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Abismo de Pasion Cap 40 La Caida al Extasis

7176 palabras

Abismo de Pasion Cap 40 La Caida al Extasis

El sol del atardecer en Cancún teñía el cielo de tonos naranjas y rosados, como si el mar Caribe supiera que esa noche sería inolvidable. Ana caminaba por la playa privada de la villa, el arena tibia aún bajo sus pies descalzos, oliendo a sal y a algo más salvaje, como el preludio de una tormenta de deseo. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a su piel sudorosa por el calor húmedo, y cada brisa juguetona le erizaba la piel, recordándole el vacío que había sentido estos últimos meses sin él.

¿Cuánto tiempo más voy a aguantar esta hambre? pensó Ana, mientras veía la silueta de Carlos recortada contra el horizonte. Él estaba de pie en la terraza de la villa, con una cerveza fría en la mano, su camisa blanca desabotonada dejando ver el pecho moreno y musculoso que ella tanto había extrañado. Habían pasado seis meses desde su última noche juntos, separados por trabajos en ciudades distintas, pero las llamadas nocturnas cargadas de promesas susurradas habían mantenido viva la llama. Esta era su escapada, el abismo de pasion cap 40 que ella misma había bautizado en su diario secreto, como si cada capítulo de su historia fuera un precipicio más profundo.

Carlos la vio acercarse y su sonrisa se ensanchó, esa sonrisa pícara que siempre la desarmaba. "Neta, mami, luces como diosa del mar", le dijo con esa voz ronca que vibraba en el aire caliente. Ana sintió un cosquilleo en el vientre, el primer tirón de deseo que le hacía apretar los muslos. Se acercó, el olor de su colonia mezclada con sudor masculino invadiendo sus sentidos, y él la jaló por la cintura, pegándola a su cuerpo duro.

"Te extrañé tanto, wey", murmuró ella contra su cuello, saboreando la sal de su piel con la lengua. Sus manos grandes le recorrieron la espalda, bajando hasta apretarle las nalgas con esa posesión juguetona que la volvía loca. "Yo más, carnala. Cada noche soñaba con esto", respondió él, y la besó. Fue un beso lento al principio, labios suaves explorando, lenguas rozándose con el sabor a cerveza y a menta de su chicle. Pero pronto se volvió feroz, dientes mordisqueando, manos enredándose en el pelo.

La llevó adentro de la villa, sin soltarla, tropezando con la risa ahogada de ambos. El aire acondicionado los golpeó como una caricia fría, contrastando con el calor de sus cuerpos. La habitación principal era un paraíso: cama king size con sábanas de hilo egipcio, velas aromáticas a coco y vainilla encendidas, y el sonido lejano de las olas rompiendo en la playa filtrándose por las puertas abiertas.

"Esta noche caemos juntos al abismo, Ana. Sin red", le susurró Carlos al oído, su aliento caliente haciendo que ella se estremeciera.

Ana sintió su corazón latiendo como tambor en el pecho, el pulso acelerado enviando oleadas de calor entre sus piernas. Se separaron solo para quitarse la ropa, mirándose con ojos hambrientos. El vestido de ella cayó al suelo con un susurro suave, revelando sus curvas bronceadas, pezones endurecidos por la anticipación. Carlos se despojó de la camisa y pantalones, su verga ya semierecta, gruesa y venosa, apuntando hacia ella como una promesa.

Acto primero de su noche: la exploración. Carlos la tumbó en la cama, besando cada centímetro de su piel desde los tobillos. Sus labios eran fuego líquido, chupando el interior de sus muslos, oliendo su excitación que ya humedecía el aire. Ana gemía bajito, pinche delicioso, no pares, pensó, arqueando la espalda. Él lamió su ombligo, mordió suavemente sus senos, succionando un pezón hasta que ella jadeó, el placer punzante viajando directo a su clítoris hinchado.

"Estás chingona mojada, mi reina", gruñó él, metiendo dos dedos en su concha resbaladiza, moviéndolos en círculos lentos. El sonido húmedo de su excitación llenaba la habitación, mezclado con sus respiraciones agitadas. Ana lo jaló del pelo, guiándolo hacia abajo. "Come me, cabrón", le ordenó con voz temblorosa, y él obedeció, lengua plana lamiendo desde el ano hasta el clítoris, saboreándola como si fuera el néctar más dulce. Ella gritó cuando él succionó, ondas de placer construyéndose como una ola gigante.

Pero no la dejó correrse aún. Se levantó, ojos brillantes de lujuria, y la volteó boca abajo. Sus manos masajearon sus nalgas, separándolas para besar la curva de su espalda. El olor de sus cuerpos sudados, almizcle puro, era embriagador. Ana se mordió el labio, sintiendo su verga rozando su entrada, caliente y pesada. "Pídemelo, Ana. Dime que lo quieres adentro".

"¡Métemela ya, pendejo! Te necesito hasta el fondo", suplicó ella, empujando hacia atrás. Él entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El ardor inicial dio paso a un llenado perfecto, su concha apretándolo como guante. Comenzaron a moverse, ritmo lento al principio, piel contra piel chapoteando, sus gemidos sincronizados con el vaivén de las olas afuera.

El medio tiempo de su pasión fue una escalada brutal. Carlos la embestía más fuerte, una mano en su cadera, la otra pellizcando su clítoris. Ana se volteó, queriendo verlo, y él la penetró de misionero, piernas de ella sobre sus hombros. Sus ojos se clavaron, almas conectadas en ese abismo de pasion. "Neta que eres mi todo, wey", jadeó él, sudor goteando de su frente al valle de sus senos. Ella lo rascó la espalda, dejando marcas rojas, el dolor placentero avivando su fuego.

Cambiaron posiciones como bailarines en trance: ella encima, cabalgándolo con furia, senos rebotando, el slap-slap de sus cuerpos resonando. Él chupaba sus tetas, mordiendo pezones, mientras ella giraba las caderas, sintiendo su verga golpear ese punto dulce adentro. ¡Ay, Dios, voy a explotar! pensó Ana, el orgasmo construyéndose como volcán. Pero él la frenó, volteándola a perrito, penetrándola profundo mientras le azotaba las nalgas suavemente, rojo subiendo a su piel.

"Ven conmigo, mi amor", le rogó ella, voz ronca. Carlos aceleró, gruñendo como animal, su verga hinchándose. El clímax los golpeó simultáneo: Ana convulsionó, concha apretando en espasmos, chorros de placer mojando las sábanas; él se vació adentro, semen caliente llenándola, rugiendo su nombre. El mundo se disolvió en estrellas, pulsos latiendo al unísono, olores de sexo y sudor impregnando todo.

El afterglow fue tierno, contrastando la ferocidad previa. Yacían enredados, piel pegajosa, respiraciones calmándose. Carlos le besaba la frente, dedos trazando patrones en su brazo. "Esto es nuestro abismo, Ana. Capitulo 40 y contando", murmuró con sonrisa cansada. Ella rio bajito, saboreando el beso salado en sus labios.

En este precipicio no hay vuelta atrás, y no quiero salir nunca, reflexionó ella, mientras el mar susurraba promesas de más noches así. El deseo se aquietaba, pero el lazo emocional se fortalecía, dejando un impacto que duraría hasta el próximo capítulo de su historia ardiente.

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