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Películas de Amor y Pasión en Netflix que Despiertan el Alma

6376 palabras

Películas de Amor y Pasión en Netflix que Despiertan el Alma

La lluvia caía a cántaros afuera de mi depa en la Condesa, ese golpeteo constante en las ventanas que hacía todo más íntimo, como si el mundo se hubiera confabulado para encerrarnos. Yo, Ana, acababa de llegar del gym, con el cuerpo aún tibio y la piel oliendo a sudor mezclado con mi perfume de vainilla. Diego, mi carnal del alma desde la uni, me había mandado un mensajito: "¿Noche de Netflix, güey? Llevo chelas y totopos". Neta, el timing perfecto. Llamé al Uber para que no se mojara y mientras esperaba, me puse un shortcito de algodón que se pegaba a mis curvas y una playera suelta, sin bra, porque ¿pa' qué?

Cuando abrió la puerta, Diego traía el pelo revuelto por la lluvia, la camisa blanca pegada al pecho marcado, y esa sonrisa pícara que me hacía cosquillas en el estómago. "¡Órale, qué chida pinta traes, Ana!" dijo, abrazándome fuerte. Su olor a colonia fresca y lluvia me invadió, y sentí su mano bajar un poquito por mi espalda, rozando justo donde me eriza la piel. Nos reímos como pendejos, sirviendo las chelas heladas en vasos con sal y limón, y devorando los totopos con guac que él mismo preparó. Este wey cocina como dios, neta, pensé, mientras lo veía lamerse los labios.

Nos tiramos en el sofá de piel suave, las luces bajas, la tele prendida.

"¿Qué pelamos? Algo romántico, ¿no?"
propuse, acurrucándome contra su hombro. Él sacó el control y buscamos en Netflix. "Películas de amor y pasión en Netflix", tecleó, y de repente la pantalla se llenó de títulos que prometían besos ardientes y miradas que queman. Elegimos una italiana, con actores que se comían con los ojos desde el primer frame. La trama era de amantes prohibidos en una villa europea, pero lo que me prendió fue la forma en que Diego me rodeó con su brazo, su mano descansando en mi muslo desnudo. El calor de su palma se filtraba a través del short, y yo apreté las piernas un poquito, sintiendo ese cosquilleo subir por mi vientre.

La peli avanzaba, y la tensión en pantalla se reflejaba en nosotros. En una escena donde los protas se besaban bajo la lluvia, Diego giró la cara hacia mí. "¿Sabes qué, Ana? Estas películas de amor y pasión en Netflix siempre me dan unas ganas locas", murmuró, su aliento cálido contra mi oreja. Mi corazón latió como tambor, y sin pensarlo, me volteé y le planté un beso suave en los labios. Sabían a chela y chile, un sabor que me hizo gemir bajito. Sus manos subieron por mis caderas, apretándome contra él, y sentí su verga endureciéndose contra mi pierna. ¡Puta madre, qué rico se siente esto! pensé, mientras su lengua exploraba mi boca con hambre contenida.

Apagamos la tele sin mirarla más. La lluvia seguía tronando afuera, pero adentro el aire se cargaba de electricidad. Diego me levantó en brazos como si no pesara nada, y yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, riendo contra su cuello. "Eres un animal, cabrón", le dije, mordisqueándole la oreja. Me llevó a mi cuarto, donde la cama king size nos esperaba con sábanas frescas de algodón egipcio. Me tiró suave, y se quitó la camisa de un jalón, revelando ese torso tatuado con un águila chida que siempre me ha vuelto loca. Yo me quité la playera, dejando mis tetas libres, los pezones ya duros como piedras por el roce del aire.

Él se arrodilló entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando despacio por el short. "Déjame probarte, mi reina", susurró, y con dientes y dedos me lo quitó todo. Su boca encontró mi coño húmedo, la lengua lamiendo lento, saboreando mis jugos que ya chorreaban. Olía a sexo puro, a deseo acumulado, y el sonido de sus chupadas me hacía arquear la espalda. ¡Ay, wey, no pares! Me vas a matar de gusto. Mis manos enredadas en su pelo, empujándolo más adentro, mientras mis caderas se movían solas, follándome su cara. Gemía su nombre, "Diego, sí, así, pinche rico", y él metía un dedo, luego dos, curvándolos justo en mi punto G, haciendo que explotara en oleadas de placer. Mi primer orgasmo me dejó temblando, el cuerpo bañado en sudor, el sabor salado en mi boca cuando me mordí el labio.

Pero no paró ahí. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mis nalgas, hasta que sentí su verga dura rozando mi entrada. Grande, caliente, lista para mí.

"¿Quieres que te coja, Ana? Dime que sí"
, pidió, su voz ronca de pura lujuria. "Sí, cabrón, cógeme duro, hazme tuya", respondí, empinándome como gata en celo. Entró despacio al principio, estirándome delicioso, el dolorcito placentero mezclándose con el éxtasis. Olía a nuestros cuerpos sudados, a piel mojada por la lluvia que entraba por la ventana entreabierta. Empezó a bombear, fuerte, profundo, sus bolas chocando contra mi clítoris con cada embestida. Yo gritaba, "¡Más, Diego, no pares, qué chingón eres!", arañándole la espalda.

Cambiamos posiciones como en esas películas de amor y pasión en Netflix que vimos a medias: yo encima, cabalgándolo salvaje, mis tetas rebotando mientras lo montaba, sintiendo cada vena de su verga pulsando dentro. Él me amasaba las nalgas, metiendo un dedo en mi ano para volverme loca. El sudor nos unía, resbaloso, y el sonido de carne contra carne llenaba el cuarto, mezclado con nuestros jadeos y la lluvia eterna. "Te voy a llenar, mi amor", gruñó, y aceleré, apretándolo con mi coño hasta que explotamos juntos. Su leche caliente me inundó, mientras yo me corría de nuevo, viendo estrellas, el mundo reduciéndose a ese placer cegador.

Caímos exhaustos, enredados, respirando agitados. Su mano acariciaba mi pelo, besos suaves en mi frente. Neta, esto es mejor que cualquier peli, pensé, mientras el afterglow nos envolvía como manta tibia. La lluvia amainaba, y afuera la ciudad brillaba con luces neón. "¿Otra chela y volvemos a la peli?" propuso él, riendo. Yo sonreí, acurrucándome más. "O mejor, buscamos más películas de amor y pasión en Netflix... pa' inspirarnos de nuevo". Nos besamos lento, saboreando el remanente de nosotros mismos, sabiendo que esta noche apenas empezaba. El deseo no se apaga fácil, y con Diego, cada momento era puro fuego.

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