Cuántos Capítulos Tiene la Novela Pasión
El sol de la tarde se colaba por las cortinas de mi depa en la Condesa, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que mi piel picara de ganas. Me recosté en el sillón de terciopelo verde, con el libro nuevo en las manos: La Novela Pasión. Lo había comprado en esa tiendita chida de la colonia Roma, atraída por la portada con una pareja enredada en sábanas revueltas. Neta, desde la primera página, el calor me subió por el pecho. Las palabras describían besos que sabían a tequila y chile, caricias que dejaban huellas como fuego en la piel.
¿Y si esta novela no termina nunca? pensé, mientras pasaba la página. Mi dedo rozaba el papel áspero, y de pronto, sentí un cosquilleo entre las piernas. Hacía semanas que no veía a Marco, mi carnal de aventuras, ese pendejo alto y moreno que me volvía loca con solo una mirada. Él vivía a dos cuadras, en un loft con vista al Parque México, y siempre llegaba sin avisar, oliendo a colonia barata y sudor fresco de gym.
El aire del cuarto se llenó del aroma dulce de mi crema de vainilla, mezclado con el humo lejano de los taqueros de la esquina. Me mordí el labio, imaginando sus manos grandes abriéndole camino por mi blusa. ¡Órale, Ana, contrólate! me dije, pero el libro no ayudaba. La protagonista se rendía al deseo del hombre misterioso, y yo sentía mi corazón latiendo como tamborazo en sus pechos acelerados.
De repente, el timbre sonó, ronco y juguetón. Abrí la puerta y ahí estaba él, con su sonrisa de cholito bueno, camisa ajustada marcando los músculos del pecho. —Hola, mamacita —dijo, su voz grave como un ronroneo—. ¿Qué traes?
Lo jalé adentro sin decir nada, cerrando la puerta con el pie. Sus labios chocaron contra los míos, saboreando a chicle de menta y algo más salvaje, como el mar de Acapulco. —Llevo rato leyéndome esta novela —le murmuré, presionando el libro contra su abdomen duro—. ¿Cuántos capítulos tiene la novela pasión? Porque esta parece que no acaba.
Él rio bajito, ese sonido que me erizaba la piel de los brazos. —La que quieras, preciosa. Hoy somos los autores. Me cargó como si no pesara nada, camino a la recámara. El colchón king size nos recibió con su frescura de sábanas de algodón egipcio, y el ventilador del techo zumbaba perezoso, moviendo el aire cargado de nuestro deseo.
En el medio de la acción, todo escaló como tormenta en el Pacífico. Marco me quitó la blusa despacio, sus dedos callosos rozando mis pezones que se pararon como soldaditos. —Qué chulas estás, Ana —susurró, inclinándose para lamerlos, su lengua caliente y húmeda dejando un rastro salado que yo chupé de sus labios después. Olía a él, a hombre de verdad, mezclado con el perfume de mi piel. Mi mano bajó por su pantalón, sintiendo el bulto duro que palpitaba bajo la tela denim.
Esto es mejor que cualquier capítulo impreso, pensé, mientras él me bajaba los shorts, exponiendo mis nalgas redondas al aire fresco. Su aliento caliente en mi ombligo me hizo arquear la espalda, gimiendo bajito como gata en celo.
Nos volteamos en la cama, yo arriba, cabalgando su mirada hambrienta. Le desabroché el cinturón con dientes, saboreando el metal frío y el cuero gastado. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, oliendo a limpio y excitación pura. La tomé en la mano, sintiendo las venas latiendo como mi pulso en las sienes. —Métemela ya, cabrón —le pedí, voz ronca de necesidad.
Pero él, el muy pendejo juguetón, me hizo esperar. Sus dedos expertas se colaron entre mis pliegues húmedos, resbalosos de jugos que brillaban bajo la luz tamizada. —Estás chorreando, mi reina —dijo, metiendo uno, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido era obsceno, chapoteo suave mezclado con mis jadeos y el crujir de las sábanas. Sudor perló su frente, goteando en mi pecho, salado al lamerlo.
La tensión crecía como volcán en erupción. Yo lo masturba despacio, sintiendo cómo se hinchaba más en mi puño, la piel suave sobre el acero duro. —No aguanto más —gruñó él, volteándome boca abajo. Su cuerpo cubrió el mío, peso delicioso que me aplastaba contra el colchón. La punta rozó mi entrada, caliente y resbalosa, y empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome hasta el fondo.
¡Ay, Diosito! El placer era un rayo, recorriéndome desde el clítoris hasta la nuca. Embestía rítmico, piel contra piel chapoteando, sus bolas golpeando mi culo con palmadas húmedas. Olía a sexo puro, almizcle y vainilla sudada. Mis uñas se clavaron en sus nalgas firmes, urgiéndolo más hondo. —¡Más fuerte, Marco! ¡Qué rico te sientes!
Internamente, batallaba con el éxtasis inminente. Quiero que dure eternamente, como esos capítulos infinitos. Él aceleró, su respiración jadeante en mi oreja, mordisqueando el lóbulo. Grité cuando el orgasmo me partió en dos, olas de fuego líquido explotando desde mi centro, contrayéndome alrededor de él en espasmos que lo ordeñaban.
Marco se vino segundos después, gruñendo como oso, llenándome con chorros calientes que se desbordaron por mis muslos. Colapsamos juntos, pegajosos y temblorosos, el corazón tronando al unísono. El cuarto olía a clímax compartido, dulce y animal.
Después, en el afterglow, nos quedamos enredados, su cabeza en mi pecho subiendo y bajando con mi respiración calmada. Pasó los dedos por mi cabello revuelto, oliendo a shampoo de coco. —Entonces, ¿cuántos capítulos tiene la novela pasión? —pregunté pícara, besando su sien sudorosa.
—Los que queramos escribir, mi amor. Este es solo el principio. Reímos suaves, saboreando el beso lento que selló nuestra promesa. Afuera, la ciudad bullía con cláxones y risas, pero aquí, en nuestra burbuja, la pasión era eterna, página tras página de placer puro.