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Michel Brown Desata Pasión de Gavilanes

7558 palabras

Michel Brown Desata Pasión de Gavilanes

Ana siempre había sido fanática empedernida de Pasión de Gavilanes. Cada noche, en su casita en las afueras de un pueblito ranchero cerca de Monterrey, se sentaba frente al tele con un mezcal en la mano, soñando con esos galanes salvajes que ponían el mundo patas arriba. Michel Brown, con esos ojos penetrantes y ese cuerpo de vaquero endemoniado interpretando a Franco Reyes, le aceleraba el pulso como nadie. Neta, wey, cada vez que lo veía pelearse por amor, sentía un calorcito entre las piernas que la hacía retorcerse en el sillón.

Una tarde de verano, con el sol quemando la tierra seca y el olor a jacarandas flotando en el aire, Ana decidió ir al rancho de los vecinos para comprar unos huevos frescos. Vestida con un huipil ligero que se pegaba a sus curvas por el sudor, caminaba por el sendero polvoso, el corazón latiéndole fuerte por el bochorno. Al llegar, ahí estaba él: un moreno alto, de hombros anchos y sonrisa pícara, cargando un costal de maíz como si nada. Se parecía tanto a Michel Brown que Ana se quedó tiesa, con la boca entreabierta.

—¿Qué onda, morra? ¿Vienes por huevos o por algo más caliente? —le dijo él, con voz grave y juguetona, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Sus ojos cafés la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en el escote donde sus chichis se asomaban tentadoras.

Ana tragó saliva, sintiendo un cosquilleo en el estómago. ¡Es como si Franco Reyes hubiera saltado del tele! pensó, mientras el aroma a hombre trabajado, mezcla de tierra, sudor y cuero, la invadía. —Huevos nomás, carnal. Pero si tienes de los otros... —le contestó coqueta, mordiéndose el labio.

Él se rio, una carcajada profunda que vibró en el pecho de Ana. —Me llamo Miguel, pero todos me dicen el Gavilán. ¿Y tú, preciosa?

—Ana. Y neta, pareces sacado de Pasión de Gavilanes. Michel Brown en carne y hueso.

Miguel arqueó una ceja, acercándose tanto que ella sintió el calor de su cuerpo. —¿Ah sí? ¿Y qué hace Franco cuando ve a una chava como tú?

El roce accidental de su brazo contra el de ella fue eléctrico. Ana sintió sus pezones endurecerse bajo la tela fina. La tensión crecía como una tormenta en el horizonte, con truenos lejanos retumbando.

Los días siguientes fueron un juego de miradas y roces. Ana volvía al rancho con excusas tontas: leche, tortillas, lo que fuera. Miguel la esperaba siempre, con esa camiseta ajustada que marcaba cada músculo, y charlaban bajo el mezquite, bebiendo chelas frías mientras el sol se ponía tiñendo el cielo de rojo pasión. Él le contaba anécdotas del rancho, de las vaquillas bravas y las noches de fiesta con mariachis, y ella soltaba risitas nerviosas, imaginando sus manos ásperas en su piel.

Una noche, durante la feria del pueblo, con el olor a carnitas fritas y el estruendo de la banda tocando cumbias calientes, Miguel la invitó a bailar. —Ven, corazón, déjame enseñarte cómo se mueve un gavilán —le susurró al oído, su aliento cálido oliendo a tequila reposado.

Ana se dejó llevar, sus caderas ondulando contra las de él al ritmo de La Chona. Cada giro era una promesa: la dureza de su verga presionando contra su nalga, el sudor mezclándose, sus manos en la cintura bajando peligrosamente.

¡Madre mía, este wey me va a volver loca! Siento su cosita tan dura, tan lista para mí. ¿Y si lo llevo al pajar?
pensó ella, el corazón galopando como caballo desbocado.

