Jean Carlos Canela Pasion Prohibida
El estudio de grabación en Polanco bullía de energía esa tarde de verano en el DF. El aire estaba cargado con el olor a café recién molido y el leve aroma a sudor de los técnicos corriendo de un lado a otro. Yo, Ana, productora ejecutiva de la telenovela Corazón Salvaje, ajustaba los últimos detalles del ensayo general. Mi corazón latía con fuerza cuando lo vi entrar: Jean Carlos Canela, el galán principal, con esa sonrisa que derretía cámaras y corazones por igual. Neta, desde el primer día de casting, algo se había encendido entre nosotros. Pero era pasion prohibida, porque la producción tenía reglas estrictas: nada de romances entre elenco y staff. Un pendejazo de contrato que firmamos todos, pero que a mí me traía loca.
Sus ojos cafés profundos se clavaron en los míos mientras cruzaba el set. Vestía una camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales firmes, y un jean que abrazaba sus caderas de manera pecaminosa. Olía a canela, sí, como su apellido, un perfume exótico que me hacía salivar. "Órale, Ana, ¿lista para hacer magia?" dijo con esa voz ronca que parecía acariciar mi piel. Asentí, tragando saliva, sintiendo un cosquilleo en el estómago. "Simón, Jean Carlos, pero no me falles con las líneas", respondí juguetona, aunque por dentro gritaba: ¡Tómame ya, wey!
Durante el ensayo, cada mirada robada era electricidad. Cuando ensayamos la escena de la primera beso, su aliento cálido rozó mi cuello mientras fingía ser la protagonista. El set se llenó de murmullos, pero yo solo sentía su mano en mi cintura, firme, posesiva. "Corte", gritó el director, y Jean Carlos se apartó lento, como si le doliera. Me miró con fuego en los ojos. "Buen trabajo, mamacita", susurró bajito para que solo yo oyera. Mi concha se humedeció al instante, neta, qué chido era ese hombre.
¿Por qué tiene que ser tan prohibido? Pensé mientras lo veía alejarse. Jean Carlos Canela, mi Jean Carlos Canela pasion prohibida, el que me quitaba el sueño con fantasías de su verga dura entrando en mí.
Acto dos del día: la pausa para cena. Todos salimos al roof top del edificio, con vistas a las luces de Reforma. El viento traía olor a tacos de la fonda de la esquina, y la música de fondo era un corrido moderno que ponía a bailar a los extras. Me serví un mezcal con limón, tratando de calmar los nervios. Jean Carlos se acercó con dos vasos en la mano. "Para ti, reina", dijo, chocando su copa con la mía. Sus dedos rozaron los míos, y juro que sentí chispas. Hablamos de todo: de su gira por Latinoamérica, de mi infancia en Guadalajara, de cómo el DF nos volvía locos con su caos sexy.
"Ana, no puedo dejar de pensar en ti", confesó de repente, su voz grave como un trueno lejano. Lo miré, el corazón retumbando en mis oídos. "Yo tampoco, pero es un desmadre, Jean. Si nos cachan, adiós chamba". Él sonrió pícaro, se acercó más, su pecho rozando mis tetas. Olía a canela y a hombre excitado, ese musk que me volvía perra en celo. "Que se jodan las reglas. Solo esta noche", murmuró, y sus labios capturaron los míos en un beso que sabía a mezcal y promesas rotas.
El beso fue fuego puro. Su lengua invadió mi boca, explorando, saboreando, mientras sus manos bajaban a mi culo y lo apretaban con fuerza. Gemí bajito, sintiendo mi clítoris palpitar. El viento jugaba con mi falda, y su erección presionaba contra mi vientre, dura como piedra. "Vámonos de aquí", jadeó él, y sin pensarlo, lo seguí al elevador de servicio, ese rincón olvidado del edificio.
Adentro, solos, la tensión explotó. Me empujó contra la pared fría de metal, sus labios devorando mi cuello. Lamí su piel salada, mordí su oreja, inhalando ese aroma a canela pasion prohibida. "Te quiero desde el día uno, Ana", gruñó mientras sus dedos subían por mis muslos, rasgando mi tanga con un tirón. Mi coño chorreaba, listo para él. Le desabroché el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. La apreté, sintiendo su pulso acelerado. "Qué rica verga tienes, cabrón", le dije, y me arrodillé.
La chupé con hambre, saboreando su piel suave y salada, el gusto almizclado que me enloquecía. Él gemía, enredando sus dedos en mi pelo. "Así, chula, trágatela toda". La metí hasta la garganta, sintiendo cómo se hinchaba más. El elevador zumbaba, pero no importaba; el mundo se reducía a su placer. Me levantó, me pegó a la pared, y su lengua encontró mi panocha. Lamidas expertas, chupando mi clítoris hinchado, metiendo dos dedos que me follaban profundo. Olía a mi excitación, dulce y pecaminosa, mientras gritaba su nombre.
Pero queríamos más. Salimos tambaleando al pasillo desierto, entramos a mi oficina improvisada, con la puerta cerrada con seguro. La luz tenue de la lámpara de escritorio iluminaba su cuerpo perfecto: abdominales marcados, vello oscuro bajando a su polla tiesa. Me quitó la blusa, liberando mis tetas grandes, y las mamó con furia, mordisqueando los pezones duros. Gemí alto, arañando su espalda. "Cógeme ya, Jean Carlos", supliqué.
Me tumbó sobre el escritorio, papeles volando, y se hundió en mí de un solo empujón. ¡No mames, qué rico! Su verga me llenaba por completo, estirándome deliciosamente. Empezó a bombear lento, profundo, cada embestida rozando mi punto G. Sentía cada vena, el calor de su piel contra la mía, sudor mezclándose, el slap slap de carne contra carne. Aceleró, follándome duro, sus bolas golpeando mi culo. "Eres mía, Ana, esta pasión prohibida es nuestra", jadeaba. Yo enredé mis piernas en su cintura, clavando uñas en su nalga. "Más fuerte, pendejo, hazme venir".
El clímax llegó como tsunami. Mi coño se contrajo alrededor de su verga, ondas de placer sacudiéndome, gritando mientras el orgasmo me partía en dos. Él rugió, llenándome con chorros calientes de semen, su cuerpo temblando sobre el mío. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa, olores a sexo y canela impregnando el aire.
Después, en el afterglow, nos vestimos lento, besándonos suaves. La ciudad brillaba afuera, indiferente a nuestro secreto. "Esto no termina aquí", dijo él, acariciando mi mejilla. Sonreí, sabiendo que nuestra Jean Carlos Canela pasion prohibida apenas empezaba. Salimos por separado, pero mi cuerpo aún vibraba con su toque, su sabor en mi lengua, su esencia en mi alma. En el DF, donde todo es posible, esta pasión era nuestra, prohibida pero imparable.