Respondió en dos minutos: "Ya voy, mamacita. Llevo chelas".

Pensé en el video de Pornhub Pasión, en cómo la morra se arqueaba, pidiendo más. Yo quiero eso, pero en vivo y en carne propia.

Media hora después, sonó el interfón. Abrí la puerta en shortcito y crop top, sin bra. Diego entró con una sonrisa pícara, oliendo a colonia fresca y cerveza fría. Traía una six de Indio y una bolsa de papas. "¡Qué chingona estás, Ana! ¿Qué se te ofrece?" dijo, abrazándome fuerte. Su pecho duro contra mis tetas me erizó la piel. Lo jalé adentro, cerré la puerta y pusimos cumbia rebajada de fondo, esa que te pone en mood romántico pero cachondo.

Nos sentamos en el sofá de terciopelo gris, abrimos chelas. El frío del vidrio contra mi palma contrastaba con el calor que me subía por las nalgas. Hablamos pendejadas al principio: del tráfico en Insurgentes, de lo caro que está el taco al pastor en el puesto de la esquina. Pero yo no aguantaba más. "Oye, Diego, ¿viste el video de Pornhub Pasión? Ese que está en tendencia", le solté, mirándolo fijo. Él se rio, ese carcajeo grave que vibra en el pecho. "Sí, güey, lo vi anoche. Me dejó con la verga parada todo el día. ¿Por qué, te prendió?" Asentí, mordiéndome el labio. El aire se cargó de electricidad, como antes de una tormenta en el Zócalo.

Su mano grande se posó en mi muslo, subiendo despacio. Sentí cada callo de sus dedos, áspero y delicioso contra mi piel suave. "Muéstramelo", murmuró, su aliento cálido en mi oreja, oliendo a menta y deseo. Puse el teléfono en la mesa, el video reproduciéndose. La pantalla iluminaba nuestras caras mientras veíamos a la pareja besarse con hambre, lenguas enredadas, manos explorando. Diego me jaló a su regazo, mi culo acomodándose perfecto en su entrepierna dura. Chingado, qué grande se siente, pensé, moviéndome sutil pa’ frotarme.

Acto dos empezó ahí, con besos lentos que sabían a cerveza y sal. Su lengua invadió mi boca, chupando mi inferior como si fuera un dulce de tamarindo. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca. Mis manos bajaron por su playera, sintiendo los músculos del abdomen contraídos, el vello suave que me hacía cosquillas en las yemas. Él me quitó el crop top, exponiendo mis chichis firmes, pezones duros como piedras de obsidiana. "Qué tetas tan ricas, Ana. Quiero mamarlas toda la noche", gruñó, bajando la cabeza. Su boca caliente las envolvió, lengua girando alrededor del pezón izquierdo, succionando con fuerza que me arqueó la espalda. Olía a su sudor limpio, mezclado con mi aroma a vainilla del perfume.

Me paré, temblando de anticipación, y lo arrastré a la cama. La luz de la ciudad entraba por las cortinas sheer, pintando sombras en su cuerpo mientras se quitaba la ropa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntando al techo como un pinche mástil. Esto es mejor que cualquier Pornhub Pasión, me dije, lamiéndome los labios. Me arrodillé, el piso de madera fría contra mis rodillas, y la tomé en la mano. Caliente, pulsante, saboreé la gota salada en la punta. La chupé despacio, lengua plana lamiendo desde la base hasta la cabeza, oyendo sus jadeos roncos: "¡Sí, así, cabrona deliciosa!". Él enredó sus dedos en mi pelo negro largo, guiándome sin fuerza, puro placer mutuo.

Pero quería más. Lo empujé a la cama, montándome encima. Mis panties ya estaban empapadas, el olor a mi excitación llenando la habitación como incienso prohibido. Me las quité, frotando mi panocha rasurada contra su verga, lubricándola con mis jugos. "Cógeme ya, Diego. Quiero sentirte adentro", le rogué, voz ronca. Él sonrió, manos en mis caderas anchas, y me penetró de un solo empujón. ¡Ay, wey! El estirón fue exquisito, llenándome hasta el fondo, golpeando ese punto que me hace ver estrellas. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, piel chocando contra piel con palmadas húmedas. El sudor nos unía, resbaloso y caliente, mientras la cumbia subía de volumen, ritmando nuestros movimientos.

Esto es pasión de verdad, no como en Pornhub. Aquí siento cada vena, cada latido, cada suspiro suyo en mi alma.

La tensión crecía como volcán en Popo. Cambiamos posiciones: él de rodillas detrás, cogiéndome a perrito. Sus bolas chocaban contra mi clítoris con cada embestida profunda, manos amasando mis nalgas. Gemía como loca, "Más duro, pendejo, rómpeme!", y él obedecía, gruñendo palabras sucias que me volvían loca: "Tu coño es una chingonería, Ana, apriétame así". El olor a sexo crudo nos envolvía, mezclado con el jazmín del jardín abajo. Mis piernas temblaban, el orgasmo acercándose como tren de la Cuatro Caminos.

Lo volteé, misionero puro, piernas en sus hombros. Me miró a los ojos, besándome mientras me taladraba. Sentí el clímax explotar: olas de placer desde el útero, contracciones apretando su verga, chillidos escapando de mi garganta. Él se vino segundos después, caliente dentro de mí, llenándome con chorros que desbordaban. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa, corazones galopando al unísono.

Acto final, el afterglow perfecto. Nos quedamos abrazados, su cabeza en mis tetas, dedos trazando círculos perezosos en mi espalda. El aire olía a nosotros, a satisfacción profunda. "Esto fue mejor que cualquier video de Pornhub Pasión", murmuró él, besándome el cuello. Yo sonreí, acariciando su pelo revuelto. "Sí, güey. Esto fue real, puro desmadre consensual y chido". Afuera, la noche mexicana cantaba con cláxones y risas lejanas. Me sentía plena, empoderada, lista pa’ más noches así. Diego se quedó a dormir, y mientras el sueño nos vencía, supe que esta pasión desnuda había cambiado algo en mí para siempre.

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