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Imágenes Ardientes de la Pasión y Muerte de Jesús

7325 palabras

Imágenes Ardientes de la Pasión y Muerte de Jesús

Era Semana Santa en la Ciudad de México, y el aire de mi colonia estaba cargado con ese olor a incienso y flores de cempasúchil que se cuela por las ventanas abiertas. Yo, Ana, una morra de veintiocho pirulos que trabaja en una galería de arte, siempre he sentido un cosquilleo raro cuando contemplo las imágenes de la pasión y muerte de Jesús. No es que sea devota ni nada, pero hay algo en esos cuerpos retorcidos de dolor, en la sangre que chorrea de las heridas, en los músculos tensos bajo la piel lacerada, que me pone la piel chinita y un calor entre las piernas que no se explica con rezos.

Esa tarde, en la iglesia de la colonia, me topé con él. Se llamaba Marco, un tipo alto, moreno, con ojos negros como el carbón y una sonrisa pícara que gritaba chulo de barrio. Estaba ahí, parado frente a una estación de la cruz, con una mano en la barba incipiente, mirando fijamente una de esas imágenes de la pasión y muerte de Jesús donde Cristo carga la cruz, sudando, con las venas hinchadas. Me acerqué, fingiendo interés en la vela que parpadeaba a su lado, y nuestros brazos se rozaron. Su piel olía a jabón barato y a hombre, ese aroma terroso que te hace mojar sin preguntar.

¿Qué chingados me pasa? pensé, mientras mi corazón latía como tambor en procesión. —Esas imágenes siempre me han fascinado —le dije, con voz ronca, rompiendo el silencio—. La pasión, el sufrimiento... hay algo brutalmente sensual en eso, ¿no crees?

Él volteó, y sus ojos me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis chichis que asomaban bajo la blusa ligera. —Sí, carnala. Es como si el dolor se convirtiera en éxtasis. Mira cómo brilla el sudor en su piel... me dan ganas de lamerlo.

Nos quedamos ahí, hablando bajito entre los murmullos de los fieles y el eco de las oraciones. La tensión crecía como la humedad entre mis muslos. Salimos juntos, caminando por las calles empedradas donde los puestos de elotes asados soltaban ese humo dulce y picante. Llegamos a mi depa, un cuchitril chiquito pero con buena vibra, lleno de posters de arte erótico y veladoras rojas.

En el sillón, con una chela fría en la mano, Marco se acercó más. Su aliento cálido rozaba mi cuello, y yo sentía el pulso en mi clítoris latiendo al ritmo de su respiración. —Cuéntame qué te excita de esas imágenes —me susurró, su mano grande posándose en mi rodilla, subiendo despacito por el interior del muslo.

¡Puta madre, este wey sabe lo que hace! Si sigue así, voy a explotar antes de que me toque la concha.

Le conté todo: cómo las imágenes de la pasión y muerte de Jesús me hacen imaginar cuerpos entregados al límite, el placer mezclado con el dolor, la corona de espinas como un collar de placer prohibido. Él escuchaba, asintiendo, y de pronto me jaló hacia él, besándome con hambre. Sus labios eran firmes, con sabor a cerveza y a deseo crudo. Nuestras lenguas se enredaron como serpientes en el desierto de Judea, y yo gemí bajito cuando su mano llegó a mi entrepierna, frotando sobre el panty ya empapado.

Acto uno cerrado, pasamos al dos con la ropa volando. Lo empujé al piso, encima de la alfombra que olía a limpio y a sexo anticipado. Me quité la blusa, dejando que mis tetas rebotaran libres, pezones duros como piedras de obsidiana. Él se lamió los labios, incorporándose para mamarlas. Su boca era fuego líquido, chupando, mordisqueando suave, enviando descargas eléctricas directo a mi centro. Olía a su sudor fresco, a piel caliente, y yo arqueé la espalda, gimiendo como poseída.

—Eres una diosa pagana —me dijo, con voz grave, mientras bajaba mis calzones. Su dedo índice trazó mi raja húmeda, abriéndome como pétalos de bugambilia en lluvia. Saboreé su cuello, salado y masculino, mientras él metía dos dedos dentro de mí, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. ¡Ay, cabrón, no pares! El sonido de mi jugo chorreando era obsceno, chapoteante, mezclado con nuestros jadeos y el lejano tañido de campanas de la iglesia.

La tensión subía como la procesión al Calvario. Lo volteé, desabrochando su jeans con dientes. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitante como el brazo de Cristo en la cruz. La olí primero, ese olor almizclado a macho listo para follar. La lamí desde la base, saboreando la piel suave y el precum salado que brotaba de la punta. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo. —Chúpamela, nena, como si fuera el santo sudario.

Me la metí hasta la garganta, sintiendo cómo me llenaba la boca, el pulso en mi lengua. Él empujaba suave, respetuoso, pero con esa urgencia que empodera. Mis chichis rozaban sus muslos, piel contra piel, calor contra calor. Luego, me levantó como si no pesara nada, y me sentó en su cara. Su lengua era un látigo de placer, lamiendo mi clítoris en círculos, chupando mis labios hinchados, metiéndose dentro de mí para beber mi miel. Gemí fuerte, cabalgándolo, mis jugos corriéndole por la barba. El cuarto se llenaba de nuestro olor: sudor, sexo, pasión religiosa pervertida en lujuria pura.

Pero no soltamos aún. Jugamos con el dolor placentero, inspirados en esas imágenes. Él me mordió los pezones, suave al principio, luego más fuerte, haciendo que ardiera delicioso. Yo arañé su espalda, dejando marcas rojas como flagelaciones.

Esto es el éxtasis de la cruz, pero sin muerte, solo vida palpitante.
Nos volteamos en la alfombra, él encima, su verga rozando mi entrada, tentándome. —Dime que la quieres —gruñó.

—¡Métemela ya, pendejo! —le rogué, abriendo las piernas como una ofrenda.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome, llenándome hasta el fondo. Sentí cada vena, cada pulso, el choque de su pubis contra mi clítoris. Empezó a bombear, lento primero, profundo, haciendo que mis paredes lo ordeñaran. El sonido era hipnótico: carne contra carne, plaf plaf plaf, mis gemidos altos, sus gruñidos animales. Sudábamos como en el vía crucis, piel resbalosa, besos salados.

La intensidad creció. Me puse encima, cabalgándolo como yegua salvaje. Sus manos en mis nalgas, guiándome, pellizcando. Rebotaba, sintiendo su verga golpear mi cervix, placer punzante. Él se incorporó, mamando mis tetas mientras yo giraba las caderas. El clímax se acercaba, como la muerte en el Gólgota, inevitable y glorioso.

Acto tres: el release. —Me vengo, Ana... —jadeó él.

—¡Dentro, lléname! —grité, y explotamos juntos. Mi concha se contrajo en espasmos, ordeñándolo, chorros de placer mojando sus bolas. Él rugió, bombeando semen caliente, inundándome. Ondas de éxtasis me recorrieron, visión borrosa, cuerpo temblando. Colapsamos, enredados, respiraciones entrecortadas, piel pegajosa.

En el afterglow, yacimos en silencio, oliendo a sexo satisfecho y velas apagadas. Marco me acarició el pelo. —Esas imágenes... nos unieron en algo sagrado y sucio a la vez.

Sonreí, besándolo suave.

La pasión no muere, se transforma en esto: dos cuerpos libres, empoderados, listos para más.
Afuera, las campanas tañían la resurrección, y yo supe que nuestra historia apenas empezaba.

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