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La Pasión Desnuda de Nuestro Señor Jesucristo

7967 palabras

La Pasión Desnuda de Nuestro Señor Jesucristo

Era Viernes Santo en mi pueblo de Jalisco, el aire cargado de incienso y murmullos devotos. Las calles empedradas vibraban con el paso de la procesión, y yo, María, caminaba entre la multitud con el corazón latiéndome como tambor de banda. Llevaba mi rebozo negro sobre los hombros, pero debajo, mi blusa blanca se pegaba a la piel por el calor que subía desde el suelo. Olía a cempasúchil marchito y a sudor mezclado con el perfume barato de las vecinas. Miraba la escenificación de la pasión de nuestro Señor Jesucristo, esos hombres con túnicas raídas cargando la cruz pesada, fingiendo el sufrimiento del Nazareno. Pero mis ojos no estaban en la madera astillada ni en las coronas de espinas de plástico; se clavaban en Antonio, mi amante secreto, que marchaba como soldado romano con esa armadura de lata que le marcaba los músculos del pecho.

Antonio me guiñó un ojo desde lejos, y sentí un cosquilleo entre las piernas, como si el Espíritu Santo me hubiera tocado de forma pecaminosa. ¡Virgen de Guadalupe, qué tentación!, pensé, mientras el sacerdote recitaba las letanías. La gente gemía en oración, pero yo imaginaba los gemidos de otra clase, los que Antonio me arrancaba en la oscuridad de mi recámara. Habíamos empezado hace meses, después de una fiesta patronal donde nos escapamos al maizal. Él, con su risa ronca y sus manos callosas de trabajar la tierra, me había hecho olvidar mis promesas de castidad post-adolescente.

«Neta, María, eres un fuego que quema más que el infierno»,
me dijo una vez, y desde entonces, cada Semana Santa era nuestra excusa para pecar deliciosamente.

La procesión avanzaba lenta, el sonido de las matracas rompiendo el silencio como huesos crujiendo. Judas traicionaba con un beso falso, y yo recordé el primer beso de Antonio, húmedo y hambriento bajo la luna llena. Mi piel se erizaba, los pezones endureciéndose contra la tela áspera del sostén. Lo vi acercarse al final del acto, su sudor brillando en el cuello moreno, oliendo a hombre puro, a tierra mojada y a deseo reprimido. Si supieran estos santurrones lo que me provoca esta pasión de nuestro Señor Jesucristo, me dije, apretando los muslos para calmar el pulso que latía ahí abajo.

Nos escabullimos cuando la multitud se agolpaba en la plaza. Él me tomó de la mano, tirando de mí hacia el callejón detrás de la iglesia. El sol del mediodía caía a plomo, pero el frescor de la sombra nos envolvió como un manto.

«Wey, no aguanto más verte con esa falda que se te sube»,
murmuró, su aliento caliente contra mi oreja. Lo empujé contra la pared de adobe, aún tibia del sol, y le besé con furia, saboreando el salado de su piel mezclado con el dulzor del chicle de menta que masticaba. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, amasando mis nalgas con fuerza, y yo gemí bajito, el sonido ahogado por el eco lejano de las oraciones.

Esto es pecado, pero qué pecado tan chido, pensé mientras le desabrochaba la armadura improvisada. Su pecho desnudo olía a jabón de lavanda y a macho en celo, los vellos oscuros rizados invitándome a lamerlos. Él me levantó la falda, sus dedos rozando el encaje de mis panties, ya húmedas de anticipación.

«Estás chorreando, mi reina. ¿Es por el Señor o por mí?»
bromeó, y yo le mordí el labio inferior, riendo entre jadeos.
«Por ti, pendejo. Pero esta pasión de nuestro Señor Jesucristo me tiene caliente como demonio».
Nos besamos más profundo, lenguas enredándose como víboras en el Edén, mientras sus dedos se colaban dentro de mí, deslizándose en mi calor resbaladizo. Sentí cada nudillo, el roce áspero contra mis paredes sensibles, y arqueé la espalda, el rebozo cayendo al suelo polvoriento.

