Pasión de Gavilanes Portada Ardiente
El sol de Jalisco caía a plomo sobre la hacienda Los Gavilanes, tiñendo de dorado los campos de agave y haciendo que el aire oliera a tierra caliente y hierba fresca. Ana caminaba por el porche de madera, con el vestido ligero pegándose a su piel por el sudor, cuando sus ojos se posaron en una revista vieja tirada en la mesa de la sala. La Pasión de Gavilanes portada la llamaba como un imán. Esa imagen provocativa de una pareja enredada en un abrazo salvaje, los cuerpos semidesnudos bajo la luz de la luna, despertó algo profundo en ella. El hombre musculoso, con camisa abierta y pantalón de charro ajustado, besaba el cuello de la mujer como si quisiera devorarla. Ana sintió un cosquilleo entre las piernas, un calor que subía desde su vientre.
¿Por qué carajos me pongo así con una simple portada? pensó, mordiéndose el labio. Tenía veintiocho años, soltera por elección después de un desmadre con un novio citadino que no entendía el ritmo de la ranchería. Pero ahí estaba Miguel, el capataz de la hacienda, un moreno de ojos negros como el petróleo, con manos callosas de domar caballos y una sonrisa que prometía pecados. Lo había visto esa mañana arreando el ganado, el sudor resbalando por su pecho tatuado con un gavilán en pleno vuelo. La revista en sus manos era como un eco de esa fantasía que la rondaba noches enteras.
Ana dejó la revista y salió al corral, donde el relincho de los caballos y el crujir de las sillas de montar llenaban el aire. Miguel desmontaba de su yegua, quitándose el sombrero para secarse la frente. El olor a cuero y caballo la envolvió cuando se acercó.
—Órale, Ana, ¿qué onda? Te ves como si hubieras visto un fantasma —dijo él, con esa voz grave que vibraba en el pecho de ella.
—Nada, wey. Solo... vi una cosa que me prendió —respondió ella, juguetona, sintiendo el pulso acelerarse al notar cómo sus ojos bajaban por su escote.
Él rio, un sonido ronco que le erizó la piel. —Si es lo que pienso, déjame ver. Sus dedos rozaron los de ella al tomar la revista que Ana sacó de su bolsillo. La miró un segundo y silbó bajito. —Pasión de Gavilanes portada ardiente, eh. Esto sí que calienta la sangre.
El roce fue eléctrico, como una chispa en la pólvora seca. Ana tragó saliva, oliendo su aroma masculino: sudor mezclado con jabón de lavanda y tierra. Quería más, pero el deseo era un fuego lento que necesitaba avivarse.
La tarde avanzó con ellos charlando en el porche, bebiendo agua fresca de jícara mientras el sol bajaba. Miguel contaba anécdotas de sus viajes por el norte, sus manos gesticulando, rozando accidentalmente el brazo de Ana. Cada toque era una promesa. Ella sentía el calor subir, sus pezones endureciéndose bajo la tela fina, el roce del vestido contra su piel sensible como una caricia prohibida.
No aguanto más, se dijo Ana, mientras el viento traía el aroma de las buganvilias. La revista descansaba entre ellos, testigo mudo de la tensión que crecía. Miguel la miró fijo, sus ojos oscuros devorándola.
—Ana, desde que llegaste de la ciudad, no dejo de pensar en ti. Eres como esa portada: pura pasión contenida —murmuró, su aliento cálido contra su oreja.
Ella se acercó, sus labios a centímetros. —Entonces suéltala, Miguel. Hazme sentir esa pasión de gavilanes.
Acto seguido, sus bocas se unieron en un beso hambriento. Los labios de él eran firmes, con sabor a sal y menta del chicle que masticaba. Ana gimió bajito cuando su lengua invadió su boca, explorando con urgencia. Sus manos callosas subieron por su espalda, atrayéndola contra su pecho duro. Ella sintió la erección presionando contra su vientre, gruesa y pulsante bajo el pantalón de mezclilla.
Se separaron jadeantes, el corazón de Ana latiendo como tambor ranchero. Miguel la cargó sin esfuerzo, llevándola adentro de la casa principal, donde el aire era más fresco y olía a madera de encino. La recostó en el sofá de cuero viejo, sus ojos brillando con deseo puro.
—¿Estás segura, muñeca? Porque una vez que empecemos, no paro —preguntó, voz ronca.
—Sí, carnal. Quiero todo de ti —susurró ella, tirando de su camisa.
Las manos de Miguel desabrocharon su vestido con maestría, dejando al descubierto sus senos plenos, los pezones rosados endurecidos por el aire y la anticipación. Él los lamió despacio, la lengua áspera trazando círculos que enviaban descargas directas a su sexo. Ana arqueó la espalda, oliendo su propio aroma de excitación mezclándose con el de él. Qué rico se siente su boca, como fuego líquido.
Ella le bajó el pantalón, liberando su verga erecta, venosa y gruesa, con la cabeza brillante de precúm. La tomó en mano, sintiendo el calor y el pulso acelerado. —Estás como piedra, pendejo —bromeó, antes de inclinarse para saborearla. Su lengua rodeó la punta, salada y almizclada, chupando con avidez mientras él gruñía, enredando los dedos en su cabello negro.
—¡Ay, cabrona, me vas a matar! —jadeó Miguel, pero la detuvo, volteándola para quitarse el resto de la ropa. Ahora desnudos, piel contra piel, el sudor los unía como pegamento caliente. Él besó su vientre, bajando hasta su monte de Venus depilado, inhalando su olor dulce y femenino. Su lengua encontró el clítoris hinchado, lamiéndolo con movimientos expertos que la hicieron retorcerse.
Ana gemía alto, el sonido rebotando en las vigas de madera. —Más, Miguel, no pares... ¡órale! Sus caderas se movían solas, presionando contra su boca. Él introdujo dos dedos gruesos en su concha húmeda, curvándolos para tocar ese punto que la volvía loca. El jugo corría por sus muslos, resbaloso y caliente.
La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Ana sentía el orgasmo aproximándose, un nudo apretado en el bajo vientre. Pero quería más, quería sentirlo dentro. —Cógeme ya, wey. Lléname.
Miguel se posicionó, frotando la cabeza de su verga contra sus labios vaginales, lubricándolos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos jadearon al unísono. —Estás tan apretada, tan chingona —gruñó él, comenzando a moverse con ritmo pausado, profundo.
El sofá crujía bajo ellos, el slap-slap de carne contra carne llenando la habitación. Ana clavó las uñas en su espalda, oliendo el sexo puro: sudor, fluidos, pasión animal. Él aceleró, embistiéndola con fuerza controlada, sus bolas golpeando su culo. Ella envolvió las piernas alrededor de su cintura, sintiendo cada vena, cada pulso.
Es como la portada, pero real, vivo, pensó en un flash, mientras el placer la invadía. El clímax la golpeó primero, un estallido que la hizo gritar, contrayendo su concha alrededor de él en espasmos. Miguel la siguió segundos después, gruñendo como toro, llenándola con chorros calientes que desbordaban.
Se derrumbaron juntos, respiraciones entrecortadas, pieles pegajosas. Él la besó suave, lamiendo el sudor de su cuello. —Eres mi pasión de gavilanes, Ana. No hay portada que se compare.
Ella sonrió, el cuerpo lánguido y satisfecho, el corazón pleno. Afuera, el sol se ponía, tiñendo el cielo de rojo como su deseo cumplido. En ese momento, supo que esto era solo el principio de muchas noches ardientes en la hacienda. La revista quedó olvidada, pero su fuego ardía eterno en ellos.