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Lucifer La Pasión de Cristo

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Lucifer La Pasión de Cristo

En el corazón de la Roma, donde las luces neón se mezclan con el aroma a tacos al pastor y el humo de los chavos fumando en la esquina, entraste al bar El Infierno Dulce. Era noche de tema especial: Lucifer La Pasión de Cristo, un rollo provocador que juntaba lo sacro con lo carnal, como si el diablo mismo hubiera diseñado la playlist de cumbia rebajada y reggaetón pecaminoso. Tú, con tu vestido negro ajustado que marcaba tus curvas como un pecado venial, sentías el pulso acelerado desde que cruzaste la puerta. El aire estaba cargado de sudor, perfume barato y esa electricidad que promete que algo va a pasar.

Te sentaste en la barra, pediste un michelada bien fría, el limón chorreando en el vaso helado, y el chile picando en la lengua mientras mirabas alrededor. Ahí lo viste: alto, moreno, con ojos que brillaban como brasas en la penumbra, vestido con una camisa negra desabotonada que dejaba ver un tatuaje de cuernos estilizados en el pecho. Se acercaba con esa sonrisa lobuna, como si supiera todos tus secretos antes de que los dijeras.

¿Qué carajos haces aquí, carnala? ¿Buscando redención o tentación?
te dijo, su voz grave retumbando en tu pecho como un tamborazo zacatecano.

Le sonreíste, sintiendo el calor subir por tus mejillas. Las dos, wey, respondiste, y ya estaba. Se llamaba Lucifer, o al menos así se hacía llamar esa noche. Charlaron de todo: de cómo Lucifer La Pasión de Cristo era el nombre de una obra de teatro underground que él había visto, una donde el ángel caído no castiga, sino que despierta los sentidos. Tú contaste que venías de misa esa mañana, de esas donde el padre habla de tentaciones, pero tu cuerpo pedía algo más vivo, más real. Él te miró fijo, su mano rozando la tuya al pasar la sal del michelada, y sentiste un cosquilleo que te recorrió la espina dorsal hasta el ombligo.

La noche avanzaba, el bar se llenaba de cuerpos bailando pegados, el reggaetón haciendo vibrar el piso bajo tus tacones. Lucifer te invitó a bailar, su mano en tu cintura firme pero suave, guiándote al centro de la pista. Olías su colonia amaderada mezclada con el sudor fresco, y cuando te pegaste a él, sentiste su dureza contra tu cadera. Órale, qué rico se siente esto, pensaste, mientras sus labios rozaban tu oreja susurrando tonterías sobre pecados que valen la pena.

Acto dos: la escalada. Salieron del bar, el aire fresco de la noche mexicana golpeándote la cara, pero el fuego dentro ardía más. Caminaron unas cuadras hasta su depa en la Condesa, un loft chido con ventanales enormes que daban a los árboles susurrantes. Adentro, velas rojas parpadeando, incienso de copal flotando en el aire como un hechizo prehispánico. Te sirvió un mezcal ahumado, el líquido quemando tu garganta, despertando cada nervio.

Se sentaron en el sofá de piel suave, sus dedos trazando patrones en tu muslo desnudo.

Neta, desde que te vi, supe que eras la que iba a encender esta Lucifer La Pasión de Cristo en mi vida
, murmuró, y tú reíste, pero tu corazón latía como tambor de concheros. Lo besaste primero, tus labios probando los suyos salados y dulces, lenguas enredándose con hambre contenida. Sus manos subieron por tu espalda, desabrochando el vestido con maestría, dejándote en lencería negra que contrastaba con tu piel morena.

Te recostó en el sofá, su boca bajando por tu cuello, mordisqueando suave, dejando rastros húmedos que se enfriaban al aire. Sentías su aliento caliente en tus pechos, el roce de su barba incipiente erizando tu piel. Chingado, qué bien se siente esto, no pares, gemiste en tu mente mientras él lamía tus pezones endurecidos, succionando con esa presión perfecta que te hacía arquear la espalda. Tus uñas se clavaron en su espalda musculosa, oliendo su sudor varonil, ese olor terroso que te volvía loca.

Él se arrodilló entre tus piernas, besando el interior de tus muslos, el vello fino erizándose bajo su toque. Separó tus bragas con los dientes, juguetón, y su lengua encontró tu centro húmedo, lamiendo lento al principio, saboreando tu esencia salada y dulce. El placer subía en olas, tus caderas moviéndose solas, gimiendo sí, Lucifer, así, cabrón, mientras él aceleraba, dos dedos curvándose dentro de ti, tocando ese punto que te hacía ver estrellas. El sonido de tus jugos, chapoteante y obsceno, se mezclaba con tu respiración jadeante y los gemidos graves de él.

Pero querías más, lo jalaste arriba, desabrochando su pantalón con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando en tu mano. La acariciaste, sintiendo la piel aterciopelada sobre acero, el precum perlando la punta.

Ven, métemela ya, no seas pendejo
, le ordenaste, y él obedeció, colocándose en tu entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente, llenándote hasta el fondo. El dolor placer inicial dio paso a un ritmo hipnótico, sus embestidas profundas, el choque de pelvis resonando como aplausos en un palenque.

Sudor perlando sus cuerpos, el aire cargado de olor a sexo crudo, pieles chocando húmedas. Cambiaron posiciones: tú encima, cabalgándolo como reina azteca, tus tetas rebotando, manos en su pecho tatuado. Él te amasaba el culo, azotando suave, qué rico te ves montándome, diosa. El clímax se acercaba, tensión enredándose en tu vientre, pulsos acelerados sincronizados. Lo sentiste hincharse dentro, y explotaste primero, un grito ahogado saliendo de tu garganta, paredes contrayéndose alrededor de él, leche caliente inundándote mientras él rugía tu nombre.

Acto tres: el afterglow. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones calmándose en la penumbra. Su mano acariciaba tu cabello húmedo, besos suaves en la frente. Olías a él, a mezcal, a pasión consumada.

Esto fue más que sexo, fue nuestra Lucifer La Pasión de Cristo, eterna
, susurró, y tú asentiste, sintiendo una paz profunda, como si hubieras encontrado tu propio paraíso prohibido.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, te vestiste despacio, piernas flojas pero alma plena. Él te acompañó a la puerta, un último beso largo, prometiendo más noches de fuego. Saliste a la calle, el bullicio de la ciudad despertando: vendedores de elotes, cláxones lejanos, pero dentro de ti, el eco de su toque persistía, un recordatorio ardiente de que la pasión verdadera no tiene cruces, solo cuerpos entregados.

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