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Pa Que Son Pasiones Los Players (1)

7089 palabras

Pa Que Son Pasiones Los Players

La noche en la playa de Puerto Vallarta olía a sal marina mezclada con el humo dulce de las fogatas y el aroma embriagador de las cervezas frías. El ritmo de la cumbia rebajada retumbaba en mis huesos, haciendo que mis caderas se movieran solas mientras bailaba descalza sobre la arena tibia. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a mi piel sudada, marcando cada curva de mi cuerpo. Yo, Ana, de veintiocho años, había venido con mis cuates a desconectarme del pinche estrés de la chamba en la Ciudad de México. Neta, necesitaba sentirme viva, deseada, tocada.

Ahí lo vi. Alto, moreno, con esa sonrisa de pendejo que te hace mojar las panties sin que te des cuenta. Se llamaba Marco, un player de esos que huelen a colonia cara y aventura. Estaba recargado en una palmera, con una Corona en la mano, platicando con unos vatos pero con los ojos fijos en mí. Sus músculos se marcaban bajo la camisa blanca entreabierta, y cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí un cosquilleo en el estómago que bajó directo hasta mi entrepierna. Órale, este wey sabe lo que hace, pensé, mientras él se acercaba con paso felino, la arena crujiendo bajo sus pies.

—Qué chida fiesta, ¿no? —me dijo con voz ronca, como si el mar mismo hablara a través de él. Su aliento olía a tequila reposado y limón fresco.

—Sí, carnal, pero falta algo de acción —le contesté juguetona, ladeando la cabeza para que viera el escote de mi vestido. Nuestros brazos se rozaron accidentalmente, y el calor de su piel me erizó los vellos. Era como electricidad estática en el aire húmedo de la noche.

Empezamos a platicar. Me contó que era de Guadalajara, que viajaba por la costa vendiendo artesanías en mercados playeros, pero su vibe gritaba player nato. Reíamos de tonterías, de cómo los turistas se emborrachaban como pendejos y terminaban en el agua fully vestidos. Cada vez que se reía, su mano rozaba mi cintura, ligera al principio, pero cada roce era más intencional, más caliente. Sentía mi corazón latiendo fuerte contra las costillas, y un calor húmedo creciendo entre mis muslos. Pa' qué negarlo, lo quiero ya, me dije, mordiéndome el labio.

La tensión crecía con cada canción. Bailamos pegaditos, su pecho duro contra mis tetas, su verga semi-dura presionando mi panza a través de los pantalones. Olía a sudor masculino mezclado con el océano, un olor que me volvía loca. Sus manos bajaron a mis nalgas, amasándolas con fuerza, y yo gemí bajito en su oído.

—¿Vienes conmigo a un lugar más privado? —me susurró, su aliento caliente en mi cuello, haciendo que se me pusieran los pezones duros como piedras.

—Vamos, guapo —le respondí, tomando su mano. Caminamos por la playa, el sonido de las olas rompiendo como un latido compartido. Llegamos a su cabaña rentada, una choza de palapa con hamaca y velas titilando. El aire dentro era espeso, cargado de jazmín y anticipación.

¿Y si es solo un rato? ¿Y si me rompe el corazón? No mames, Ana, esto es pa' gozar, no pa' dramas. Pa' qué son pasiones los players, sino pa' quemar la noche entera.

En cuanto cerramos la puerta de madera, me empujó contra ella con gentileza pero firmeza. Sus labios capturaron los míos en un beso salvaje, lenguas enredándose como serpientes hambrientas. Sabía a tequila y sal, y yo le devoré la boca como si fuera mi última cena. Sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido hasta mi cintura, y metió los dedos en mis calzones empapados. Estoy chorreando por ti, cabrón, pensé mientras jadeaba.

—Estás mojadísima, mami —gruñó contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Sus dedos jugaban con mi clítoris, círculos lentos que me hacían arquear la espalda. El sonido de mi propia humedad era obsceno, chapoteos suaves en la quietud de la cabaña. Olía a mi excitación, ese aroma almizclado que llena el aire cuando estás a punto de explotar.

Le arranqué la camisa, lamiendo su pecho sudoroso, saboreando la sal en su piel. Bajé al botón de sus jeans, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante en mi mano. Era caliente, como hierro forjado, y la apreté mientras él gemía mi nombre. Ana, Ana, repetía como un mantra. Lo masturbé despacio, sintiendo cada vena bajo mi palma, mientras él me quitaba el vestido de un jalón.

Caímos en la cama de red de mosquitero, las sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Él se arrodilló entre mis piernas, besando el interior de mis muslos, dejando huellas húmedas que se enfriaban al instante. Su lengua llegó a mi panocha, lamiendo con hambre, chupando mi clítoris como si fuera un dulce. Gemí fuerte, agarrando su cabello negro y revuelto. ¡Qué rico, wey! No pares. El placer subía en olas, mis caderas se movían solas contra su cara, el sonido de succión mezclado con mis alaridos.

Pero quería más. Lo empujé hacia arriba, montándome encima. Su verga rozó mi entrada, lubricada y lista. Bajé despacio, sintiéndolo estirarme centímetro a centímetro. ¡Ay, cabrón, qué grande! Llenaba cada rincón de mí, tocando spots que me hacían ver estrellas. Empecé a cabalgarlo, lento al principio, sintiendo el roce de su pubis contra mi clítoris. El sudor nos unía, piel resbaladiza, el aire lleno de nuestros jadeos y el crujido de la cama.

—Pa' qué son pasiones los players —me dijo entre dientes, agarrando mis tetas y pellizcando los pezones— si no es pa' follarte así de rico, hasta que grites mi nombre.

Aceleré, rebotando con fuerza, mis nalgas chocando contra sus muslos en palmadas rítmicas. El olor de sexo impregnaba todo, intenso y animal. Sentía mi orgasmo construyéndose, una presión en el vientre que crecía como marea alta. Él se incorporó, chupando mis tetas mientras me embestía desde abajo, su verga golpeando profundo. Voy a venirme, Marco, no pares.

Exploté primero, un grito ronco saliendo de mi garganta mientras mi panocha se contraía alrededor de él, chorros de placer mojando sus bolas. Él gruñó, tensándose, y sentí su leche caliente llenándome, pulsación tras pulsación. Nos quedamos así, unidos, temblando, el corazón latiéndonos al unísono como tambores de fiesta.

Después, nos recostamos en la hamaca, desnudos bajo la brisa marina. Su mano acariciaba mi vientre perezosamente, trazando círculos suaves. Olía a nosotros, a sexo satisfecho y promesas rotas. Esto fue chingón, pero mañana cada quien su camino, pensé con una sonrisa.

—¿Regresamos a la fiesta? —le pregunté, besando su hombro.

—O nos quedamos aquí toda la noche, gozando más pasiones playeras —rió él, atrayéndome para otro beso lento.

La luna se reflejaba en el mar, testigo de nuestra noche. Neta, pa' qué complicarse. Las pasiones de los players son pa' quemar la piel y dejar el alma en llamas, listas para el siguiente fuego.

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