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Pasion Prohibida Pelicula Completa En Español

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Pasion Prohibida Pelicula Completa En Español

La noche en la Condesa era de esas que te envuelven como un abrazo caliente, con el bullicio de los carros y el olor a taquería flotando en el aire. Ana se recostó en su sofá de cuero suave, el ventilador zumbando perezosamente sobre su cabeza, mientras el sudor le perlaba la nuca. Tenía veintiocho años, soltera pero con un secreto que le aceleraba el pulso cada vez que lo pensaba: Raúl, el cuñado de su mejor amiga Carla. Prohibido total, se decía, pero el deseo era más fuerte que cualquier pinche moralina.

Aburrida, sacó su teléfono y tecleó en el buscador: pasion prohibida pelicula completa en español. Quería algo que la sacara del hastío, una historia de amores imposibles que la hiciera sentir viva. El primer resultado era un link pirata a una película vieja, llena de miradas ardientes y besos robados. Le dio play, bajando el volumen para no despertar a los vecinos. En la pantalla, una mujer con curvas mexicanas se entregaba a un hombre de ojos oscuros en una hacienda, sus gemidos suaves filtrándose por los audífonos. Ana sintió un cosquilleo entre las piernas, el calor subiendo por su vientre.

¿Por qué no puedo tener eso? Solo una vez, sin culpas
, pensó, mordiéndose el labio.

El teléfono vibró. Era él. "Wey, ¿estás despierta? Carla se fue a Guadalajara por tres días. ¿Paso?" El corazón de Ana dio un brinco. Raúl, con su sonrisa de pendejo encantador y ese cuerpo forjado en el gym de la colonia. Habían coqueteado meses, roces casuales en fiestas, pero nunca cruzaron la línea. Hasta esa noche en que, borrachos de mezcal, se besaron en el balcón de Carla. Prohibido, pero qué chido se sentía.

—Ven, cabrón —le respondió ella, con las manos temblando.

Diez minutos después, la puerta se abrió con un clic suave. Raúl entró, oliendo a colonia barata y a noche de ciudad, su camisa blanca pegada al pecho por el bochorno. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo: el shortcito de pijama, la blusa holgada sin bra, los pezones endureciéndose bajo la tela.

Órale, Ana, qué buena pinta traes —dijo él, cerrando la puerta con el pie. Su voz grave era como terciopelo raspado, enviando ondas de calor directo a su centro.

Ana se levantó, el suelo fresco bajo sus pies descalzos. Se acercó despacio, el aire entre ellos cargado de electricidad. —Vi una peli, pasion prohibida pelicula completa en español. Me prendió cañón. ¿Quieres verla?

Él rio bajito, quitándose la camisa en un movimiento fluido, revelando el vello oscuro en su pecho. —Neta, prefiero la versión en vivo.

Acto primero de su propia película: las manos de Raúl en su cintura, tirando de ella contra su cuerpo duro. Ana inhaló su aroma, mezcla de sudor limpio y deseo crudo. Sus labios se encontraron en un beso lento, exploratorio, lenguas danzando con sabor a cerveza y menta. Ella gimió suave, el sonido ahogado por su boca. Sus dedos se enredaron en el pelo de él, tirando un poco, mientras él le mordisqueaba el cuello, dejando un rastro húmedo que olía a su piel salada.

Se separaron jadeando, mirándose con pupilas dilatadas. —Esto está mal, wey —murmuró ella, pero su mano ya bajaba por el abdomen de él, sintiendo los músculos contraerse.

Pero qué rico está mal —respondió Raúl, levantándola en brazos como si no pesara nada. La llevó al sofá, depositándola con cuidado, sus ojos devorándola. El ventilador seguía zumbando, pero ahora el aire parecía más espeso, cargado de su excitación mutua.

En el medio del acto, la tensión escaló como una tormenta veraniega. Raúl se arrodilló entre sus piernas, besando su interior de muslos, la piel erizándose bajo su aliento caliente. Ana arqueó la espalda, el short se deslizó fácil, revelando su humedad reluciente. —Ay, pinche cabrón, no pares —suplicó, voz ronca.

Él obedeció, lengua experta trazando círculos en su clítoris hinchado, saboreándola con gemidos de aprobación. Qué rica estás, mamacita, pensó él, mientras ella se retorcía, uñas clavándose en sus hombros. El sabor de ella era dulce y salado, como mango con chile, y el olor a sexo fresco llenaba la habitación, mezclándose con el jazmín del balcón abierto.

Ana lo jaló hacia arriba, desesperada por más. Le desabrochó el pantalón, liberando su verga dura, palpitante, venosa. La tomó en la mano, sintiendo el calor y la rigidez, el pulso acelerado bajo su palma. —Te quiero adentro, ya —dijo, guiándolo.

Raúl se hundió en ella despacio, centímetro a centímetro, ambos gimiendo al unísono. El estiramiento era perfecto, llenándola hasta el fondo. Comenzaron a moverse, ritmo lento al principio, piel contra piel chapoteando suave, sudores mezclándose. Ella clavó las uñas en su espalda, oliendo su esfuerzo, escuchando sus respiraciones entrecortadas.

Esto es lo que necesitaba, este fuego prohibido que me quema viva
.

La intensidad subió. Él la volteó, poniéndola a cuatro patas, el sofá crujiendo bajo ellos. Entró de nuevo, más profundo, sus caderas chocando con un plaf plaf rítmico. Ana empujaba hacia atrás, pechos balanceándose, pezones rozando la tela áspera. —Más fuerte, pendejo, cógeme como hombre —exigió, empoderada en su lujuria.

Raúl gruñó, acelerando, una mano en su cadera, la otra enredada en su pelo, tirando suave. El placer crecía en espiral, sus paredes contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. El olor a sexo era intenso ahora, almizclado y animal, con el eco distante de un mariachi callejero como banda sonora perfecta.

El clímax los alcanzó juntos. Ana gritó primero, ondas de éxtasis explotando desde su núcleo, piernas temblando, visión nublada por estrellas. —¡Me vengo, carajo! —Su coño se apretó como un puño, leche caliente brotando. Raúl la siguió segundos después, embistiéndola profundo, eyaculando con un rugido gutural, llenándola de su esencia cálida que goteaba por sus muslos.

En el afterglow, colapsaron enredados, pieles pegajosas y resbaladizas. Raúl la besó en la frente, suave ahora, mientras el ventilador secaba sus sudores. Ana trazó círculos en su pecho, escuchando su corazón desacelerarse. —Esto fue como esa peli, pero mejor. Pasion prohibida, completa.

—Y repetible —murmuró él, riendo bajito.

Ella sonrió, sabiendo que el secreto los uniría más, un lazo de placer culpable pero puro. La noche mexicana los arropó, con promesas de más escenas prohibidas en su película privada.

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