El Color de la Pasion Cap 85 Fuego en la Noche
Era una noche calurosa en Puerto Vallarta, de esas que te envuelven como un abrazo pegajoso y te hacen sudar hasta el alma. Ana caminaba por la playa, el arena tibia besando sus pies descalzos, mientras el mar susurraba promesas al ritmo de las olas. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco que se pegaba a su piel por la brisa salada, y en su mente no paraba de dar vueltas el color de la pasion cap 85, ese capítulo que había visto en la tele esa tarde, donde la protagonista se rendía por fin al deseo que tanto había reprimido. Neta, qué chido sería si su vida fuera como esa telenovela, pensó, con un hombre que la mirara como si fuera el centro del universo.
De repente, lo vio. Marco estaba ahí, de pie junto a una palmera, con su camisa guayabera abierta hasta el pecho, dejando ver ese torso moreno y marcado por horas en el gym. Sus ojos oscuros la atraparon al instante, como si el tiempo se hubiera detenido. Órale, ¿qué hace él aquí? se preguntó Ana, sintiendo un cosquilleo que le subía por las piernas hasta el estómago. Habían terminado hace meses por pendejadas del trabajo, pero el fuego entre ellos nunca se apagó del todo. Él sonrió, esa sonrisa pícara que siempre la desarmaba, y se acercó con paso lento, como un jaguar acechando.
—
Mamacita, ¿qué onda? ¿Vienes a mojar las patas o a encender la noche?—dijo él, su voz grave retumbando en el pecho de ella como un tambor.
Ana se mordió el labio, el corazón latiéndole a mil. El olor a sal y a su colonia varonil la invadió, mezclado con el aroma dulce de las flores de noche que crecían cerca. —
Simón, wey. Pero si vienes tú, la cosa se pone interesante.Contestó ella, juguetona, sintiendo ya el calor entre sus muslos.
Se sentaron en la arena, con una botella de tequila reposado que él sacó de una hielera. El líquido ámbar bajaba ardiente por su garganta, calentándola por dentro mientras charlaban de todo y nada. Marco le contó de su viaje a la sierra, de cómo extrañaba sus besos salvajes, y Ana confesó que soñaba con él casi todas las noches. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental de sus manos. El sol se hundía en el horizonte, tiñendo el cielo de rojos y naranjas, el color de la pasion cap 85 hecho realidad, pensó ella, recordando la escena donde los amantes se besaban bajo la luna.
La primera caricia fue sutil: los dedos de Marco trazando un camino por su brazo desnudo, dejando un rastro de fuego líquido en su piel. Ana jadeó bajito, el sonido ahogado por el romper de las olas. Él se acercó más, su aliento cálido en su cuello, oliendo a tequila y deseo puro. —
Te he extrañado tanto, nena. Tu piel, tu sabor...Murmuró, mientras sus labios rozaban el lóbulo de su oreja.
Ella giró el rostro, capturando su boca en un beso que empezó tierno pero explotó en hambre. Sus lenguas danzaron, saboreando el tequila y la sal del mar, mientras las manos de él subían por su espalda, desatando el nudo del vestido. La tela cayó como una cascada suave, exponiendo sus pechos al aire nocturno. Los pezones se endurecieron al instante con la brisa, y Marco los tomó con reverencia, lamiendo uno con la lengua plana, succionando suave hasta que Ana arqueó la espalda, gimiendo contra su cabello.
¡Ay, cabrón, qué rico!—susurró ella, enterrando las uñas en sus hombros. El mundo se redujo a eso: el tacto áspero de la arena en su trasero, el latido acelerado de su pulso en las sienes, el olor almizclado de su excitación mezclándose con el yodo del océano.
Marco la recostó con cuidado, como si fuera un tesoro frágil, pero sus ojos ardían con urgencia. Deslizó las manos por sus caderas, bajando el vestido del todo, hasta que ella quedó desnuda bajo las estrellas. Él se quitó la camisa de un tirón, revelando músculos tensos y una erección que presionaba contra sus shorts. Ana la liberó con dedos temblorosos, acariciándola despacio, sintiendo la piel aterciopelada sobre el acero duro, el calor palpitante en su palma. —
Estás tan chingón, mi rey.Dijo, mientras él gemía ronco.
La besó bajando por su cuerpo: cuello, clavícula, pechos, vientre. Cada roce de labios era una chispa, cada lamida un incendio. Llegó entre sus piernas, separándolas con gentileza. Ana contuvo el aliento cuando su lengua tocó su clítoris, suave al principio, círculos lentos que la hicieron retorcerse. El placer subía en olas, el sonido de su boca chupando húmeda uniéndose al chapoteo del mar. No pares, por favor, suplicaba en su mente, mientras sus caderas se movían solas, buscando más.
Él introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en ese punto que la volvía loca. Ana gritó bajito, el orgasmo acercándose como una tormenta. Marco aceleró, lamiendo con hambre, hasta que ella explotó, el cuerpo convulsionando, jugos calientes empapando su barbilla. El sabor salado y dulce de su placer lo enloqueció, y se posicionó sobre ella, frotando la punta contra su entrada resbaladiza.
—
¿Quieres que te haga mía, amor?—preguntó, voz entrecortada.
—
Sí, métemela ya, pendejo. Te necesito adentro.—rogó ella, envolviendo las piernas alrededor de su cintura.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos jadearon al unísono, el calor de sus sexos uniéndose en fricción perfecta. Empezó a moverse, embestidas lentas y profundas que la llenaban por completo. Ana clavó las uñas en su espalda, sintiendo el sudor resbalando entre ellos, el slap-slap de piel contra piel ahogando las olas. Él aceleró, mordisqueando su cuello, susurrando guarradas al oído:
Estás tan chingona, tan mojada por mí...
La tensión crecía, coiling como un resorte. Ana sentía cada vena de su verga rozando sus paredes, el roce en su clítoris con cada choque de pelvis. Internalmente, luchaba con el recuerdo de su ruptura —¿y si duele después?— pero el placer lo borraba todo. Marco la volteó, poniéndola a cuatro patas, agarrando sus caderas con fuerza amorosa. Desde atrás, la penetraba más hondo, una mano bajando a frotar su botón mientras la otra pellizcaba un pezón. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con el de la arena húmeda.
—
¡Me vengo, Marco! ¡No pares!—gritó ella, el segundo orgasmo partiéndola en dos, contracciones ordeñando su polla.
Él rugió, embistiendo salvaje unas veces más antes de derramarse dentro, chorros calientes llenándola hasta rebosar. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos entrelazados en la arena. El mar lamía sus pies, fresco contra el calor residual.
Después, se quedaron así un rato, él acariciando su cabello revuelto, ella trazando círculos en su pecho. —
Esto fue mejor que cualquier cap de telenovela, ¿verdad? Como el color de la pasion cap 85, pero con nosotros de protagonistas.—rió Marco, besando su frente.
Ana sonrió, el corazón pleno.
Simón, mi amor. Y ojalá haya más capítulos.El deseo se había saciado, pero el fuego latía bajo la piel, prometiendo noches eternas. Bajo la luna llena, se durmieron abrazados, el rumor del océano arrullándolos como un secreto compartido.