La Pasion Ardiente de Cristo en Espanol Mel Gibson
Te recuestas en el sofá de tu depa en la Condesa, el aire acondicionado zumbando bajito como un susurro secreto. Afuera, la ciudad bulle con sus cláxones lejanos y el aroma de taquerías flotando en la noche húmeda de México. Ana, tu morra desde hace un año, se acurruca a tu lado, su cuerpo suave presionado contra el tuyo. Lleva un shortcito de algodón que apenas cubre sus nalgas redondas y una blusita holgada que deja ver el contorno de sus chichis firmes. Chingón, piensas, mientras el olor de su perfume vainillado te invade las fosas nasales, mezclado con ese toque natural de su piel morena.
"Órale, carnal, ponla ya", dice ella con esa voz ronca que te pone la verga dura al instante. "La Pasión de Cristo en español, la de Mel Gibson. Dicen que es bien intensa, güey". Asientes, sientes un cosquilleo en el estómago. No eres devoto, pero la idea de ver sufrimiento y redención en pantalla grande te intriga. Metes el DVD en el player, las luces se atenúan, y la pantalla cobra vida con esa música épica que retumba en tus huesos.
Al principio, todo es normal. Judas traiciona, el huerto de Getsemaní con sudor frío y oraciones. Ana suspira, su mano roza tu muslo casualmente. Sientes el calor de su palma a través de los jeans, un roce eléctrico que despierta algo primitivo en ti.
¿Por qué carajos esta película me está prendiendo?,te preguntas en silencio, mientras miras de reojo cómo sus pezones se marcan bajo la blusa, endurecidos por el fresco del cuarto.
La escena del juicio avanza. Pilatos lava sus manos, la multitud grita. Ana se mueve inquieta, su pierna cruza sobre la tuya. El tacto de su piel lisa contra la tuya es como seda caliente. Inhalas profundo, oliendo su excitación sutil, ese almizcle dulce que emana de entre sus piernas. "Pobre Cristo", murmura ella, pero su voz tiembla. Te giras, ves sus labios entreabiertos, húmedos, y sin pensarlo, tu mano sube por su muslo, acariciando la carne suave hasta el borde del short.
"¿Qué te pasa, cabrón?", ríe bajito, pero no aparta la pierna. Al contrario, la abre un poco más. La película sigue: los soldados azotan a Jesús, los latigazos crujen como truenos. Cada golpe en pantalla resuena en tu pecho, pero en vez de horror, sientes una tensión creciente en tus huevos. Ana gime quedito, fingiendo compasión, pero su mano ya está sobre tu bragueta, palpando la erección que pugna por salir. "Estás bien puesto, mi rey", susurra, y te besa el cuello, su lengua caliente trazando un camino salado.
El beso se profundiza. Sus labios saben a tequila con limón de la chela de hace rato, fresco y picante. Tus lenguas danzan, húmedas y urgentes, mientras tus manos exploran. Le quitas la blusa de un tirón, sus chichis saltan libres, tetas perfectas con pezones oscuros como chocolate. Los chupas con hambre, sintiendo su textura rugosa endurecerse en tu boca. Ella arquea la espalda, un gemido escapa: "¡Ay, sí, mámame, pendejo!". Su risa juguetona vibra contra tu piel.
La película no para. La corona de espinas, la sangre goteando. Pero ya no miran. Ana se arrodilla entre tus piernas, desabrocha tus jeans con dedos temblorosos. Tu verga salta erecta, venosa y palpitante, el glande brillando con precúm. Qué chingonería, piensas, mientras ella la admira. "Mira nomás qué vergota", dice con acento chilango puro, y la lame de abajo arriba, lenta, saboreando cada vena. El calor de su boca te envuelve, su lengua girando alrededor de la cabeza como un remolino de fuego. Chupas aire, el sonido de su succión mezclado con los gritos de la cruz en la tele.
La jalas arriba, la sientas a horcajadas. Le bajas el short, revelando su concha depilada, labios hinchados y húmedos, brillando como miel. El olor a sexo te golpea, almizclado y dulce, te hace salivar. Metes dos dedos, siente su calor viscoso apretándote, resbaladizo. "Estás chorreando, nena", gruñes, y ella cabalga tus dedos, sus caderas ondulando como en un baile de cumbia.
Esto es mejor que cualquier pasion de cristo, flash en tu mente, mientras la película muestra a María llorando.
La tensión sube como la marea. La volteas boca abajo en el sofá, su culo en pompa, perfecto y firme. Le das una nalgada juguetona, el sonido seco retumba, su piel enrojece levemente. "¡Más, cabrón!", pide, y obedeces, alternando caricias suaves. Tu verga roza su entrada, untándose de sus jugos. Entras despacio, centímetro a centímetro, sintiendo las paredes calientes ceñirte como un guante de terciopelo húmedo. Ella grita placer, "¡Sí, métemela toda, mi amor!". Empujas profundo, el choque de pelvis carne contra carne, sudor perlando vuestros cuerpos.
El ritmo acelera. Sus gemidos se sincronizan con la banda sonora de la película: jadeos ahogados, piel chocando, el squish squish de su concha tragándote. Sientes su clítoris hinchado bajo tu pulgar, lo masajeas en círculos, y ella tiembla, "¡Me vengo, güey, no pares!". Su orgasmo la sacude, paredes contrayéndose alrededor de tu verga, ordeñándote. El olor a sexo impregna el aire, sudor salado goteando en su espalda. Tú resistes, prolongando, volteándola para mirarla a los ojos. Esos ojos negros, llenos de lujuria y amor.
"Córrete conmigo", suplicas, y ella asiente, clavando uñas en tus hombros. La embistes fuerte, bolas golpeando su culo, cada thrust enviando ondas de placer desde tu espinazo. La película llega al clímax: Cristo en la cruz, "Consummatum est". Tú explotas dentro de ella, chorros calientes llenándola, tu grito primal uniéndose al suyo. El mundo se disuelve en blanco, pulsos latiendo en unisono, cuerpos temblando en éxtasis compartido.
Caen exhaustos, enredados. La tele sigue, el sepulcro vacío. Ana acaricia tu pecho, su aliento caliente en tu oído. "Fue como nuestra propia pasión de Cristo en español de Mel Gibson, ¿no?", ríe suave. Asientes, besando su frente húmeda. El afterglow los envuelve como una manta tibia: piel pegajosa enfriándose, corazones calmándose, el sabor de ella aún en tus labios.
Apagan la tele, pero la noche no termina. Se levantan, van a la ducha. Agua caliente cascando sobre cuerpos entrelazados, jabón espumoso resbalando por curvas. Te enjabonas sus chichis, ella te masturba lento, risas mezcladas con besos. Salen, se secan, caen en la cama king size. Ahí, segunda ronda: misionero lento, ojos fijos, susurros de "te amo, cabrón". Otro orgasmo suave, profundo, sellando la conexión.
Durmiendo, sueñas con cruces de placer, no de dolor. Al amanecer, café y chilaquiles, planeando la próxima película. Pero sabes que ninguna superará esta noche, donde La Pasión de Cristo en español de Mel Gibson desató la suya propia, ardiente e inolvidable.