Abismo de Pasion Capitulo 17 Caida al Placer Prohibido
El sol de Puerto Vallarta se ponía como una bola de fuego sobre el Pacífico, tiñendo el cielo de rojos y naranjas que se reflejaban en las olas tranquilas. Ana caminaba por la playa privada de la villa, el arena caliente aún quemándole las plantas de los pies descalzos. Llevaba un bikini rojo que abrazaba sus curvas como una promesa pecaminosa, y el viento salado jugaba con su cabello negro largo. Hacía semanas que no veía a Marco, su amante secreto, el hombre que la hacía temblar con solo una mirada. Este abismo de pasion capitulo 17 de nuestra historia va a ser inolvidable, pensó mientras su corazón latía con fuerza, anticipando el reencuentro.
Marco la esperaba en la terraza de la villa, recargado en la barandilla de madera pulida, con una camisa blanca desabotonada que dejaba ver su pecho moreno y musculoso. Era alto, con ojos cafés intensos y una sonrisa pícara que gritaba peligro. "¡Órale, nena! ¿Ya llegaste a tentarme?", dijo él con esa voz ronca que le erizaba la piel. Ana se acercó, sintiendo el aroma a coco de su loción mezclándose con el salitre del mar. Sus cuerpos se rozaron apenas, y ya el aire se cargaba de electricidad.
Se sentaron en los sillones de mimbre, con una botella de tequila reposado entre ellos. El líquido ámbar brillaba bajo las luces tenues de la terraza, y el sonido de las olas rompiendo era como un latido compartido. "Te extrañé verga, Marco. Neta que sin ti me muero de ganas", confesó Ana, su voz baja y cargada de deseo. Él le tomó la mano, sus dedos ásperos de tanto trabajo en el gimnasio contrastando con la suavidad de su piel. "Yo igual, chula. Cada noche sueño con tu cuerpo pegado al mío, sudando juntos". El roce de sus pulgares enviaba chispas por su espina dorsal, y Ana sintió un calor húmedo crecer entre sus piernas.
La tensión inicial era palpable, como el preludio de una tormenta. Hablaron de tonterías, de la vida en Guadalajara, de cómo el tráfico los volvía locos, pero sus ojos se devoraban. Marco se inclinó, su aliento cálido rozando su oreja. "¿Sabes qué quiero hacerte ahorita?". Ana tragó saliva, el pulso acelerado en su cuello. "Dime, papi. No me hagas esperar". Él sonrió, malicioso, y la besó. Fue un beso lento al principio, labios suaves probando sabores: tequila dulce y sal marina. Luego se volvió feroz, lenguas enredándose, manos explorando.
Acto de escalada: el fuego se enciende
Ana lo jaló hacia adentro de la villa, el piso de azulejos fríos bajo sus pies contrastando con el ardor de sus cuerpos. La habitación principal era un paraíso: cama king size con sábanas de satín blanco, velas aromáticas a vainilla encendidas que llenaban el aire de dulzor tentador. Marco la empujó contra la pared, sus caderas presionando las de ella. Sintió su erección dura contra su vientre, y un gemido escapó de su garganta. "¡Ay, wey! Qué grande estás", murmuró ella, mordiéndose el labio.
Él le quitó el bikini con urgencia, pero con ternura. Sus pechos quedaron libres, pezones endurecidos por el aire fresco y la excitación. Marco los besó, lamió, succionó, haciendo que Ana arqueara la espalda. El sonido de su boca chupando era obsceno, húmedo, y ella olía su propio aroma de mujer excitada mezclándose con el de él, macho y sudoroso.
¡Dios, este hombre me vuelve loca! Cada toque es como caer más hondo en este abismo de pasion, pensó Ana mientras sus uñas se clavaban en su espalda.
Marco la cargó a la cama, sus músculos flexionándose bajo su peso. La acostó y se quitó la ropa, revelando su cuerpo esculpido, el pene erecto palpitando. Ana lo miró con hambre, extendiendo la mano para acariciar. Era grueso, venoso, la piel suave sobre la dureza. "Ven, fóllame ya", suplicó ella, abriendo las piernas. Pero él no cedió tan fácil. Se arrodilló entre sus muslos, besando su interior: primero los tobillos, subiendo por pantorrillas suaves, muslos temblorosos. El aliento caliente en su piel la hacía retorcerse.
Llegó a su centro, húmedo y hinchado. Olía a sexo puro, a deseo acumulado. Su lengua la rozó, plana y lenta, saboreando sus jugos salados y dulces. Ana gritó, agarrando las sábanas. "¡Sí, ahí, cabrón! No pares". Él lamía con maestría, círculos en el clítoris, dedos penetrando despacio, curvándose para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido era chapoteante, su boca chupando, y ella sentía las vibraciones de sus gemidos contra su carne sensible. El orgasmo se acercaba, tensión en su vientre como un resorte.
Pero Marco se detuvo, subiendo para besarla. "Aún no, mi reina. Quiero que vengas conmigo". Ana lo volteó, montándose encima. Su peso lo presionó, piel contra piel resbaladiza de sudor. Lo guió dentro de ella, centímetro a centímetro. ¡Qué plenitud! Lo llenaba, estirándola deliciosamente. "¡Órale, qué chingón se siente!", jadeó ella, empezando a moverse. Arriba y abajo, caderas girando, pechos rebotando. Marco la agarraba las nalgas, amasándolas, guiando el ritmo.
El cuarto se llenaba de sonidos: carne chocando, gemidos roncos, respiraciones agitadas. El olor a sexo era espeso, almizclado. Ana sentía cada vena de él rozando sus paredes internas, el roce en su clítoris con cada embestida. Sudor corría por sus cuerpos, salado en la lengua cuando se besaban. Esto es el capitulo 17 perfecto, puro fuego, pensó en medio del éxtasis.
Marco la volteó a cuatro patas, penetrándola desde atrás. Más profundo, golpeando su culo con palmadas juguetonas. "¡Dame más duro, papi!", rogaba ella. Él obedecía, una mano en su clítoris frotando, la otra jalando su cabello. La tensión crecía, espirales de placer enroscándose. Ana sentía el orgasmo aproximarse como una ola gigante, su cuerpo temblando, músculos contrayéndose.
Clímax y afterglow: la liberación
"¡Me vengo, Marco! ¡Ahora!", gritó Ana. El mundo explotó en colores: placer cegador, contracciones pulsantes alrededor de él, jugos chorreando. Marco rugió, embistiendo una última vez, llenándola con su semen caliente, chorros que sentía palpitar dentro. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El corazón de él latía contra su pecho, sincronizado con el suyo.
Se quedaron así, respirando hondo, el aroma a vainilla ahora mezclado con el de su unión. Marco la besó la frente, suave. "Eres lo máximo, Ana. Neta que contigo todo es un abismo de pasion sin fondo". Ella sonrió, trazando círculos en su pecho con el dedo. "Y este capitulo 17 solo es el comienzo, amor. Mañana repetimos".
La noche los envolvió, olas susurrando fuera, mientras dormían enredados. Ana sentía una paz profunda, el cuerpo saciado pero ya anhelando más. En ese momento, supo que su historia con Marco era eterna, un pozo de placer del que no quería salir nunca.