Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Oracion de la Pasion y Muerte de Nuestro Senor Jesucristo en Mi Piel Oracion de la Pasion y Muerte de Nuestro Senor Jesucristo en Mi Piel

Oracion de la Pasion y Muerte de Nuestro Senor Jesucristo en Mi Piel

8247 palabras

Oracion de la Pasion y Muerte de Nuestro Senor Jesucristo en Mi Piel

Era Jueves Santo en Guadalajara, el aire cargado de ese olor a incienso quemado que se cuela por las calles como un susurro devoto. Mi casa, una casita cómoda en la colonia Providencia, con sus paredes blancas y el patio lleno de buganvilias rojas como sangre fresca, estaba en penumbras. Había encendido las velas en el altar improvisado del comedor: una virgen de Guadalupe, un crucifijo de madera oscura y mi rosario de cuentas negras. Mi esposo, Carlos, había salido a la misa de la Cena del Señor, pero yo me quedé atrás, con esa urgencia en el pecho que no explicaba.

Me arrodillé frente al altar, el piso de loseta fría contra mis rodillas desnudas bajo la falda ligera de algodón. El tejido rozaba mis muslos, suave como una caricia prohibida. Respiré hondo, el humo del incienso picándome la nariz, dulce y terroso, y comencé a recitar en voz baja la oracion de la pasion y muerte de nuestro señor jesucristo. "Oh Jesús mío, dulcísimo Jesús mío..." Las palabras salían de mis labios como un rezo ardiente, pero algo en ellas me encendía por dentro. Hablaba de la pasión, del sudor de agonía, de los clavos que traspasaban carne, de la corona de espinas. Mi voz temblaba, no solo por devoción.

¿Por qué carajos esta oración me pone la piel de gallina y el coño húmedo? Es el Señor, pendeja, no un galán de telenovela. Pero siento el calor subiendo, como si su sufrimiento se colara en mi cuerpo, despertando un fuego que no pido perdón por sentir.

Mis pezones se endurecieron contra la blusa delgada, rozando la tela con cada respiración agitada. Bajé una mano, casi sin darme cuenta, y apreté los muslos uno contra el otro, sintiendo la humedad que ya empapaba mis bragas. El silencio de la casa amplificaba mi pulso latiendo en los oídos, un tambor lejano de tambores de Semana Santa.

La puerta principal crujió. Carlos entró, su silueta alta recortada contra la luz del atardecer anaranjado. Llevaba la camisa blanca arremangada, oliendo a jabón fresco y a ese sudor varonil que tanto me gustaba. "Órale, mi reina, ¿ya estás en tus oraciones?" dijo con esa voz grave, juguetona, cerrando la puerta con un clic suave.

Me volteé, aún de rodillas, el rostro sonrojado. "Sí, carnal, la oración de la pasión... me tiene toda revuelta por dentro." No pude evitar que mi mirada bajara a su entrepierna, donde ya se marcaba un bulto prometedor bajo los jeans.

Él se acercó despacio, sus botas resonando en la loseta. Se arrodilló a mi lado, su mano grande y callosa rozando mi hombro desnudo. El tacto fue eléctrico, piel contra piel, cálida y firme. "Dime qué te pasa, mi chula. Tus ojos brillan como si hubieras visto al diablo en persona." Su aliento olía a menta del chicle que masticaba, y cuando se inclinó, sus labios rozaron mi oreja, enviando escalofríos por mi espina.

Le conté, susurrando, cómo la oración me hacía imaginar cuerpos retorciéndose en éxtasis doloroso, pasión pura. Carlos sonrió, esa sonrisa pícara de tapatío. "Entonces recemos juntos, pero a mi modo." Sus dedos bajaron por mi cuello, trazando la curva de mi clavícula, hasta colarse bajo la blusa. Ahí estaba, el roce de sus yemas ásperas en mi piel sensible, haciendo que mi aliento se entrecortara.

El incienso seguía ardiendo, su humo danzando entre nosotros como un velo sagrado. Carlos recitó conmigo: "Por tu pasión y muerte..." pero su mano libre subió mi falda, exponiendo mis muslos temblorosos. Sentí el aire fresco lamiendo mi humedad, y gemí bajito cuando sus dedos encontraron el encaje húmedo de mis bragas. "¡Ay, cabrón, qué rico!" escapó de mis labios, mientras él presionaba justo ahí, círculos lentos que me hacían arquear la espalda.

