Palabras Que Riman Con Pasión
Estás en esa pulquería escondida del centro de la Ciudad de México, con el olor a pulque fermentado y limón flotando en el aire cálido de la noche. La luz tenue de las velitas parpadea sobre las mesas de madera gastada, y el sonido de un mariachi lejano se cuela por las puertas entreabiertas. Ahí la ves, sentada en la barra, con un vestido rojo que se pega a sus curvas como una segunda piel. Se llama Carla, y sus ojos negros te atrapan como un imán. Órale, wey
, piensas, esta morra está cañona.
Te acercas con una cerveza en la mano, el vidrio helado sudando contra tu palma. «¿Qué onda? ¿Te puedo invitar un trago?» le dices, y ella sonríe, mostrando dientes blancos y perfectos. Neta, qué galán
, responde con esa voz ronca que te eriza la piel. Hablan de todo y nada: del tráfico infernal de Insurgentes, de las mejores taquerías de la Condesa, pero pronto la plática vira a lo profundo. Ella es poeta, dice, escribe versos que rimaban con el alma. Tú, que siempre has sido más de acción que de letras, le confiesas que te gustan las palabras que riman con pasión. Razón, canción, emoción... ella ríe, un sonido como cascabeles en el viento, y te reta: «A ver, carnal, dime unas que me hagan sentir algo».
El pulque baja dulce y espeso por tu garganta, calentándote el pecho. Sus rodillas se rozan bajo la barra, un toque accidental que no lo es. Sientes el calor de su muslo contra el tuyo, la tela de su vestido suave como seda. Chingado, ya me la pusiste dura, piensas mientras recitas: Tu boca es mi razón, tu piel mi canción, tu fuego mi emoción
. Ella se muerde el labio, sus pupilas dilatándose. «Eso rimó con pasión, wey. Vamos a mi depa, a ver si rimamos más».
El taxi los deja frente a su departamento en la Roma, con balcones llenos de bugambilias y el aroma a jazmín invadiendo la calle. Suben las escaleras de caracol, sus manos entrelazadas, sudadas de anticipación. Adentro, el lugar huele a vainilla y café recién molido, luces bajas de lámparas de papel que proyectan sombras danzantes en las paredes blancas. Ella te empuja contra la puerta apenas la cierra, sus labios chocando con los tuyos en un beso hambriento. Sabe a pulque y a menta, su lengua explorando tu boca con urgencia.
Te quita la camisa con dedos impacientes, arañando levemente tu pecho. Su piel es fuego, piensas, mientras bajas las manos por su espalda, sintiendo el arco de su espina bajo la tela. Desnúdate para mí
, le susurras, y ella obedece, dejando caer el vestido como una cascada roja. Sus tetas firmes, pezones oscuros endurecidos por el aire fresco, su vientre plano llevando a un triángulo negro de vello recortado. Tú te desabrochas el pantalón, tu verga saltando libre, palpitante, con una gota de precum brillando en la punta.
Se arrodilla despacio, el suelo de madera crujiendo bajo sus rodillas. Sus ojos te miran desde abajo, traviesos. «Ahora rimemos con acción», dice, y su boca te envuelve, caliente y húmeda. Gimes, el sonido gutural saliendo de tu garganta mientras su lengua lame la parte inferior, succionando con maestría. Sientes cada vena hinchada, el roce de sus dientes suaves, el olor almizclado de su excitación subiendo desde entre sus piernas abiertas. Qué chingonería, esta morra sabe lo que hace.
La levantas, la cargas hasta la cama king size cubierta de sábanas de algodón egipcio. Cae de espaldas, riendo, piernas abiertas invitándote. Te posicionas entre ellas, besando su cuello, lamiendo el sudor salado que perla su clavícula. Bajas por sus tetas, chupando un pezón hasta que gime, ¡Ay, cabrón, no pares!
Tus dedos encuentran su concha, empapada, labios hinchados y calientes. La frotas en círculos, sintiendo su clítoris endurecerse como una perla bajo tu pulgar. Ella arquea la espalda, uñas clavándose en tus hombros.
Palabras que riman con pasión: invasión, sensación, liberación...
Le recitas al oído mientras introduces un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hace jadear. Su jugo moja tu mano, resbaladizo y dulce cuando lo pruebas. «Métemela ya, pendejo, no me hagas rogar», suplica, y tú obedeces, posicionando la punta de tu verga en su entrada. Empujas lento, centímetro a centímetro, sintiendo cómo sus paredes te aprietan, calientes y aterciopeladas. Neta, es como volver a casa.
El ritmo empieza suave, sus caderas subiendo a tu encuentro, piel contra piel chocando con palmadas húmedas. El cuarto se llena de sus gemidos, ¡Más duro, wey, dame todo!
, y el tuyo, ronco y animal. Sudor corre por tu espalda, goteando sobre sus tetas que rebotan con cada embestida. Cambian de posición: ella encima, cabalgándote como una diosa azteca, sus nalgas redondas golpeando tus muslos. Agarras sus caderas, guiándola, sintiendo sus músculos internos contraerse alrededor de tu polla.
El olor a sexo impregna el aire: almizcle, sudor, su esencia femenina. Sus pechos se mecen frente a tu cara, y los chupas, mordisqueando hasta dejar marcas rojas. Ella acelera, respiraciones entrecortadas, «Me vengo, chingado, me vengo...» Su concha se aprieta como un puño, ordeñándote, jugos chorreando por tus bolas. Ese espasmo te lleva al borde, pero aguantas, volteándola a cuatro patas.
Desde atrás, la penetras profundo, una mano en su clítoris, la otra jalando su cabello negro. Ves su espalda arqueada, el sudor brillando como aceite. Palabras que riman con pasión: frenesí, éxtasis, rendición, piensas mientras bombea más rápido, el sonido de carne contra carne como un tambor de guerra. Ella grita, otro orgasmo sacudiéndola, y tú no aguantas más. ¡Me corro, Carla!
Explotas dentro de ella, chorros calientes llenándola, pulsos interminables mientras colapsas sobre su espalda.
Jadean juntos, cuerpos pegajosos unidos. Te deslizas a su lado, ella acurrucándose en tu pecho, su aliento caliente en tu cuello. El corazón le late como un tambor contra tus costillas. «Eso fue poesía pura, carnal», murmura, besando tu hombro. Fuera, la ciudad ronronea con cláxones y risas lejanas, pero aquí dentro, solo existe el afterglow: pieles enfriándose, el sabor salado en sus labios cuando se besan lento.
Al día siguiente, con el sol filtrándose por las cortinas, piensas en más palabras: devoción, unión, eternidad. Ella se despierta, sonriendo pícara. ¿Otra ronda de rimas?
Y tú sabes que esto apenas empieza, que las palabras que riman con pasión son solo el principio de algo chingón.