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Motos Fly Pasión

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Motos Fly Pasión

El rugido de los motores retumbaba en mi pecho como un tambor africano mientras el sol del mediodía caía a plomo sobre el autódromo de Monterrey. Motos Fly Pasión, el evento más chido del año, había atraído a miles de carnales como yo, ansiosos por ver esos fierros saltar rampas y volar por los aires con una gracia salvaje. Yo, Ana, de veintiocho pirulos y con un cuerpo que no pasaba desapercibido en mi ajustado top negro y jeans rotos, me abrí paso entre la multitud sudada, inhalando ese olor a gasolina quemada mezclado con tierra caliente y sudor fresco. Neta, cada salto me erizaba la piel, me hacía apretar los muslos sin querer, como si esa potencia desbocada despertara algo profundo en mis entrañas.

Ahí estaba él, Marco, el piloto estrella del equipo local. Lo vi aterrizar su moto con un giro perfecto, el polvo levantándose en nubes espesas que olían a desierto mojado. Alto, moreno, con tatuajes asomando por las mangas de su camiseta empapada y una sonrisa pícara que prometía problemas del bueno. Cuando se quitó el casco, su cabello negro revuelto brilló bajo el sol, y sus ojos cafés me clavaron en seco.

¿Y si me acerco? ¿Y si este wey me lleva a volar de verdad?
pensé, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas.

El announcer gritaba por los altavoces: "¡Motos Fly Pasión en su máxima expresión, carnales? ¡Aplausos para Marco el Rey!" La gente enloqueció, pero yo solo lo veía a él quitándose los guantes con movimientos lentos, deliberados, como si supiera que lo observaban. Me mordí el labio, el corazón martillándome contra las costillas. ¿Qué pedo conmigo? Venía por la adrenalina de las motos, no por un ligue, pero neta que su presencia me tenía mojadita ya.

Al final de su ronda, se acercó al área de fans, firmando gorras y posando para selfies. Yo me quedé atrás, fingiendo checar mi teléfono, pero él me vio. Nuestras miradas chocaron como dos motos en curva cerrada. "Órale, güerita, ¿vienes a ver o a volar?" me dijo con esa voz ronca, cargada de Monterrey puro, extendiendo la mano para un high-five. Su palma era callosa, caliente, y al tocarla sentí una descarga eléctrica que me subió por el brazo directo al coño.

"Vengo por las dos cosas, carnal", le contesté juguetona, soltando una risa que sonó más coqueta de lo planeado. Hablamos un rato, él contándome anécdotas de saltos imposibles, yo oliendo su aroma macho: sudor salado, aceite de motor y un toque de colonia barata que me volvía loca. La tensión crecía con cada palabra, cada roce accidental de su brazo contra mi teta.

Este pendejo sabe lo que hace, me tiene en la palma de su mano mugrienta
, admití para mis adentros, mientras el evento seguía rugiendo a fondo.

Al caer la tarde, el sol tiñendo todo de naranja ardiente, Marco me jaló de la mano. "¿Quieres una vuelta en mi moto? Nada de saltos locos, pero te hago sentir el fly". Mi pulso se aceleró como un motor a fondo. "Simón, pero no me sueltes", le dije, subiéndome atrás de él. El asiento vibraba bajo mi culo cuando arrancó, el viento azotándome la cara con ráfagas frescas que contrastaban con el calor de su espalda pegada a mis tetas. Agarré su cintura fuerte, sintiendo los músculos tensos bajo la chamarra de cuero. Íbamos por la carretera secundaria, el paisaje de cerros secos pasando borroso, el olor a pino y asfalto caliente invadiendo mis sentidos.