Dios mío, esto es pecado mortal, pero se siente como redención. Su toque es fuego, mi cuerpo responde como si la oración lo invocara.

Nos besamos entonces, devorándonos. Sus labios gruesos sabían a sal y deseo, la lengua invadiendo mi boca con urgencia. Lo jalé hacia mí, sintiendo su pecho duro contra mis tetas, los latidos de su corazón retumbando como un trueno en mi pecho. Desabotoné su camisa, mis uñas raspando su piel morena, oliendo a hombre sudado por el calor de la tarde. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi garganta.

Me levantó como si no pesara nada, cargándome al sillón del comedor, las velas parpadeando sombras en las paredes. Me tendió boca arriba, la falda arremangada hasta la cintura. "Mírate, mi reina, toda mojada por el Señor", murmuró, bajando la cabeza. Su aliento caliente sobre mi monte de Venus me hizo jadear. Sacó la lengua, lamiendo despacio a través de la tela, el gusto salado de mi excitación mezclándose con el algodón. Lo empujé, rogando: "Quítamelas, pendejo, no me hagas esperar".

Las arrancó con un tirón juguetón, y ahí estaba su boca, directa en mi clítoris hinchado. Lamidas largas, chupadas suaves, el sonido húmedo de su succión llenando la habitación junto a mis gemidos ahogados. "¡Más, chingado, así!" Mis caderas se movían solas, frotándome contra su cara barbuda, la aspereza picándome delicioso. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hace ver estrellas. El olor a sexo crudo se mezclaba con el incienso, embriagador.

Pero quería más. Lo jalé del pelo, poniéndolo de pie. Desabroché sus jeans, liberando su verga dura, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre el acero. La olí, almizcle puro, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum. Carlos jadeó, "¡Qué chingona eres, mi amor!", sus manos enredadas en mi cabello.

Me puse de rodillas otra vez, pero ahora ante él, como en una comunión pecaminosa. Lo chupé profundo, garganta relajada, el sonido de saliva y gemidos resonando. Él se mecía, follándome la boca con cuidado, siempre atento a mis ojos. La tensión crecía, mi coño vacío palpitando, rogando.

No aguanto más. Necesito que me llene, que me haga suya como Cristo se entregó.

Me levantó de nuevo, volteándome contra el altar. Apoyé las manos en la mesa, el crucifijo mirándonos. Carlos se pegó a mi espalda, su verga resbalando entre mis nalgas húmedas. "¿Lista para tu pasión, mi santa?" Susurró, y empujó despacio. Entró centímetro a centímetro, estirándome, llenándome hasta el fondo. El placer fue agudo, como un clavo de éxtasis. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes.

Empezó a moverse, embestidas lentas al principio, su vientre chocando contra mis pompas con palmadas suaves. Cada roce enviaba ondas por mi cuerpo, pezones rozando la madera fría del altar. Aceleró, el ritmo como un vía crucis frenético: sudor goteando, pieles chocando húmedas, olor a sexo y velas. Recitamos fragmentos de la oración entre jadeos: "Por tu pasión... ¡ah! y muerte... ¡sí, más fuerte!"

Mi orgasmo se acercó como una ola, tensión en el bajo vientre, músculos apretándose alrededor de él. "Vente conmigo, carnal", supliqué. Él gruñó, embistiendo salvaje, una mano en mi clítoris frotando furioso. Exploté primero, el mundo blanco, grito desgarrado, jugos chorreando por mis muslos. Él siguió, segundos después, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando contra el mío.

Caímos al piso, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su semen goteaba de mí, cálido y pegajoso, mezclándose con mi sudor. El incienso se apagaba, dejando un rastro ahumado. Carlos me besó la frente, suave. "¿Ves? La pasión no es solo sufrimiento, mi amor. Es vida."

En ese afterglow, con su peso protector sobre mí, entendí. Dios nos dio estos cuerpos para sentir, para unirnos en éxtasis. La oración de la pasión y muerte de nuestro señor jesucristo no era solo lamento; era invitación al placer más profundo.

Nos quedamos ahí, abrazados, el mundo afuera procesionando con sus pasos solemnes, mientras nosotros celebrábamos nuestra propia resurrección carnal.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.