Después del baile, caminando de vuelta bajo las estrellas brillantes, Miguel la detuvo en un rincón oscuro del rancho. —Ana, desde que te vi, no paro de pensar en ti. En cómo hueles a flores silvestres, en cómo se te marcan las tetas cuando corres. ¿Quieres que te muestre mi mundo?

Ella asintió, la boca seca de deseo. —Sí, pendejo, muéstrame todo. Como en Pasión de Gavilanes, pero de a de veras.

La llevó a su cuarto en el cobertizo, una habitación rústica con cama king, sábanas frescas y velas encendidas que llenaban el aire de jazmín. Se besaron con hambre: labios carnosos devorándose, lenguas enredadas con sabor a tequila y menta. Miguel le quitó el huipil despacio, besando cada centímetro de piel expuesta, sus manos callosas masajeando sus chichis hasta que gimió bajito.

—Qué ricas estás, morrita. Tan suaves, tan firmes —murmuró él, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Ana arqueó la espalda, el placer como rayos bajando directo a su entrepierna húmeda. Olía a ella misma, a excitación almizclada, y a él, puro macho en celo.

La tensión escalaba como el clímax de una buena telenovela. Miguel la tumbó en la cama, besando su vientre, bajando hasta sus muslos temblorosos. —Abre las piernas, preciosa. Déjame probarte —le pidió con voz ronca.

Ana obedeció, exponiendo su concha depilada, ya brillando de jugos. Él lamió despacio, lengua experta rodeando el clítoris, succionando con maestría. ¡Órale, qué chingón! Nunca me habían comido así, pensó ella, clavando uñas en su cabello negro, las caderas moviéndose solas. Gemidos escapaban de su garganta, mezclados con el crujir de la cama y el zumbido de grillos afuera.

—¡Miguel, no pares! Me vengo, wey... ¡ahhh! —gritó, el orgasmo explotando como fuegos artificiales, ondas de placer sacudiéndola entera.

Él se incorporó, quitándose la ropa con prisa. Su verga saltó libre: gruesa, venosa, palpitante, con gotas de precum brillando a la luz de las velas. Ana la tomó en mano, sintiendo el calor, la dureza como hierro envuelta en terciopelo. —Qué pedazo de pito, gavilán. Entra en mí, ya.

Miguel se puso condón —siempre responsable, el cabrón— y la penetró de un solo empujón lento, llenándola hasta el fondo. Ambos jadearon: ella por la plenitud deliciosa, él por lo apretadita que estaba. Empezaron a moverse, ritmo creciente, piel contra piel chapoteando sudor. Él la embestía profundo, rozando ese puntito que la volvía loca, mientras ella rayaba su espalda, mordiendo su hombro para no gritar tan fuerte.

—¡Más fuerte, cabrón! Fóllame como Franco a su pasión —le rogaba Ana, perdida en el éxtasis. El cuarto olía a sexo puro: semen, sudor, hembra en heat. Sus pulsos latían al unísono, corazones desbocados.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como jinete brava, chichis rebotando, cabello suelto azotando. Miguel la agarraba del culo, guiándola, gruñendo placer.

Es perfecto, como si Michel Brown hubiera bajado del cielo ranchero para cogerme toda la noche.

El clímax llegó juntos: Ana convulsionando, ordeñando su verga con contracciones internas, él vaciándose con un rugido gutural, llenando el condón de leche caliente.

Después, yacían enredados, pieles pegajosas enfriándose al aire nocturno. Miguel la besaba la frente, suave. —Qué chingonería, Ana. Eres mi pasión ahora, no de tele.

Ella sonrió, trazando círculos en su pecho velludo, el corazón lleno. Pasión de Gavilanes con Michel Brown en la vida real, pero mejor, porque es nuestro. El rancho dormía en paz, solo el ulular de un búho testigo de su unión. Ana sabía que esto era el comienzo de algo ardiente, como las novelas que amaba, pero con final feliz escrito por ellos mismos.

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