Paramos en un mirador desierto, con vista al valle iluminado por el atardecer. El silencio era ensordecedor después del caos del autódromo. Él se bajó primero, me ayudó, y de repente sus manos estaban en mi cintura, jalándome contra él. "Desde que te vi, güerita, supe que eras pura pasión", murmuró, su aliento cálido en mi cuello oliendo a chicle de menta. Yo no lo pensé dos veces; le eché los brazos al cuello y lo besé, saboreando sus labios salados, ásperos por el viento. Su lengua invadió mi boca con hambre, y gemí bajito cuando sus manos bajaron a mi culo, amasándolo con fuerza.

Esto es lo que necesitaba, neta. Esa adrenalina de las motos ahora corriéndome por las venas directo al clítoris
. Nos besamos como posesos, el mundo reduciéndose al roce de su verga dura contra mi monte de Venus, al sonido de nuestras respiraciones jadeantes mezcladas con el zumbido lejano de grillos. Me quitó el top con urgencia, exponiendo mis tetas al aire fresco de la noche que caía. Sus labios bajaron a mis pezones, chupándolos con succiones que me arquearon la espalda, enviando ondas de placer líquido a mi entrepierna.

Lo empujé contra la moto, desabrochándole el cinturón con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. "Qué chingona, Ana, fóllamela", gruñó, y yo obedecí, lamiéndola desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado de su pre-semen mezclado con sudor. Él jadeaba, enredando los dedos en mi pelo, follándome la boca con empujones suaves pero firmes. El olor almizclado de su excitación me embriagaba, haciendo que mi concha se contrajera de pura necesidad.

Me levantó como si no pesara, sentándome en el tanque de la moto aún tibio. Me bajó los jeans y las tangas de un tirón, exponiendo mi panocha depilada y brillante de jugos. "Estás chorreando, mi reina", dijo con voz ronca, arrodillándose para lamerme el clítoris con la lengua plana y caliente. Gemí fuerte, el metal caliente bajo mi culo contrastando con el fresco de su boca. Sus dedos entraron en mí, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas, mientras chupaba y mordisqueaba, el sonido húmedo de mi excitación resonando en el aire quieto.

No aguanté más. "Cógeme ya, Marco, no mames", le rogué, y él se puso de pie, frotando su verga contra mis labios vaginales resbalosos. Entró de un empujón lento, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. El placer era cegador: su grosor pulsando dentro, mis paredes apretándolo como un guante mojado, el roce de su vello púbico contra mi clítoris hinchado. Empezó a bombear, primero despacio, saboreando cada centímetro, luego más rápido, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con nuestros gemidos guturales.

Siento su verga golpeando mi cervix, cada embestida mandándome al borde. Las motos fly pasión eran nada comparadas con esto
. Lo monté como una amazona, clavándole las uñas en la espalda, oliendo su sudor fresco mientras él me mordía el hombro. Cambiamos posiciones: yo de rodillas en la tierra suave, él atrás, jalándome el pelo mientras me taladraba profundo, sus bolas golpeando mi clítoris. El orgasmo me golpeó como un salto triple: olas de fuego desde el coño expandiéndose por todo mi cuerpo, gritando su nombre mientras me convulsionaba, chorros de placer escapando alrededor de su verga.

Él no tardó; con un rugido animal, se corrió dentro de mí, chorros calientes bañando mis paredes, su cuerpo temblando contra el mío. Nos quedamos pegados, jadeando, el aire nocturno enfriando nuestros cuerpos sudorosos. El olor a sexo crudo, semen y mi propia esencia flotaba pesado, mezclándose con el perfume de la tierra húmeda.

Después, recostados en una manta que sacó de su mochila, fumamos un cigarro compartido, mirando las estrellas. "Esto fue más que fly, Ana. Fue pura pasión", dijo él, acariciándome el vientre con ternura. Yo sonreí, sintiendo un calor distinto, no solo físico.

Neta que volveré a Motos Fly Pasión, pero ahora por él
. La noche nos envolvió, prometiendo más vueltas, más saltos, más de esa pasión desbocada que nos unía como el rugido eterno de una moto en carrera.

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