Mi Pasion Los Gallos
El sol del mediodía caía a plomo sobre el rancho, tiñendo de oro las plumas iridiscentes de los gallos en sus jaulas. Yo, La Güera, como me decían en el pueblo, me paraba frente al gallinero con el corazón latiéndome fuerte. Mi pasión los gallos. Desde chiquita, cuando mi abuelo me llevaba a las peleas clandestinas en las afueras de Guadalajara, esos animales fieros me volvían loca. No era solo el juego, el ruido de las espuelas chocando, el olor a tierra removida y sudor de hombres. Era algo más profundo, un fuego que me ardía por dentro cada vez que veía a un gallo erguirse, pecho inflado, ojos rojos de pura bravura.
Ese día, mientras les echaba maíz y les rascaba el lomo con cuidado, oí el motor de una troca vieja aproximándose. Polvo en el aire, olor a llantas calientes. Bajó él: Ramiro, el nuevo gallero del rancho vecino. Alto, moreno, con brazos como troncos de mezquite y una sonrisa que te hacía sentir cosquillas en el estómago. Llevaba una camisa ajustada, manchada de tierra, y un sombrero de palma ladeado. Sus ojos, negros como el café de olla, se clavaron en mí y en los gallos.
"Órale, güerita, ¿tú eres la que cría a estos fieritos? Se ven bien gallardos, como si supieran que van pa'l ruedo."
Me reí, sintiendo el calor subiéndome a las mejillas. Qué chingón está este wey, pensé, mientras mi mirada bajaba un segundo a su entrepierna, abultada bajo los jeans gastados. Le contesté con voz firme, orgullosa:
"Sí, carnal. Mi pasión los gallos. Este rojo es El Diablo, no lo gana nadie. ¿Y tú qué traes?"
Se acercó, su olor a hombre mezclado con el de los animales me envolvió: sudor fresco, tabaco y algo salvaje. Tocó la jaula con manos callosas, y yo sentí un escalofrío cuando su brazo rozó el mío. Hablamos horas, de razas, de espuelas, de apuestas. El sol bajaba, el aire se enfriaba, pero entre nosotros la tensión crecía como una tormenta. Cada vez que él describía una pelea, su voz ronca vibraba en mi pecho, y yo imaginaba esas manos fuertes sobre mi piel.
La noche cayó suave, con grillos cantando y el cloqueo de las gallinas. Ramiro no se fue. Me invitó a ver su corral, dijo que tenía un gallo que me iba a volar la cabeza. Subí a su troca, el asiento de vinilo pegajoso contra mis muslos desnudos bajo la falda corta. Íbamos callados, pero el roce de su mano en la palanca de cambios me hacía morder el labio. Llegamos a su rancho, más grande, con jaulas alineadas como soldados. Sacó a su campeón, un gallo negro con crestas rojas, y lo puso frente al mío en una pelea de práctica.
El polvo voló, plumas en el aire, el sonido de picos chocando como latidos acelerados. Ramiro gritaba ánimos, yo igual, sudando, con el corazón en la garganta. Ganó el suyo por poco, pero no importó. Cuando todo acabó, nos miramos jadeantes, cubiertos de tierra. Él se quitó la camisa, revelando un torso marcado por el sol y músculos que se contraían con cada respiro. No mames, qué rico, pensé, mi boca seca, el pulso latiéndome entre las piernas.
"Tu gallo es una chulada, güerita. Pero tú... tú eres puro fuego."
Su voz era un ronroneo. Se acercó, su pecho casi tocando el mío. Olía a victoria, a macho en celo. Extendí la mano para tocar su piel salada, y él no se hizo del rogar. Me jaló contra él, labios chocando con hambre. Su boca sabía a tequila y chile, lengua invadiendo la mía con la misma ferocidad de un gallo en el ruedo. Gemí contra su boca, mis manos explorando su espalda ancha, uñas clavándose en la carne dura.
Me cargó como si no pesara nada, adentro del gallinero bajo la luz de la luna que se colaba por las rendijas. El suelo de tierra fresca bajo una manta vieja, olor a paja y plumas. Me quitó la blusa con urgencia, besando mi cuello, mordisqueando hasta que arqueé la espalda. Sus manos, ásperas de tanto manejar espuelas, me amasaron los pechos, pulgares rozando pezones que se endurecían como piedras. ¡Ay, cabrón, qué bien se siente! Mi mente gritaba mientras bajaba la mano a su bragueta, sintiendo su verga tiesa, gruesa, palpitando bajo la tela.
"Desnúdate, Ramiro. Quiero verte todo", le susurré al oído, voz ronca de deseo. Se bajó los jeans, y ahí estaba: su gallote, erecto, venoso, listo para pelear. Lo tomé en la mano, piel caliente, suave como terciopelo sobre hierro. Él gruñó, un sonido gutural que me mojó entera. Me recostó, abrió mis piernas con rodillas firmes. Su lengua bajó por mi vientre, lamiendo sudor, hasta llegar a mi centro. Olía a mi propia excitación, almizclada, dulce. Lamidas lentas, círculo en el clítoris, dedos entrando y saliendo, curvándose justo donde dolía rico.
Me retorcía, gimiendo alto, el eco rebotando en las jaulas. Los gallos cloqueaban como si aplaudieran. Mi pasión los gallos, pero ahora esta pasión era él, su boca devorándome, llevándome al borde. "¡No pares, wey! ¡Más duro!" grité, y él obedeció, chupando fuerte hasta que exploté, olas de placer sacudiéndome, jugos empapando su barbilla.
No me dejó descansar. Me volteó boca abajo, nalgas al aire, y entró de una. Su verga me llenó, estirándome delicioso, cada embestida un choque profundo, testículos golpeando mi piel. El sonido era obsceno: carne contra carne, húmeda, rítmica como tambores en una fiesta. Sudor goteando de su pecho a mi espalda, mezclándose. Agarró mis caderas, tirando fuerte, y yo empujaba contra él, queriendo más. Es mío, este gallero es mío, pensaba en medio del delirio, uñas en la manta, olor a sexo impregnando el aire.
Cambié de posición, montándolo como a un potro salvaje. Sus manos en mis tetas, pellizcando, yo rebotando, sintiendo cada vena de su polla rozando mis paredes. Nuestros ojos se clavaron, almas conectadas en ese vaivén frenético. "¡Córrete conmigo, güerita! ¡Dame todo!" rugió, y lo hice. Él se tensó, gruñendo, llenándome con chorros calientes que me hicieron temblar de nuevo.
Caímos exhaustos, cuerpos enredados, respiraciones entrecortadas. El gallinero olía a nosotros, a placer crudo. Ramiro me besó la frente, suave ahora, contrastando con la bestia de antes.
"Eres más brava que cualquier gallo, mi güera. Mi pasión ahora son tus ojos... y esto."
Le sonreí, dedo trazando su pecho. Afuera, los gallos cantaban al amanecer, como si celebraran. Mi pasión los gallos seguía, pero ahora compartida, ampliada por este hombre que me había conquistado en su propio ruedo. El sol asomaba, prometiendo más peleas, más noches así. Me vestí despacio, su mirada devorándome todavía, y supe que esto era solo el principio.