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El Director de la Pasion de Cristo

6806 palabras

El Director de la Pasion de Cristo

El sol de Guadalajara caía a plomo sobre el teatro al aire libre, tiñendo de oro las antiguas piedras del escenario. Yo, Lucía, acababa de llegar para los ensayos de La Pasión de Cristo, la obra que cada Semana Santa llenaba las gradas de fieles y curiosos. Pero este año era diferente. Este año, el director de la Pasion de Cristo era él: Raúl Mendoza, un hombre de mirada ardiente y voz grave que hacía que el aire se cargara de electricidad. Alto, con barba recortada y manos fuertes de quien ha moldeado cuerpos en escena durante años, Raúl era legendario en los círculos teatrales mexicanos. Decían que su versión de la Pasión no era solo devota, sino visceral, como si reviviera el fuego del desierto en cada réplica.

Me acerqué al escenario con mi vestido de María Magdalena ajustado al cuerpo, el tejido suave rozando mi piel sudada. Olía a jazmín del jardín cercano y a tierra húmeda después de la lluvia matutina. Raúl me vio desde el centro del escenario, sus ojos oscuros recorriéndome como si ya me dirigiera en una escena prohibida.

"Lucía, nena, ven pa'cá. Hoy vamos a trabajar la escena de la unción. Quiero que sientas el aceite en tus manos, que lo hagas resbalar como si fuera pecado."
Su voz era ronca, con ese acento tapatío que arrastraba las palabras como un beso lento. Sentí un cosquilleo en el estómago, un calor que subía desde mis muslos.

En el ensayo, me arrodillé ante el actor que hacía de Jesús, pero mis ojos se clavaban en Raúl. Él gritaba indicaciones: "¡Más pasión, cabrones! ¡Esto no es misa de pueblo, es la carne gritando!" Sus manos gesticulaban, y yo imaginaba esas palmas en mi cintura, apretándome contra él. El aceite que vertí en las manos del actor era tibio, viscoso, y al untarlo, recordé el olor almendrado mezclándose con mi propio aroma, ese que sale cuando el deseo empieza a humedecer.

Al final del día, el teatro se vació. Solo quedamos Raúl y yo recogiendo props. El viento nocturno traía ecos de mariachis lejanos, y las luces del escenario parpadeaban suaves.

"Órale, Lucía, qué buena onda traes hoy. Se nota que estás metida en el personaje. ¿O es otra cosa?"
Me dijo acercándose, su aliento cálido con sabor a café y tabaco. Nuestras manos se rozaron al guardar el frasco de aceite, y el pulso se me aceleró. ¿Qué pedo conmigo? Este wey es el director, pero neta que me prende como nadie.

Acto primero del nuestro: la tentación. Me invitó a su camerino para "revisar el guion". El espacio era chiquito, olía a su colonia amaderada y a sudor fresco. Se sentó en el sofá viejo, piernas abiertas, y yo me quedé de pie, sintiendo cómo mi blusa se pegaba a mis pechos por el bochorno. "Siéntate, carnala. Quiero que le demos más carne a tu Magdalena. Ella no era santa, era mujer de fuego." Sus palabras me erizaron la piel. Me acerqué, rozando su rodilla con la mía. El contacto fue eléctrico, como un latido compartido.

Empezamos a hablar del guion, pero pronto era de nosotros.

"Tú me miras en los ensayos como si quisieras comerme vivo, Lucía."
Admitió, su mano subiendo por mi muslo. No lo detuve. Al contrario, mi cuerpo se inclinó hacia él. Su toque quema, pero qué rico quema. Lo besé primero, mis labios saboreando la sal de su boca, la lengua áspera explorando la mía. Gemí bajito cuando sus dedos se colaron bajo mi falda, encontrando mi panocha ya empapada. "Estás chingona de mojada, nena. ¿Por mí?" Murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Sus manos expertas, acostumbradas a dirigir cuerpos, me desvistieron despacio. El aire fresco del ventilador lamía mis pezones endurecidos, y el olor de mi excitación llenaba el camerino. Me recostó en el sofá, su verga ya dura presionando contra mi vientre a través del pantalón. Quiero sentirlo todo, que me dirija en esta pasión nuestra. Le bajé el cierre con dientes, liberando su miembro grueso, venoso, oliendo a hombre puro. Lo lamí desde la base, saboreando el precum salado, mientras él gruñía: "¡Así, pinche diosa! Chúpamela como si fuera el óleo sagrado."

Acto segundo: la escalada. Raúl me volteó boca abajo, sus manos amasando mis nalgas, el slap de su palma contra mi piel resonando como aplausos.

"Voy a dirigirte yo ahora, Lucía. Déjame entrar en tu templo."
Escupió en su mano, lubricando su verga, y se hundió en mí de un solo empujón. El estiramiento ardiente me hizo arquear la espalda, un grito ahogado escapando de mi garganta. ¡Qué verga tan gruesa, carnal! Me llena hasta el fondo. Empezó a bombear lento, cada embestida enviando ondas de placer desde mi clítoris hasta la nuca. El sofá crujía, sudor goteando de su pecho al mío, mezclándose con el jazmín que aún traía en el pelo.

Me volteó de nuevo, piernas sobre sus hombros, para mirarnos a los ojos. Sus pupilas dilatadas, el ritmo acelerando: slap-slap-slap de carne contra carne. Yo clavaba uñas en su espalda, oliendo su sudor almizclado, probando el salado en su hombro. "Más fuerte, director, ¡cógeme como en tus escenas más calientes!" Le rogué, mi voz ronca. Él obedeció, su verga golpeando ese punto dentro de mí que hacía estrellas explotar. El orgasmo me vino en olas, mi panocha contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando por mis muslos.

"¡Ven conmigo, Lucía! ¡Siente la pasión de Cristo en cada vena!"
Rugió, y se corrió dentro, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando sobre el mío.

Acto tercero: el afterglow. Quedamos jadeantes, enredados en el sofá, el aire pesado con olor a sexo y aceite derramado. Sus dedos trazaban círculos perezosos en mi vientre, besos suaves en mi sien. Esto no fue solo un polvo, fue como si él dirigiera mi alma.

"Eres mi Magdalena perfecta, Lucía. Mañana en el ensayo, trae esta misma hambre."
Me dijo, riendo bajito con ese acento que me derretía. Afuera, las campanas de la catedral tañían la hora, recordándonos el mundo devoto que nos esperaba.

Salimos del camerino tomados de la mano, la noche fresca besando nuestra piel aún caliente. En los días siguientes, los ensayos cobraron vida nueva. Cada mirada suya era promesa, cada indicación un susurro erótico. La obra se estrenó bajo las estrellas, el público extasiado, pero solo nosotros sabíamos la pasión real detrás del telón. Raúl, el director de la Pasion de Cristo, había revivido no solo la historia sagrada, sino la nuestra, carnal y eterna. Y yo, su actriz, su amante, me sentía renacida en cada toque, cada gemido compartido.

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