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Abismo de Pasion Capitulo 130 El Precipicio del Placer

7618 palabras

Abismo de Pasion Capitulo 130 El Precipicio del Placer

Alejandra se acurrucó contra el pecho de Diego en el sofá de su departamento en Polanco, el aire cargado con el aroma dulce de las velas de vainilla que habían encendido después de la cena. La pantalla del televisor parpadeaba con las luces dramáticas de Abismo de Pasion Capitulo 130, esa telenovela que los tenía enganchados como chavos en su primer amor. El sonido de la música tensa llenaba la sala, y la voz apasionada de la protagonista resonaba: "¡No puedo vivir sin ti, aunque me arrastres al abismo!".

Alejandra sintió un cosquilleo en la piel, el calor del cuerpo de Diego filtrándose a través de su camiseta ligera. Olía a su colonia fresca, mezclada con el sudor leve de la noche calurosa de la Ciudad de México. Qué wey tan chulo, pensó, mientras su mano rozaba accidentalmente el muslo de él. Diego giró la cabeza, sus ojos oscuros brillando con picardía.

¿Por qué esta novela siempre nos pone así de calientes? Es como si el abismo de pasión de ellos se colara en nosotros.

"Órale, mira cómo se miran", murmuró Diego, su aliento cálido contra la oreja de ella. "Igualito que tú y yo la primera vez". Su mano se posó en la cintura de Alejandra, dedos firmes pero juguetones, trazando círculos lentos sobre la tela de su short de algodón. Ella se mordió el labio, el corazón latiéndole fuerte como tambores en una fiesta de pueblo. El deseo inicial era como una chispa: sutil, pero lista para incendiar todo.

En la tele, los amantes se besaban con furia, y Alejandra no pudo evitar imaginar sus labios contra los de Diego. Habían estado juntos dos años, pero noches como esta recordaban por qué se habían enamorado. Él era alto, moreno, con esa sonrisa pícara que la derretía. Ella, con su cabello negro largo y curvas que él adoraba, se sentía poderosa a su lado. Ningún drama de telenovela se comparaba con su propia historia, llena de risas, celos juguetones y pasión que no se apagaba.

El episodio avanzaba, la tensión en la trama escalando como su propia respiración. Diego apagó el volumen con el control remoto, el silencio repentino amplificando el zumbido del ventilador y el latido compartido de sus corazones. "Ya valió, no aguanto más", dijo él con voz ronca, girándose para capturar sus labios. El beso empezó suave, saboreando el tequila de la cena en su lengua, pero pronto se volvió hambriento. Sus manos exploraban, ella enredando los dedos en su cabello corto, él apretando sus caderas contra las suyas.

Acto uno completo: la chispa encendida. Ahora, el medio tiempo de la escalada comenzaba.

Alejandra jadeó cuando Diego la levantó en brazos como si no pesara nada, sus músculos tensos bajo la camisa. "Eres mi reina, carnala", le susurró al oído mientras la llevaba al cuarto. El pasillo olía a jazmín del balcón, y la luz de la luna se colaba por las cortinas, pintando sombras suaves en las paredes blancas. Ella rió bajito, un sonido ronco de anticipación. Me encanta cuando me carga así, como si fuera lo más chingón del mundo.

En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca, Diego la depositó con gentileza. Sus ojos se devoraban mutuamente, el aire espeso con el aroma de su excitación creciente: esa mezcla salada y dulce que solo ellos conocían. Ella se quitó la camiseta, revelando sus senos plenos, pezones endurecidos por el roce del aire. "Ven acá, pendejo", lo provocó con una sonrisa, usando el apodo juguetón que siempre lo encendía.

Él se desvistió rápido, su verga ya dura saltando libre, gruesa y venosa, lista para ella. Alejandra la miró con hambre, lamiéndose los labios. Diego se arrodilló entre sus piernas, besando su vientre suave, bajando hasta el borde del short. Sus dedos lo deslizaron, exponiendo su concha húmeda, los labios hinchados brillando bajo la luz tenue. "Estás empapada, mi amor", gruñó, inhalando su esencia almizclada, como miel caliente.

¡Dios, su lengua... siempre sabe exactamente dónde tocar. Este wey me conoce el cuerpo mejor que yo misma.

La lengua de Diego trazó su clítoris con maestría, círculos lentos que la hicieron arquear la espalda. El sonido húmedo de su boca contra ella era obsceno, delicioso, mezclado con sus gemidos ahogados. "¡Qué rico, Diego! No pares, cabrón". Él chupaba con avidez, dedos hundiéndose en su interior cálido y apretado, curvándose para golpear ese punto que la volvía loca. El placer subía en oleadas, tensión psicológica liberándose: los días estresantes del trabajo en la agencia de publicidad olvidados, solo existía su toque, el roce áspero de su barba en sus muslos internos, el sabor salado que él lamía con deleite.

Pero ella quería más, quería control. Lo empujó hacia atrás, montándolo con gracia felina. Sus senos rebotaban mientras se frotaba contra su verga, lubricándola con sus jugos. "Ahora me toca a mí, guapo". Bajó despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla por completo. El estiramiento era perfecto, como encajar piezas de un rompecabezas ardiente. Comenzó a moverse, caderas girando en ritmo sensual, el slap-slap de piel contra piel resonando como aplausos privados.

Diego agarró sus nalgas, amasándolas, un dedo rozando su ano en una promesa juguetona. "¡Chíngame más fuerte, reina!". Ella aceleró, sudor perlando sus cuerpos, el olor a sexo impregnando la habitación. Internamente, luchaba con la intensidad: Es demasiado bueno, voy a explotar ya. Pequeñas resoluciones: un beso profundo para calmar, una pausa para mirarse a los ojos, profundizando el lazo emocional más allá de lo físico.

La intensidad psicológica crecía con cada embestida. Recordaban su primer encuentro en una fiesta en Condesa, cómo el abismo de pasión los había atrapado desde entonces. Ningún conflicto los separaba; solo los unía más. Ella se inclinó, senos rozando su pecho velludo, pezones enviando chispas directas a su núcleo. Él la volteó sin salir, ahora encima, follándola con thrusts profundos, el colchón crujiendo bajo ellos.

El clímax se acercaba, el precipicio al fin.

"¡Me vengo, Diego! ¡Sí, así!". Su concha se contrajo alrededor de él, olas de placer desgarrándola, jugos chorreando por sus muslos. El grito de ella fue primal, eco en la noche, mientras él la seguía segundos después, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes que la hicieron temblar de nuevo. El olor a semen y sudor era embriagador, sus cuerpos pegajosos unidos en el afterglow.

Colapsaron juntos, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco. Diego la besó en la frente, suave, protector. "Te amo, Alejandra. Eres mi todo". Ella sonrió, trazando patrones en su pecho con uñas pintadas de rojo. El cuarto olía a ellos, a satisfacción profunda. Afuera, el tráfico lejano de Reforma era un murmullo distante, irrelevante.

Esto es nuestro abismo de pasión, capítulo 130 de nuestra vida juntos. Y quiero miles más.

Se acurrucaron bajo las sábanas revueltas, el calor de sus cuerpos el único abrigo necesario. El episodio de la telenovela olvidado, pero su propia historia continuaba, eterna y ardiente. En ese momento de cierre emocional, Alejandra sintió una paz plena, el impacto duradero de su unión grabado en cada fibra de su ser. Mañana sería otro día, pero esta noche pertenecía al precipicio del placer, al abismo que los elevaba en vez de destruirlos.

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