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Por Su Dolorosa Pasion

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Por Su Dolorosa Pasion

En el calor bochornoso de esa noche veraniega en la colonia Roma, Ana caminaba por las calles empedradas con el corazón latiéndole como tambor de mariachi. Hacía meses que no veía a Rodrigo, ese cabrón que la tenía loca con solo una mirada. Él, con su piel morena curtida por el sol de Guadalajara y esos ojos negros que prometían pecados deliciosos. Se habían conocido en una fiesta de quinceañera de una prima lejana, donde el tequila corría como río y los cuerpos se rozaban al ritmo de cumbia rebajada. Pero la vida los había separado: él se fue a trabajar a la frontera, y ella se quedó en el DF, echando de menos su calor entre las sábanas.

Ahora, un mensaje en WhatsApp la había hecho volar:

"Vuelve por ti, nena. Esta noche en el bar de la esquina."
Ana se arregló rápido, poniéndose ese vestido rojo ceñido que le marcaba las curvas como si fueran un mapa del tesoro. El aroma de su perfume, jazmín mezclado con vainilla, flotaba en el aire húmedo. Al entrar al bar, el sonido de risas y vasos chocando la envolvió, y ahí estaba él, recargado en la barra, con una cerveza en la mano y una sonrisa pícara que le erizaba la piel.

—Órale, güey, ¿qué pedo? —le dijo ella, acercándose con las caderas balanceándose como en un baile de salón.

—Ven pa'cá, mi reina —respondió él, jalándola por la cintura. Sus manos ásperas, de tanto manejar camiones, le quemaban la piel a través de la tela. Se besaron ahí mismo, un beso salado de cerveza y deseo acumulado, con lenguas que se enredaban como serpientes en celo. Ana sentía el pulso acelerado en su cuello, el roce de su barba incipiente raspándole los labios, y un calor húmedo creciendo entre sus muslos. Por su dolorosa pasión, había esperado esto, soñando noches enteras con su cuerpo encima del suyo.

Salieron del bar tomados de la mano, caminando rápido hacia el depa de ella, a unas cuadras. El aire nocturno olía a elotes asados de los vendedores ambulantes y a gasolina de los coches que pasaban zumbando. Rodrigo la cargó en brazos en la última cuadra, riendo bajito.

—Estás cañona, Ana. Me tienes bien puesto —murmuró él contra su oreja, mordisqueándola suave. Ella gimió, sintiendo el pinchazo placentero que le bajaba directo al vientre.

Ya adentro, la puerta se cerró con un clac que sonó como promesa. La sala estaba iluminada por la luz tenue de una lámpara, sombras bailando en las paredes llenas de posters de Frida y Diego. Ana lo empujó al sofá, montándose a horcajadas sobre él. Sus manos exploraron su pecho ancho bajo la camisa, desabotonándola con dedos temblorosos. Olía a sudor varonil, a jabón barato y a esa loción de pino que usaba siempre. Él le subió el vestido, acariciándole los muslos con palmas callosas, subiendo hasta encontrar sus bragas empapadas.

No aguanto más, carnal. Quiero sentirte adentro, rompiéndome en pedazos,
pensó ella, mientras él le lamía el cuello, dejando un rastro húmedo que se enfriaba al instante, erizándole los vellos.

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Rodrigo la volteó con facilidad, poniéndola de rodillas en el sofá. Le bajó las bragas despacio, besándole las nalgas redondas, mordiendo suave hasta que ella jadeó. Dolorosa, sí, pero qué chingón dolor. El placer dolía en el pecho, en el clítoris hinchado que palpitaba pidiendo más. Él se desabrochó el pantalón, liberando su verga dura, gruesa, venosa, que Ana miró con hambre. La rozó contra su entrada húmeda, untándola de sus jugos, entrando solo la punta para torturarla.

—Pídemelo, mi amor —gruñó él, voz ronca como gravel de construcción.

—¡Métemela toda, pendejo! ¡Por su dolorosa pasión, hazme tuya! —gritó ella, arqueando la espalda.

Entró de un solo empujón, llenándola hasta el fondo. Ana gritó, el estiramiento ardiente como fuego bendito, sus paredes internas apretándolo como guante de terciopelo mojado. Él empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo para volver a hundirse, chocando sus pelotas contra su clítoris. El sonido era obsceno: plaf plaf plaf, mezclado con sus gemidos y el crujir del sofá viejo. Sudor les chorreaba por la espalda, goteando entre sus nalgas, lubricando cada embestida.

Se voltearon, ella encima ahora, cabalgándolo como jinete en rodeo. Sus tetas rebotaban libres, pezones duros como piedras de obsidiana. Rodrigo las chupó, mordiendo lo justo para que doliera rico, tirando con los dientes hasta que lágrimas de placer le nublaron los ojos a Ana. Esto es por su dolorosa pasión, se repetía ella en la mente, mientras giraba las caderas, frotando su punto G contra la base de su polla. El olor a sexo llenaba la habitación: almizcle, sudor, su crema íntima de coco que ahora sabía salada en su lengua cuando él la besó.

La intensidad subía. Él la abrazó fuerte, rodando para quedar misionero, piernas de ella en sus hombros. Entraba más profundo, golpeando ese rincón que la volvía loca. Ana clavó las uñas en su espalda, dejando surcos rojos que él gemía de placer.

Sí, márcame, que duela para recordarte siempre,
pensó él, acelerando el ritmo. Sus respiraciones se sincronizaban, jadeos cortos, gruñidos animales. Ella sentía el orgasmo construyéndose, una ola gigante en el horizonte, el vientre contrayéndose, los muslos temblando.

—¡Me vengo, Rodrigo! ¡No pares, cabrón! —chilló ella, el mundo explotando en colores. Su coño se apretó como tenaza, ordeñándolo, chorros calientes mojando sus bolas. Él rugió, hundiéndose una última vez, eyaculando dentro, semen espeso llenándola, desbordando por los lados en riachuelos blancos.

Se quedaron así, unidos, respirando agitados. El después era puro paraíso: piel pegajosa enfriándose, corazones latiendo al unísono. Rodrigo se salió despacio, un hilo de semen conectándolos aún. La besó suave, lamiéndole las lágrimas de las mejillas.

—Neta, Ana, por su dolorosa pasión valió la pena cada kilómetro —le susurró, acurrucándola contra su pecho.

Ella sonrió, oliendo su aroma mezclado con el de ellos, sintiendo el peso delicioso en los músculos. Esto es lo que necesitaba, este fuego que quema y sana. Afuera, la ciudad seguía su ritmo: cláxones lejanos, perros ladrando, pero adentro solo paz y promesas de más noches así. Se durmieron enredados, sabiendo que la pasión dolorosa era la que más ardía.

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