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Canto por Vuestra Pasión Sagrada

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Canto por Vuestra Pasión Sagrada

La noche en Oaxaca envolvía todo con su manto de estrellas, como si el cielo mismo aprobara lo que mi corazón empezaba a susurrar. Yo, Ana, una mujer de treinta y tantos, con curvas que el huipil ceñía como un secreto bien guardado, caminaba por las calles empedradas del centro. El aire olía a copal y flores de cempasúchil, mezclado con el humo de las fogatas que ardían en las plazas. Era la velada de Todos los Santos, y la música de marimbas flotaba como un latido colectivo.

Ahí lo vi por primera vez. Alto, moreno, con ojos que brillaban como obsidiana pulida bajo las luces de los faroles. Se llamaba Diego, un artesano de alebrijes que había llegado de Mitla para la fiesta. Nuestras miradas se cruzaron en la iglesia de Santo Domingo, donde el coro entonaba himnos antiguos. Neta, wey, pensé, este carnal me pone la piel chinita. Su sonrisa era un convite al pecado disfrazado de bendición.

¿Vienes a pedirle a la virgencita por un amor que queme el alma?
—me dijo con voz grave, como el rumor de un río caudaloso.

Me reí bajito, sintiendo el calor subir por mi cuello. Órale, qué directo el pendejo, pero su mirada me hacía sentir expuesta, deseada. Hablamos de todo y nada: de cómo tallaba sus figuras fantásticas con pasión, de mis días tejiendo rebozos en el mercado. La tensión crecía con cada palabra, como el fuego que se aviva con el viento. Al final de la misa, me invitó a su taller improvisado en una casa colonial rentada. ¿Y si digo que sí? ¿Y si dejo que esta noche sea mía?

El taller olía a madera fresca y pintura, con alebrijes multicolores guardianes de los rincones. La luz de las velas danzaba en las paredes de adobe, proyectando sombras que jugaban a ser amantes. Diego cerró la puerta con un clic suave, y el mundo afuera se desvaneció. Se acercó despacio, su aliento cálido rozando mi oreja.

Aquí no hay santos ni pecados, Ana. Solo nosotros.

Sus manos, callosas por el trabajo, tomaron las mías. Las besó con devoción, y un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Su piel sabe a tierra mojada, a mezquite quemado. Lo miré a los ojos, y ahí estaba: la promesa de una pasión que no necesitaba confesionario. Lo jalé hacia mí, mis labios encontrando los suyos en un beso que empezó tierno, como un rezo, y se volvió voraz, lenguas enredadas con sabor a tequila y chocolate.

Me quitó el huipil con dedos temblorosos de anticipación, exponiendo mis pechos al aire fresco de la noche. Sus ojos se oscurecieron de deseo. Chingón, cómo me mira, como si fuera una diosa. Bajó la cabeza, lamiendo mi cuello, bajando hasta mis pezones que se endurecieron bajo su lengua húmeda. Gemí bajito, el sonido reverberando en el cuarto como un eco sagrado. Mis manos exploraban su pecho firme, bajando hasta el bulto que crecía en sus pantalones.

Despacio, mi reina
—murmuró, pero su voz ronca traicionaba su urgencia.

Lo empujé hacia el catre cubierto de sarapes tejidos, y nos tendimos juntos. El olor de nuestros cuerpos mezclándose —sudor salado, su loción de copal, mi esencia floral— llenaba el aire. Mis dedos desabrocharon su camisa, revelando músculos tallados por años de labor. Lo besé ahí, saboreando la sal de su piel, mientras él deslizaba su mano entre mis muslos. Sus caricias son fuego puro, neta que me va a hacer volar.

Separó mis piernas con gentileza, sus dedos encontrando mi humedad. Jadeé cuando rozó mi clítoris, círculos lentos que me hacían arquear la espalda. El placer subía en olas, mi pulso latiendo en las sienes, en el pecho, entre las piernas. No pares, Diego, no pares. Él se arrodilló, su boca reemplazando los dedos. Su lengua danzaba, lamiendo, chupando, probando mi néctar con devoción. El cuarto giraba, sonidos de mi respiración agitada mezclados con sus gruñidos de placer.

Lo quería dentro. Lo jalé arriba, quitándole los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, su dureza de hierro envuelta en seda. La acaricié despacio, viéndolo cerrar los ojos, su pecho subiendo y bajando. Es mía esta noche, toda esta pasión sagrada.

Cántame, Ana. Canto por vuestra pasión sagrada
—susurró, recordando un viejo himno que habíamos oído en la iglesia, pero ahora torcido en erotismo puro.

Reí entre gemidos, montándolo como a un potro salvaje. Me hundí en él, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome deliciosamente. El roce era eléctrico, cada embestida enviando chispas por mis nervios. Cabalgaba con ritmo, mis caderas girando, pechos rebotando. Él agarraba mis nalgas, guiándome, sus ojos fijos en los míos. Sudor perlando su frente, olor a sexo crudo, sonidos húmedos de piel contra piel.

La tensión crecía, un nudo apretándose en mi vientre. Cambiamos posiciones: él encima, penetrándome profundo, lento al principio, luego feroz. Mis uñas en su espalda, dejando marcas rojas. Más fuerte, cabrón, dame todo. Sus embestidas se volvieron salvajes, el catre crujiendo en protesta. El clímax me golpeó como un rayo, mi cuerpo convulsionando, paredes internas apretándolo mientras gritaba su nombre. Él se vino segundos después, un rugido gutural, llenándome con su calor líquido.

Jadeantes, colapsamos en un enredo de miembros sudorosos. El aire olía a nosotros, a liberación. Diego me besó la frente, suave como una plegaria.

Esto fue sagrado, Ana. Tu pasión es mi canto.

Me acurruqué contra su pecho, escuchando su corazón ralentizarse. Afuera, las marimbas seguían, pero ahora sonaban lejanas, como un recuerdo. ¿Qué sigue? ¿Una noche más, o algo eterno? No importaba. En ese momento, con su brazo alrededor de mi cintura y el eco de nuestro placer en la piel, todo era perfecto. La pasión sagrada no necesitaba nombres ni promesas; solo el latido compartido, el sabor de la piel, el susurro de la noche oaxaqueña.

Al amanecer, nos despedimos con un beso que prometía retornos. Caminé de vuelta a mi casa, el cuerpo aún zumbando, el alma en paz. Canto por vuestra pasión sagrada, pensé, tarareando bajito mientras el sol teñía el cielo de rosa. Y supe que, en México, donde lo divino y lo carnal bailan juntos, esto era solo el principio.

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