El callejón era un riesgo, con el bullicio de la procesión a unos metros, pero eso lo hacía más intenso. El miedo a que nos pillaran avivaba el fuego. Antonio me giró, presionándome contra la pared, su erección dura como cruz contra mi trasero. La tela de sus pantalones rasposa, el bulto palpitante prometiendo alivio. Siento su calor a través de la ropa, como si fuera el mismo Cristo resucitando en mi carne, monologué internamente, mientras él me bajaba las panties hasta los tobillos. El aire fresco besó mi intimidad expuesta, y gemí cuando su lengua la encontró, lamiendo desde atrás con devoción de penitente. Sabía a mí, a sal y almizcle, y él gruñía de placer, las manos separándome más, exponiéndome al mundo si alguien asomara.

La tensión crecía como la marea en la costa jalisciense. Cada lamida era una estación de la cruz: el sudor goteando por mi espinazo, el sabor de mi propia excitación en sus labios cuando me volteó para besarme, el sonido de su cremallera bajando como un trueno lejano. Lo miré a los ojos, negros y fieros, y vi mi reflejo: mejillas sonrojadas, labios hinchados, el pelo revuelto escapando del moño.

«Te quiero dentro, Antonio. Fóllame como si fuera la Magdalena arrepentida».
Él sonrió pillo, levantándome contra la pared, mis piernas envolviéndolo. Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome con su grosor, llenándome hasta el fondo. El roce era eléctrico, cada vena de su verga pulsando contra mí, y grité bajito, mordiéndole el hombro para no delatarme.

Empezamos un ritmo lento, como la procesión misma, sus caderas chocando contra las mías con golpes sordos. El adobe raspaba mi espalda, pero el dolor se mezclaba con el placer, como las espinas en la frente del Señor. Olía a sexo crudo, a tierra removida y a nuestro sudor uniéndose. ¡Qué rico su pene abriéndose paso, golpeando ese punto que me hace ver estrellas! Aceleramos, mis uñas clavándose en su espalda, dejando surcos rojos como latigazos. Él jadeaba en mi cuello,

«¡Ay, María, eres mi Virgen puta, mi todo!»
y yo respondía con la pelvis, apretándolo dentro, ordeñándolo con mis contracciones.

La procesión pasaba cerca; oí al sacerdote gritar «¡Perdónanos, Señor!» y reí entre gemidos, porque en ese momento, Antonio era mi señor, mi pasión encarnada. La intensidad subió como fiebre, mis pechos rebotando libres ahora que él me había bajado la blusa, chupando un pezón con hambre, el dolorcito dulce enviando chispas a mi clítoris. Sudábamos a raudales, el suelo bajo nosotros empapado, el aire espeso de nuestros alientos. Sentí el orgasmo venir, una ola desde el estómago, contrayendo todo mi ser. No pares, cabrón, dame la resurrección, supliqué en silencio. Él lo notó, embistiendo más fuerte, su verga hinchándose, y explotamos juntos: yo convulsionando alrededor de él, chorros de placer mojándonos, él gruñendo y llenándome con su leche caliente, pulsación tras pulsación.

Nos quedamos pegados, jadeando, el mundo volviendo lento. El incienso de la iglesia flotaba hasta nosotros, mezclándose con nuestro olor a sexo satisfecho. Antonio me bajó con cuidado, besándome la frente sudorosa.

«Eres mi salvación, mi María Magdalena mexicana».
Reí suave, arreglándome la ropa con manos temblorosas, el cuerpo aún zumbando de ecos placenteros. La procesión terminaba, la gente dispersándose, ajena a nuestro sacrilegio privado.

Regresamos por separado, pero en mi mente, la imagen de la pasión de nuestro Señor Jesucristo se había transformado: no más sufrimiento, sino éxtasis compartido, pasión carnal que une almas. Esa noche, en mi cama con sábanas frescas oliendo a lavanda, me toqué recordándolo, el afterglow extendiéndose como bendición. Antonio y yo sabíamos que el verdadero milagro era esto: dos cuerpos adultos, libres, consintiendo en arder juntos. En Jalisco, la fe y el fuego van de la mano, y yo no cambiaría mi cruz por nada.

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