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La Pasión de Cristo el Demonio

7034 palabras

La Pasión de Cristo el Demonio

En el corazón de San Miguel de Allende, durante la Semana Santa, el aire olía a incienso y jazmines frescos. Las calles empedradas vibraban con el eco de tambores y cánticos, mientras los fieles cargaban cruces de madera pulida. Yo, Mateo, era el vato elegido para encarnar a Cristo en la obra principal de la plaza. Alto, moreno, con ojos que decían más de lo que las palabras permitían, siempre había sentido esa llamada religiosa, pero también un fuego interno que me quemaba por las noches.

Ese año, llegó ella. Lucía, la chava nueva que interpretaría al demonio tentador. La vi por primera vez en los ensayos, envuelta en un traje rojo ceñido que acentuaba sus curvas como pecado vivo. Su piel morena brillaba bajo el sol de Guanajuato, y sus labios carnosos se curvaban en una sonrisa que prometía infiernos placenteros. ¿Qué pedo con esta morra?, pensé, mientras mi verga se despertaba traicionera bajo la túnica blanca.

—Órale, Cristo —me dijo con voz ronca, acercándose tanto que sentí el calor de su aliento en mi cuello—. ¿Listo para la pasión de Cristo el demonio? Porque yo vengo a tentarte de verdad.

Su risa era como miel caliente, y el roce accidental de su mano en mi brazo envió chispas por mi espina. Neta, en ese momento supe que la obra iba a ser lo de menos; lo importante era lo que pasaría después de las luces apagadas.

Los ensayos fueron un martirio dulce. Día tras día, en la iglesia colonial con sus vitrales filtrando colores sangrientos, repetíamos las escenas. Ella se arrodillaba ante mí, susurrando líneas blasfemas: "Ríndete a mí, hijo de Dios, siente mi fuego en tu carne". Sus ojos negros me devoraban, y yo luchaba por mantener la compostura, recitando salmos mientras mi mente imaginaba arrancarle ese vestido y hundirme en ella. El olor a su perfume, mezcla de vainilla y algo salvaje, me volvía loco. Tocábamos "accidentalmente": su cadera contra la mía al pasar, sus dedos rozando mi pecho desnudo en la escena de la flagelación simulada.

No mames, Mateo, esto es pecado mortal. Pero qué chido se siente este deseo. Su piel debe saber a gloria, suave como elote tierno.

Una noche, después de un ensayo intenso, la lluvia cayó como bendición pecaminosa. Todos corrieron a refugiarse, pero nosotros nos quedamos en el atrio, empapados. Su blusa se pegó a sus chichis perfectos, los pezones duros como promesas. Me miró, mordiéndose el labio.

—Ven, carnal —dijo, jalándome hacia una capillita abandonada al fondo del jardín—. Sigamos practicando la pasión de Cristo el demonio. Sin público.

Mi corazón latía como tambor de fiesta. La seguí, el agua chorreando por mi espalda, el suelo de lajas resbaloso bajo mis sandalias. Dentro, el aire era fresco, cargado de olor a tierra mojada y cera vieja de velas. Ella cerró la puerta de madera chirriante, y en la penumbra, se quitó la blusa con lentitud tortuosa. Sus tetas se liberaron, firmes y oscuras, invitándome.

—Tócame, Cristo —susurró, guiando mi mano temblorosa a su cintura—. Deja que el demonio te libere de tu cruz.

Mis dedos se hundieron en su piel cálida, suave como terciopelo mojado. La besé entonces, un beso feroz, saboreando sus labios salados por la lluvia, su lengua danzando con la mía como serpiente en el Edén. Gemí contra su boca, mis manos subiendo a amasar sus nalgas redondas, apretándolas con hambre acumulada. Ella ronroneó, un sonido gutural que vibró en mi pecho, y sus uñas arañaron mi espalda, dejando surcos ardientes.

La tensión crecía como tormenta. La recargué contra la pared de adobe fresco, besando su cuello, lamiendo gotas de lluvia que sabían a ella: salado, dulce, pecaminoso. Bajé a sus pechos, chupando un pezón duro, sintiendo cómo se erizaba bajo mi lengua. Qué rica está esta diabla, pensé, mientras ella jadeaba y metía mano en mi pantalón, liberando mi verga tiesa como lanza.

—Mira lo que me haces, pendejo santo —rió bajito, acariciándome con mano experta, el roce de sus dedos callosos enviando ondas de placer por mis huevos—. Dura como la cruz que cargas.

Yo no aguanté más. La volteé, levantándole la falda empapada, y mi boca encontró su concha húmeda, hinchada de deseo. La lamí despacio al principio, saboreando su jugo almizclado, espeso como miel de maguey. Ella se arqueó, gimiendo fuerte, sus caderas moviéndose contra mi cara, el olor a sexo crudo llenando el aire confinado. "¡Sí, Cristo, lame a tu demonio!", gritó, y sus muslos temblaron cuando la hice correrse, inundándome la boca con su esencia caliente.

Pero el fuego no se apagaba. Me puse de pie, jadeante, y ella se arrodilló ante mí, como en la obra, pero ahora de verdad. Sus labios envolvieron mi pito, succionando con maestría, la lengua girando alrededor del glande sensible. Sentí su calor húmedo, el popoteo obsceno resonando en la capillita, mis bolas apretándose. Esto es el paraíso del infierno, me dije, agarrando su cabello negro revuelto, follando su boca con cuidado, pero profundo.

La levanté entonces, sus piernas envolviéndome la cintura, y la penetré de un solo empujón. ¡Qué delicia! Su concha apretada me tragó entero, caliente y resbalosa, contrayéndose alrededor de mi verga como puño de terciopelo. Embestí lento al inicio, sintiendo cada centímetro de fricción, el slap-slap de carne contra carne mezclándose con nuestros gemidos. El sudor nos unía, salado en la piel, su aliento caliente en mi oreja: "Más fuerte, mi Cristo, dame tu pasión eterna".

Aceleré, clavándola contra la pared, sus uñas en mi culo urgiéndome. El clímax se acercaba como avalancha: pulsos acelerados, piel erizada, el mundo reduciéndose a su calor interno. Ella gritó primero, convulsionando, ordeñándome con espasmos que me llevaron al borde. "¡Me vengo, demonio!", rugí, y exploté dentro de ella, chorros calientes llenándola, el placer cegador como rayo.

Nos deslizamos al suelo, exhaustos, cuerpos entrelazados en charco de sudor y jugos. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. Afuera, la lluvia cesaba, y el aroma a tierra húmeda se colaba por las rendijas. La besé la frente, suave.

—Neta, Lucía, fuiste el mejor demonio que pude tener —murmuré, acariciando su espalda pegajosa.

Ella levantó la vista, ojos brillando con picardía post-orgasmo.

—Y tú, el Cristo más pasional. La pasión de Cristo el demonio no acaba aquí, carnal. Hay más noches de ensayo.

En ese momento, supe que mi fe había cambiado de forma. No más cruces pesadas; ahora, el verdadero éxtasis era este fuego compartido, consensual y ardiente como tequila puro.

Nos vestimos entre risas y besos robados, saliendo a la noche estrellada. La plaza aún resonaba con rezos lejanos, pero en nosotros ardía una llama nueva, eterna. San Miguel guardaría nuestro secreto, y la Semana Santa nunca volvería a ser igual.

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