Cañaveral de Pasiones Capitulo 36 Fuego en la Caña
El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de pasiones en las afueras de Veracruz, donde las cañas altas se mecían como amantes en secreto, susurrando promesas con el viento cálido. Lupita caminaba entre los tallos verdes, el sudor perlándole la piel morena del cuello, bajando en riachuelos tentadores hasta el escote de su blusa de algodón blanco, ya pegada al cuerpo como una segunda piel. Olía a tierra húmeda, a savia dulce y a ese aroma terroso que siempre la ponía nerviosa. Hacía meses que no veía a Raúl, su carnal de la infancia convertido en hombre de brazos fuertes y mirada que quemaba.
¿Y si hoy es el día? pensó ella, el corazón latiéndole como tambor en fiestas patronales. Llevaba falda floreada, ligera, que rozaba sus muslos con cada paso, recordándole lo viva que se sentía. Raúl la había citado aquí, en este rincón escondido del ingenio, lejos de ojos chismosos. "Ven, mi reina, neta que te extraño", le había dicho por WhatsApp, con ese tono ronco que le erizaba la piel.
De pronto, un crujido. Raúl emergió de entre las cañas, camisa abierta dejando ver el pecho velludo brillando de sudor, jeans ajustados marcando lo que ella ya conocía de memoria. "¡Órale, Lupita! Estás más rica que nunca, wey", soltó él con sonrisa pícara, acercándose con paso felino. Ella se mordió el labio, oliendo su colonia barata mezclada con macho puro.
Se abrazaron fuerte, cuerpos chocando con urgencia. Sus manos grandes la apretaron por la cintura, bajando a las nalgas redondas, amasándolas como masa de tamales. "Te tengo tanta caloría, carnala", murmuró él contra su oreja, mordisqueándola suave. Lupita jadeó, sintiendo el bulto duro contra su vientre.
"Esto es puro cañaveral de pasiones, capítulo uno de mil",pensó ella, riendo bajito mientras sus lenguas se enredaban en un beso salado, sabor a café y deseo reprimido.
El principio fue lento, como el hervor de un mole. Raúl la recargó contra un tallo grueso, besándola del cuello a los pechos, desabotonando la blusa con dientes. Sus tetas saltaron libres, pezones duros como piedras de chispa bajo la brisa. Él las lamió, chupó, haciendo círculos con la lengua áspera. Lupita arqueó la espalda, gimiendo bajito, el sonido perdido en el roce de las hojas. Su boca sabe a gloria, neta que me moja toda, se dijo, metiendo dedos en su pelo negro revuelto.
Manos expertas subieron la falda, rozando los muslos suaves, hasta encontrar las bragas de encaje húmedas. "Estás chorreando, mi amor", gruñó él, frotando el clítoris hinchado por encima de la tela. Ella tembló, piernas flojas, oliendo su propia excitación almizclada mezclada con la dulzura de la caña. "No pares, pendejo, méteme los dedos ya", suplicó Lupita, voz ronca de necesidad. Raúl obedeció, corriéndole las bragas a un lado, hundiéndolos en su calor resbaloso. Dos, luego tres, bombeando lento, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas.
El calor subía, el sudor goteaba de sus frentes, mezclándose en la piel. Ella le desabrochó el cinto, bajando el zipper con prisa. La verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precúm que ella lamió de la punta, salado y amargo. "Qué chingona mamada das, Lupita", jadeó él, cogiéndole la cabeza suave. Ella lo tragó profundo, garganta relajada por práctica, sintiendo las pulsaciones contra su lengua. El cañaveral parecía cerrarse a su alrededor, un nido verde de secretos.
Pero querían más. Raúl la volteó, falda arremangada, nalgas al aire fresco. "Te voy a comer entera, reina", prometió, arrodillándose. Su lengua invadió la panocha empapada, lamiendo labios mayores, chupando el botón con succión perfecta. Lupita gritó, agarrada a las cañas, jugos corriendo por sus piernas. Me va a matar de gusto este cabrón, pensó, caderas moviéndose solas contra su cara barbuda. Él metió lengua adentro, follándola oral, manos abriendo nalgas para lamer hasta el ano fruncido, todo consensual, todo fuego puro.
La tensión crecía como tormenta veracruzana. "Ya no aguanto, métemela", rogó ella, volteando a verlo con ojos vidriosos. Raúl se puso de pie, verga lista, frotándola en la entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola delicioso. "¡Ay, qué rica estás, tan apretadita!", exclamó él, embistiendo hondo. Lupita sintió cada vena, cada pulso, llenándola completa. Se movieron ritmados, él de pie, ella contra la caña, senos rebotando, sudor volando.
Cambiaron: ella encima, a horcajadas en el suelo blando de hojas secas. Cabalgó fiera, panocha tragando la verga hasta las bolas, clítoris frotando pubis peludo. "¡Más duro, Raúl, rómpeme!", gritaba, uñas clavadas en su pecho. Él la jalaba de caderas, subiendo fuerte, testículos chocando húmedos. El aire olía a sexo crudo, a caña machacada, sonidos de carne contra carne mezclados con gemidos guturales. Esto es el clímax del cañaveral de pasiones capítulo 36 que soñé toda la noche, divagó ella en éxtasis, orgasmos acercándose como olas.
El medio acto se volvía vorágine. Raúl la puso a cuatro patas, entre las cañas, embistiendo como toro. Manos en tetas, pellizcando pezones, mientras la polla martilleaba profundo, golpeando el cuello uterino con placer punzante. "Me vengo, mi vida, ¡dame todo!", aulló ella primero, panocha contrayéndose en espasmos, chorros calientes empapando muslos. Él siguió, gruñendo, hasta explotar dentro, semen espeso llenándola, goteando mixto con sus jugos.
Colapsaron jadeantes, cuerpos enredados en el suelo tibio. El sol filtraba dorado a través de las hojas, pintando sus pieles sudorosas. Raúl la besó suave, lengua perezosa ahora. "Eres mi todo, Lupita. Neta, esto no para aquí". Ella sonrió, mano en su verga semi-dura, sintiendo el latido calmarse.
"Capítulo 36 cerrado con broche de oro, pero hay más pasiones por venir",musitó contra su pecho, oliendo su sudor mezclado con el suyo, sabor a sal en los labios.
Se vistieron lentos, caricias post-sexo, promesas susurradas. El cañaveral los vio partir, testigo mudo de su fuego. Lupita caminaba con piernas temblorosas, sonrisa boba, sabiendo que este rincón sería su altar privado. El deseo no se apagaba; ardía eterno, como el sol veracruzano.