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América Mi Pasión

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América Mi Pasión

La noche en el corazón de la Roma estaba viva, con ese bullicio que solo México sabe armar los viernes. El antro retumbaba con cumbia rebajada mezclada con reggaetón, y el aire olía a tequila reposado y perfume barato. Yo, Luis, andaba ahí con los cuates, pero la neta, no pintaba para mucho hasta que la vi. Ahí estaba ella, recargada en la barra, con un vestido rojo que se pegaba a sus curvas como si fuera su segunda piel. América, me dijo después que se llamaba. Sus ojos negros me clavaron en el sitio, y su sonrisa pícara me hizo tragar saliva. Tenía el cabello suelto, ondulado, cayéndole por los hombros morenos, y unas chichis que pedían a gritos ser tocadas.

Me acerqué, sintiendo el pulso acelerado, el sudor empezando a perlarme la frente. "¿Qué onda, preciosa? ¿Me invitas a una chela o qué?", le solté con mi mejor tono de galán de barrio. Ella rio, una carcajada ronca que me erizó la piel. "Órale, wey, si pagas tú, te dejo acercarte", contestó con ese acento chilango puro, juguetón. Nos pusimos a platicar, y mientras el hielo se derretía en los vasos, sentí su pierna rozar la mía bajo la barra. Era intencional, lo juraría. Hablamos de todo: de la pinche vida en la ciudad, de tacos al pastor y de cómo el calor nos ponía de malas. Pero en mi cabeza, solo daba vueltas una idea: América, mi pasión recién nacida, latiendo como tambor en el pecho.

La música subió de volumen, y la jalé a la pista. Sus caderas se movían como olas en Acapulco, pegándose a mí en cada giro. Sentí su culo firme contra mi entrepierna, y ya estaba medio parado, tratando de disimular. "¡Estás cañón, nena!", le grité al oído, oliendo su shampoo de coco mezclado con sudor fresco. Ella se volteó, me rodeó el cuello con los brazos y me susurró: "Tú tampoco estás tan pendejo, Luis. Me gustas". Su aliento cálido me quemó la oreja, y ahí supe que la noche iba pa'l carajo... en el buen sentido.

¿Qué chingados estoy haciendo? Esta morra me va a volver loco. Su piel suave contra la mía, ese aroma que me enloquece... no aguanto más

Salimos del antro tomados de la mano, el aire fresco de la madrugada nos golpeó como bendición. Caminamos hasta mi depa, que estaba a unas cuadras, riéndonos de tonterías. En el elevador, no pude más: la besé. Sus labios eran carnosos, sabían a margarita y a deseo puro. Me devolvió el beso con hambre, su lengua explorando la mía, mientras sus uñas se clavaban en mi espalda. El ding del elevador nos separó, pero ya íbamos encendidos.

Adentro del depa, las luces tenues pintaban sombras en su cuerpo. Le quité el vestido despacio, revelando un brasier negro de encaje que apenas contenía sus tetas perfectas. "Qué chula estás, América", murmuré, besando su cuello, inhalando su olor a mujer en celo. Ella gimió bajito, arqueando la espalda. "Tócame, carnal, no seas menso". Mis manos recorrieron su piel satinada, bajando por su cintura hasta sus muslos. Estaba mojada, lo sentí cuando metí la mano en su tanga. Sus fluidos calientes me empaparon los dedos, y ella jadeó: "¡Sí, así, pinche loco!".

La llevé a la cama, tumbándola con cuidado. Me desvestí rápido, mi verga ya dura como piedra, palpitando por ella. Se la mamó primero, mirándome con ojos de fuego. Su boca caliente la envolvió, chupando con maestría, la lengua girando en la cabeza. Sentí el cosquilleo subir por la columna, el sabor salado de mi pre-semen en su saliva. "¡Qué rico, wey! No pares", le rogué, enredando los dedos en su pelo. Pero quería más. La puse boca arriba, abrí sus piernas y hundí la cara entre ellas. Su coño era rosado, hinchado, oliendo a almizcle dulce. Lamí su clítoris despacio, saboreando sus jugos que goteaban como miel. Ella se retorcía, gritando: "¡Ay, cabrón, me vas a matar! ¡Más fuerte!". Sus muslos me apretaban la cabeza, su piel temblando bajo mi lengua.

El deseo nos consumía. La penetré lento al principio, sintiendo cómo su calor me tragaba centímetro a centímetro. "¡Estás enorme, Luis! Lléname toda", suplicó, clavándome las uñas en los glúteos. Empecé a bombear, fuerte, el sonido de carne contra carne llenando la habitación, mezclado con nuestros gemidos roncos. Sudábamos a chorros, el olor a sexo impregnando el aire. Sus tetas rebotaban con cada embestida, y yo las chupaba, mordisqueando los pezones duros como piedras. Ella se movía conmigo, caderas girando, apretándome con su interior como si no quisiera soltarme nunca.

Esto es el cielo, neta. América, mi pasión desatada, me tiene en sus garras. Su calor, sus gritos, todo me vuelve loco. No quiero que acabe

La puse en cuatro, admirando su culo redondo, perfecto para agarrar. Entré de nuevo, profundo, azotando suave sus nalgas que enrojecían al toque. "¡Dame duro, papi! ¡Sí, así!", chillaba ella, empujando contra mí. El ritmo se aceleró, mis bolas golpeando su clítoris, el placer subiendo como lava. Sentí su orgasmo venir primero: su coño se contrajo, ordeñándome, mientras gritaba mi nombre, el cuerpo convulsionando. Eso me llevó al límite. "¡Me vengo, América!", rugí, explotando dentro de ella, chorros calientes llenándola hasta rebosar. Nos derrumbamos, jadeantes, piel pegajosa contra piel.

Después, en la calma, la abracé. Su cabeza en mi pecho, el corazón latiéndole fuerte aún. "Qué chido estuvo, wey", murmuró, trazando círculos en mi abdomen con el dedo. Yo la besé la frente, oliendo su pelo revuelto. "Tú eres América, mi pasión, nena. No lo olvides". Nos quedamos así, envueltos en sábanas húmedas, el amanecer colándose por la ventana. No era solo sexo; era conexión, ese fuego que prende y no se apaga fácil en esta ciudad loca. Y mientras su respiración se volvía pausada, supe que esto apenas empezaba.

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