Pasión Obsesiva Netflix
Estaba recostada en el sofá de mi depa en Polanco, con las luces bajas y el olor a café recién hecho flotando en el aire. Era viernes por la noche, y Mateo, mi carnal de dos años, acababa de llegar con una pizza de la esquina, bien cargada de chorizo y jalapeños. Qué chido, pensé, mientras él se quitaba la chamarra y se dejaba caer a mi lado, su cuerpo grande y cálido rozando el mío. Olía a esa colonia barata que tanto me gustaba, esa que me hacía agua la boca.
"¿Qué vemos hoy, mi reina?", me dijo con esa voz ronca que me ponía la piel chinita. Saqué el control remoto y abrí Netflix. "Mira, neta, encontré esta serie que todos comentan: Pasión Obsesiva. Dicen que es un desmadre de intriga y deseo, como que te atrapa y no te suelta". Sus ojos se iluminaron, y sentí su mano grande posándose en mi muslo, subiendo despacito por debajo de mi short de pijama. Ya empezó el wey, me dije, con una sonrisa pícara.
Empezamos el primer episodio. La pantalla se llenó de imágenes oscuras, una pareja enredada en un amor loco, obsesivo, donde él la seguía a todos lados, y ella no podía resistirse. El sonido de sus respiraciones agitadas salía de los bocinas, y el calor de la pizza se mezclaba con el aroma de su piel sudada. Mateo se acercó más, su aliento caliente en mi cuello. "Órale, Valeria, esto está cabrón", murmuró, mientras sus dedos trazaban círculos en mi piel suave. Sentí un cosquilleo subir por mi espina, como electricidad estática.
¿Por qué esta pasión obsesiva de Netflix me está prendiendo tanto? Es como si la pantalla reflejara lo que siento por él, esa necesidad de tenerlo todo el tiempo, de devorarlo.
En la serie, la protagonista besaba al tipo con hambre, sus lenguas chocando en un beso húmedo y salvaje. Mateo giró mi cara hacia él y me plantó un beso igualito, su lengua invadiendo mi boca, saboreando el picor de los jalapeños. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo revuelto. El sofá crujió bajo nuestro peso cuando me trepó encima, su verga ya dura presionando contra mi entrepierna. "Te deseo tanto, chula", gruñó, mordisqueando mi oreja. El olor a su excitación, ese almizcle masculino, me mareaba.
Apagamos la tele a medias del episodio, pero la pasión obsesiva ya nos había infectado. Nos levantamos tambaleando hacia la recámara, dejando un rastro de ropa por el pasillo. Mi blusa voló primero, revelando mis tetas firmes que él atrapó con las manos, amasándolas como masa de tamal. No mames, qué bien se siente su toque áspero, pensé, mientras lamía su pecho, saboreando la sal de su sudor mezclado con esa colonia. Sus pezones se endurecieron bajo mi lengua, y él soltó un jadeo ronco que reverberó en las paredes.
Caímos en la cama king size, las sábanas frescas envolviéndonos como un nido. Mateo me quitó el short con dientes, exponiendo mi concha ya húmeda y palpitante. "Mírate, toda mojada por mí", dijo con voz juguetona, llamándome "pendeja caliente" de esa forma cariñosa que solo él podía. Bajó la cabeza y su lengua encontró mi clítoris, lamiendo despacio al principio, círculos suaves que me hacían arquear la espalda. El sonido chupante de su boca, mezclado con mis gemidos, llenaba la habitación. Sentía el calor de su aliento, el roce de su barba incipiente en mis muslos internos, raspando deliciosamente.
Esta obsesión por su boca, por cómo me hace temblar... es como la serie, pero real, carnal, nuestro.
Le empujé la cabeza más adentro, mis caderas moviéndose solas contra su cara. "¡Sí, así, wey, no pares!", le ordené, y él obedeció, metiendo dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos justo en ese punto que me volvía loca. El jugo de mi excitación chorreaba, oliendo a deseo puro, a sexo inminente. Mi corazón latía como tamborazo en la cabeza, pulsos acelerados en cada vena. Lo jalé hacia arriba, desesperada por sentirlo dentro.
Mateo se quitó el bóxer de un tirón, su verga saltando libre, gruesa y venosa, la punta brillando de pre-semen. Me abrí de piernas, invitándolo. "Cógeme ya, amor, te necesito obsesivamente", le susurré, usando palabras de la serie para provocarlo. Se hundió en mí de un solo empujón lento, estirándome deliciosamente. ¡Ay, cabrón! El dolor placentero se mezcló con el placer puro, su grosor llenándome hasta el fondo. Empezó a moverse, primero despacio, saliendo casi todo y volviendo a entrar, cada roce enviando chispas por mi cuerpo.
El colchón rebotaba con nuestros embistes, el slap-slap de piel contra piel como música erótica. Sudábamos a mares, gotas resbalando por su espalda que yo lamía, saboreando su esencia salada. Sus manos agarraban mis nalgas, levantándome para penetrar más profundo, rozando mi punto G con cada estocada. "Eres mía, Valeria, toda mía", gruñía, y yo respondía clavando uñas en su culo, "Y tú mío, pendejo, cógeme más fuerte". La intensidad subía, mis paredes contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo.
Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras. Cabalgaba con furia, mi clítoris frotándose contra su pubis, chispas de placer acumulándose. El olor a sexo impregnaba el aire, espeso y embriagador. Sentía su verga palpitar dentro, hinchándose más. "Me vengo, mi reina", jadeó, y eso me empujó al borde. Mi orgasmo explotó primero, olas de éxtasis sacudiéndome, gritando su nombre mientras mi concha lo apretaba como tenaza. Él se corrió segundos después, chorros calientes inundándome, su semen mezclándose con mis jugos.
Colapsamos exhaustos, cuerpos enredados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Su peso sobre mí era reconfortante, su verga aún semi-dura dentro, pulsando levemente. Besé su frente sudada, oliendo a nosotros, a pasión consumada. "Esa pasión obsesiva de Netflix nos armó un desmadre chingón", reí bajito. Él levantó la cabeza, ojos brillantes. "Y lo repetimos mañana, ¿va? No puedo dejar de desearte".
Esta obsesión no es solo de la serie; es nuestra, eterna, como el amor que nos quema por dentro.
Nos quedamos así, piel con piel, el silencio roto solo por el zumbido del aire acondicionado. Afuera, las luces de la ciudad parpadeaban, pero adentro, en nuestro mundo, todo era calor residual, promesas de más noches así. Me dormí con su mano en mi vientre, soñando con episodios infinitos de nuestra propia pasión.