Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Pasión Secreta Freud Resumen Pasión Secreta Freud Resumen

Pasión Secreta Freud Resumen

7024 palabras

Pasión Secreta Freud Resumen

Estaba sentada en mi depa de Polanco, con el calor de la tarde colándose por las cortinas entreabiertas. El aire olía a café recién molido y a las flores del jardín de abajo, esas bugambilias rojas que siempre me ponían de buenas. Tenía en las manos un librito viejo, polvoriento, que encontré en una tiendita de usados en la Roma. Se llamaba Pasión Secreta Freud Resumen, un compendio rarísimo de las ideas más ocultas del viejo Sigmund sobre los deseos reprimidos, el libido desatado y esas pasiones que bullen bajo la superficie como volcánes listos para estallar. Lo abrí y leí las primeras páginas, sintiendo un cosquilleo en la piel, como si Freud mismo me estuviera susurrando al oído.

La pasión secreta, según Freud, no es más que el eco de impulsos ancestrales que el superyó intenta acallar, pero que el ello clama por liberar.
Me mordí el labio, imaginando. Yo, Ana, psicóloga de veintiocho pirulos, siempre tan correcta en mi consultorio, con pacientes que contaban sus sueños húmedos sin saber que yo también los tenía. Pero ese resumen me prendió la mecha. Sentí mi panocha humedecerse solo con las palabras, el pulso acelerado en el cuello, el sudor perlándome la clavícula.

Entonces sonó el timbre. Era Carlos, mi vecino del depa de al lado, el wey alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me derretía cada vez que lo veía en el elevador. Traía una botella de mezcal en la mano. "Órale, Ana, ¿qué onda? Te vi llegar con esa cara de pensativa. ¿Partimos un trago?" dijo, con esa voz grave que me erizaba los vellos de los brazos.

Lo dejé pasar, el olor de su loción, algo cítrico y macho, invadió el espacio. Nos sentamos en el sofá, sirviendo mezcal en vasos chiquitos. Hablamos de la vida, del tráfico culero de Reforma, pero yo no podía sacarme el libro de la cabeza. "Mira, carnal, encontré esto", le dije, pasándole el Pasión Secreta Freud Resumen. "Es como un resumen de las pasiones que todos traemos escondidas, según el psyche."

Él lo hojeó, sus dedos grandes rozando las páginas. Nuestras rodillas se tocaron, y sentí la electricidad subir por mi muslo. "No mames, Ana, esto está cañón. Habla de deseos prohibidos, de soltar el control. ¿Tú crees en eso?" Sus ojos cafés se clavaron en los míos, y yo tragué saliva, el mezcal quemándome la garganta como preludio de lo que vendría.

La noche avanzó con risas y tragos. El calor entre nosotros crecía, como una olla a presión. Yo sentía su mirada recorriéndome las curvas del escote, el roce accidental de su mano en mi brazo enviando chispas. En mi mente, el resumen de Freud giraba: la pasión secreta es el puente entre el consciente y lo salvaje. Quería cruzar ese puente con él.

Acto dos, el escalation. Al día siguiente, lo invité a cenar. Preparamos tacos de arrachera en mi cocina, el humo del comal llenando el aire con olor a carne asada, cebolla caramelizada y limón fresco. Carlos me ayudaba, su cuerpo pegado al mío mientras picaba cilantro. "Estás bien rica hoy, Ana. Ese vestido te queda como pintado", murmuró, su aliento caliente en mi oreja. Me giré, nuestros cuerpos chocando, pechos contra su torso duro.

¿Y si lo beso? ¿Y si dejo salir mi pasión secreta? pensé, el corazón latiéndome como tambor en las costillas. Él no esperó más. Me acorraló contra la encimera, sus labios capturando los míos en un beso hambriento. Sabía a mezcal y a sal de la carne, su lengua explorando mi boca con urgencia freudiana, desatando el ello que tanto reprimía. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo negro, tirando suave.

Nos movimos al sofá, despojándonos de la ropa con prisa. Su piel morena olía a sudor limpio y deseo, mis tetas liberadas rozando su pecho peludo. "Te quiero chingar desde que te vi, wey", le susurré, usando ese slang mexicano que nos ponía más calientes. Él rio, "Pues hazlo, nena, suelta tu pasión secreta. Como dice ese Freud tuyo."

Me arrodillé, desabrochando su jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitando. La tomé en la mano, sintiendo el calor, la dureza como terciopelo sobre acero. La lamí desde la base, saboreando el precum salado, subiendo hasta la cabeza hinchada. Él gruñó, "¡Qué chingón, Ana! Chúpamela más profundo." La metí en la boca, succionando, mi lengua girando, mientras mis dedos masajeaban sus huevos pesados. El sonido húmedo de mi mamada llenaba la sala, mezclado con sus jadeos roncos.

Me levantó, me quitó el vestido. Sus manos grandes amasaron mis nalgas, separándolas, un dedo rozando mi ano antes de bajar a mi panocha empapada. "Estás chorreando, puta deliciosa", dijo juguetón. Metió dos dedos, curvándolos contra mi punto G, mientras su pulgar frotaba mi clítoris hinchado. Grité, las piernas temblando, el olor de mi excitación flotando, almizclado y dulce. Esto es el resumen perfecto de mi pasión secreta, Freud lo aprobaría, pensé en medio del torbellino.

Me tendió en el sofá, abriéndome las piernas. Su verga presionó mi entrada, resbaladiza. Empujó lento al principio, estirándome, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, Carlos, qué grande la tienes! Chingame duro." Él obedeció, embistiéndome con ritmo creciente, sus caderas chocando contra las mías en palmadas húmedas. Sudábamos, pieles pegajosas, pechos rebotando. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, mis uñas clavadas en su pecho, girando las caderas para sentirlo rozar cada rincón. Él pellizcaba mis chichis, chupando los pezones duros, mordisqueando suave.

La tensión subía, mis paredes contrayéndose alrededor de su verga. "Me vengo, wey, no pares", grité. El orgasmo me partió en dos, olas de placer desde el clítoris hasta la nuca, jugos chorreando por sus bolas. Él volteó, poniéndome a perrito, "Ahora te lleno, Ana." Unas estocadas feroces y explotó, su leche caliente inundándome, gimiendo mi nombre.

Acto tres, el afterglow. Nos derrumbamos, jadeantes, envueltos en el olor de sexo y sudor. Su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su espalda. El mezcal olvidado en la mesa, el libro abierto en la página del clímax freudiano. "Eso fue mi pasión secreta hecha resumen", le dije riendo. Él levantó la vista, besándome suave. "Y la mía también, carnala. Freud tenía razón: soltar el control es chido."

Nos quedamos así, cuerpos entrelazados, el pulso calmándose, la piel enfriándose al roce del ventilador. Afuera, la ciudad zumbaba con sus luces, pero adentro, habíamos encontrado paz en el desmadre. Mañana seguiría mi vida de psicóloga prolija, pero ahora sabía que mi pasión secreta Freud resumen estaba escrita en cada caricia compartida. Y con Carlos, la reescribiríamos cuantas veces quisiéramos.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.