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Grit El Poder de la Pasión y la Perseverancia Carnal

7138 palabras

Grit El Poder de la Pasión y la Perseverancia Carnal

Me senté en el colchón mullido de mi cama king size en mi depa de Polanco, con el aire acondicionado zumbando bajito como un susurro fresco contra mi piel sudada. Acababa de llegar del gym, donde había empujado mis límites con unas sentadillas que me dejaban las piernas temblando. Agarré mi tablet y busqué grit el poder de la pasion y la perseverancia pdf, ese archivo que una amiga me había pasado. "Lee esto, carnala, te va a cambiar la vida", me dijo. Y neta, lo necesitaba. Mi vida era un desmadre de trabajo en la agencia de publicidad, citas fallidas y un vacío en el pecho que gritaba por algo real, algo que ardiera.

Abrí el PDF y las palabras me pegaron como un trago de tequila reposado: la pasión sostenida, el grit que te lleva a la meta. Pensé en Marco, ese wey alto y moreno del gym, con músculos que se marcaban bajo su playera empapada y una sonrisa que me hacía mojarme sin querer. Lo veía todos los días levantando pesas, sudando con esa determinación que me ponía los vellos de punta. Pero nunca me animaba a acercarme. ¿Y si me mandaba a la chingada? Pero el libro me encendió.

La perseverancia no es solo fuerza, es pasión que no se apaga
, decía. Esa noche, con el olor a mi propio sudor mezclado con el perfume de vainilla de mi loción, juré que iba a ir por él. Mañana mismo.

Al día siguiente, el gym olía a caucho quemado y esfuerzo puro, con el clang de las pesas retumbando como un corazón acelerado. Me puse mi legging negro ajustado que me hacía ver las nalgas firmes y una brassiere deportiva que apenas contenía mis tetas. Marco estaba ahí, en la barra de dominadas, su espalda ancha flexionándose con cada jalón. Me acerqué, fingiendo ajustar una máquina cercana, y solté un "Órale, wey, qué fuerte te ves hoy". Él bajó, jadeando, con gotas de sudor resbalando por su cuello moreno hasta perderse en el pecho velludo. Sus ojos cafés me recorrieron despacio, deteniéndose en mis curvas. "Gracias, reina. Tú tampoco te quedas atrás. ¿Entrenamos juntos?" Su voz grave me vibró en el estómago.

Empezamos con una rutina brutal: burpees que nos dejaban sin aliento, el roce accidental de su brazo contra mi cintura enviando chispas por mi piel. Sudábamos juntos, el aroma salado de su cuerpo mezclándose con mi esencia dulce, y cada mirada era un reto. Esto es grit, pensé, perseverancia en cada repetición, pasión latiendo en mis venas. Al final, exhaustos, nos fuimos a la zona de estiramientos. Sus manos grandes me ayudaron a soltar los isquios, presionando mis muslos con firmeza. Sentí su calor a través de la tela, mi coño palpitando. "Eres increíble, Ana", murmuró cerca de mi oreja, su aliento caliente oliendo a chicle de menta. "Tú tampoco estás tan pendejo", le respondí coqueta, rozando mi mano en su paquete endurecido. La tensión era eléctrica, pero no explotamos. Aún no.

Los días siguientes fueron un juego de seducción lenta, como cocer un mole perfecto. Le mandaba mensajes: "Ey, guerrero, ¿listo para romperla hoy?" Él respondía con fotos de sus bíceps hinchados, yo con selfies de mi culo en squat. Una noche, después de un entrenamiento infernal, me invitó a su depa en la Roma, "para recuperar con un smoothie". Llegué con un vestido corto floreado que se pegaba a mis pechos, oliendo a jazmín fresco. Su lugar era chido: luces tenues, música de Natalia Lafourcade de fondo, suave como caricia.

Nos sentamos en el sofá de piel suave, bebiendo licuados de mango que sabían a verano mexicano. Hablamos de todo: de cómo el grit el poder de la pasion y la perseverancia pdf me había motivado a no rendirme en el gym ni en la vida. "Es neta, carnal. La pasión te hace perseverar hasta que lo logras", le dije, mi mano en su rodilla. Él me miró intenso, su mano subiendo por mi muslo. "Tú eres mi pasión ahora, Ana. No me rindo fácil". Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, su lengua explorando mi boca con sabor a mango dulce y deseo crudo. Gemí bajito, sintiendo su verga dura presionando contra mi vientre.

Me cargó como si no pesara nada, sus brazos fuertes rodeándome, y me llevó a su recámara. La cama era enorme, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda cuando me tiró con ternura. Se quitó la camisa, revelando su torso esculpido, pectorales duros y un vientre marcado que lamí despacio, saboreando la sal de su piel. "Chíngame con la mirada primero", le pedí, y él obedeció, despojándome del vestido, besando cada centímetro: el hueco de mi clavícula oliendo a perfume, mis tetas redondas con pezones oscuros endurecidos que chupó hasta hacerme arquear. Su boca era fuego, succionando fuerte, mis manos enredadas en su pelo negro revuelto.

Esto es perseverancia, pensé, la pasión que no se apaga, grit en cada roce
. Bajó más, quitándome los calzones de encaje negro, mi coño depilado brillando de humedad. "Estás chingona mojada, mi reina", gruñó, inhalando mi aroma almizclado de excitación. Su lengua ancha lamió mi clítoris hinchado, círculos lentos que me hicieron gritar "¡Sí, wey, así!". Metió dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G, mientras chupaba, el sonido húmedo de mi jugo llenando la habitación. Mis caderas se movían solas, persiguiendo el placer, el sudor perlando mi frente.

Lo jalé arriba, desesperada por sentirlo dentro. "Métemela ya, Marco, no aguanto". Se quitó el bóxer, su verga gruesa y venosa saltando libre, goteando precum. La froté contra mi entrada resbaladiza, guiándola. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso, su grosor llenándome hasta el fondo. "¡Carajo, qué rica estás!", jadeó, empezando a bombear con ritmo firme. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas sudorosas, el olor a sexo impregnando el aire, sus bolas golpeando mi culo. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como amazona, mis nalgas rebotando, tetas saltando mientras él las amasaba. "¡Más duro, pendejo!", lo reté, y aceleró, sus caderas subiendo para clavármela profundo.

La tensión crecía como tormenta en el desierto sonorense, mis paredes apretándolo, su verga palpitando. Me volteó a cuatro patas, agarrando mis caderas, follando con perseverancia animal. Sentía cada vena rozándome, su mano bajando a masajear mi clítoris. "Ven conmigo, Ana, déjate ir". El orgasmo me explotó como piñata en fiesta: olas de placer convulsionándome, gritando su nombre, mi coño ordeñándolo. Él rugió, corriéndose dentro, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando sobre el mío.

Colapsamos enredados, piel pegajosa contra piel, respiraciones entrecortadas calmándose. Su mano trazaba círculos perezosos en mi espalda, el aroma de nuestro clímax flotando dulce. "Eso fue grit puro, mi amor", murmuró, besando mi sien. Yo sonreí, satisfecha, el corazón lleno. La pasión perseverante nos había unido, y supe que esto era solo el principio. En la penumbra, con su calor envolviéndome, cerré los ojos sabiendo que el poder de la perseverancia carnal nos llevaría más lejos.

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