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Que Son Las Pasiones Humanas

6639 palabras

Que Son Las Pasiones Humanas

La noche en Polanco se sentía viva, con ese bullicio lejano de la ciudad que nunca duerme del todo. Yo, Ana, estaba en la terraza de mi depa, con una copa de mezcal en la mano, mirando las luces parpadeantes del skyline. El aire traía un olor a jazmín de los maceteros y un toque de humo de algún asador vecino. Hacía calor, ese bochornoso que te hace sudar la blusa pegada a la piel. Me recargué en la barandilla, sintiendo el metal fresco contra mis palmas húmedas.

Qué son las pasiones humanas, pensé, recordando un libro viejo que encontré en la tiendita de libros usados en la Roma. ¿Son solo impulsos carnales o algo más profundo, como un fuego que te quema por dentro? Llevaba días dándole vueltas, desde que Marco y yo empezamos a vernos más en serio. Él era chef en un restaurante chido de la colonia, con esos ojos cafés intensos y manos callosas que olían a especias todo el tiempo.

Escuché la puerta abrirse abajo. Sus pasos firmes en la escalera, el tintineo de llaves. Mi pulso se aceleró sin razón. Salió a la terraza, con su camisa negra arremangada, mostrando los antebrazos morenos. "Ey, morra, ¿qué onda? Te traje unos tacos de suadero de la esquina, todavía calientitos." Su voz grave, con ese acento chilango puro, me erizó la piel.

Me volteé sonriendo, sintiendo ya ese cosquilleo en el estómago. "¡Neta, wey! Justo tenía hambre." Nos sentamos en las sillas de mimbre, comiendo bajo las luces tenues. El vapor de los tacos subía, oliendo a cebolla asada y cilantro fresco. Mordí uno, el jugo caliente me quemó la lengua, pero qué rico. Él me miraba fijo, limpiándose la boca con el dorso de la mano.

"¿En qué andas pensando, Ana? Tienes esa cara de filósofa." Reí bajito, pasándole mi copa de mezcal. "En las pasiones humanas, pendejo. ¿Qué son? ¿Por qué nos joden tanto la vida?" Él se acercó, su rodilla rozando la mía. El contacto fue eléctrico, como si mi piel gritara por más.

Acto uno hecho. La tensión empezaba a crecer mientras charlábamos. Su mano se posó en mi muslo, casual al principio, pero apretando suave. Sentí el calor de sus dedos a través de la falda ligera.

No seas mensa, déjate llevar. Hace cuánto no te sueltas así?
Mi mente daba vueltas. El mezcal me soltaba las inhibiciones, y su olor –mezcla de sudor limpio, chile y hombre– me inundaba las fosas nasales.

Nos quedamos callados un rato, solo el zumbido de la ciudad y nuestros respiraciones. Se paró, me jaló de la mano. "Ven, vamos adentro. Hace un chingo de calor aquí." Su palma áspera contra la mía, tirando suave pero firme. Entramos al depa, iluminado por luces ámbar. Cerró la puerta con el pie, y de pronto me tenía contra la pared, su cuerpo pegado al mío.

Sus labios rozaron mi cuello primero, un beso húmedo que me hizo arquear la espalda. Olía a mezcal y a él, ese aroma terroso que me volvía loca. "Ana, neta que me traes de la verga." Murmuró contra mi piel, su aliento caliente. Mis manos subieron a su cabello revuelto, tirando suave. Lo besé con hambre, saboreando su lengua salada, explorando su boca como si fuera territorio nuevo.

La ropa empezó a estorbar. Le quité la camisa, sintiendo los músculos duros de su pecho bajo mis uñas. Él desabrochó mi blusa con dedos impacientes, exponiendo mis tetas al aire fresco. Sus ojos se oscurecieron, devorándome. "Qué chingonas estás, morra." Me levantó en brazos como si no pesara nada, caminando al cuarto. El colchón nos recibió suave, hundiendo nuestros cuerpos.

Aquí venía el medio, la escalada. Me recostó despacio, besando mi clavícula, bajando al valle entre mis pechos. Su lengua trazó círculos en un pezón, chupando suave al principio, luego más fuerte. Gemí, el sonido saliendo ronco de mi garganta. Qué son las pasiones humanas si no esto: puro fuego líquido en las venas. Mis caderas se movían solas, buscando fricción contra su pierna.

Él bajó más, despojándome de la falda y las huaraches. Sus manos masajearon mis muslos, abriéndolos con delicadeza. Olía mi excitación, ese musk dulce que nos volvía animales. "Estás mojada toda, Ana. ¿Quieres que te coma?" Asentí, jadeando. Su boca llegó a mi panocha, lengua plana lamiendo despacio. Sentí cada roce como un rayo, el calor húmedo envolviéndome. Chupó mi clítoris, succionando, mientras un dedo entraba, curvándose justo ahí, en el punto que me hacía ver estrellas.

¡Madre santa, no pares! Esto es lo que buscaba, esta locura.
Mis manos agarraban las sábanas, el crujido del algodón bajo mis puños. Él gruñía contra mí, vibraciones que me llevaban al borde. Pero se detuvo, subiendo para besarme. Saboreé mi propio sabor en sus labios, salado y dulce. Le quité el pantalón, liberando su verga dura, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo las venas gruesas, el calor pulsante. "Chíngame ya, Marco. No aguanto."

Se puso condón rápido –siempre responsable, el cabrón– y se posicionó. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes. Sus embestidas empezaron lentas, profundas, nuestros cuerpos sudados chocando con palmadas húmedas. Olía a sexo puro, a piel caliente y deseo crudo. Aceleró, mis uñas clavándose en su espalda, dejando marcas rojas.

La intensidad subía como una ola. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo. Sentía su verga llenándome hasta el fondo, mis tetas rebotando con cada salto. Él agarraba mis nalgas, guiándome, "¡Así, morra, qué rico te sientes!" Sudor nos chorreaba, goteando en su pecho. Mi clítoris rozaba su pubis, fricción perfecta. El orgasmo me golpeó como un tren: contracciones salvajes, grito ahogado, visión borrosa. Él me siguió segundos después, gruñendo mi nombre, cuerpo tenso bajo el mío.

Caímos exhaustos, jadeando. El afterglow era puro éxtasis: piel pegajosa, corazones latiendo al unísono. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse. Su mano acariciaba mi cabello húmedo, besos suaves en mi frente. Esto son las pasiones humanas: conexión, placer, vulnerabilidad compartida. No solo carne, sino almas enredadas.

Nos quedamos así, con la ciudad zumbando afuera. "¿Ya descubriste qué son?" preguntó él, riendo bajito. Sonreí contra su piel. "Sí, pendejo. Son esto. Tú y yo." La noche nos envolvió, satisfecha, completa.

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