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Emerymark Pasión por el Helado

7227 palabras

Emerymark Pasión por el Helado

Tú caminas por las calles empedradas del centro de Guadalajara, el sol de la tarde pegando como plomo derretido sobre tu piel morena. El aire huele a tamales de elote y a flores de bugambilia, pero lo que te llama de verdad es ese cartel luminoso al fondo: Helados Emerymark. Neta, tu pasión por el helado es legendaria, wey. Cada vez que pruebas uno de esos sabores cremosos, se te hace agua la boca y algo más se despierta abajo, como un cosquilleo que no se apaga fácil.

Empujas la puerta de vidrio y el timbre tintinea como un susurro juguetón. Adentro, el fresco del aire acondicionado te envuelve como un abrazo helado, contrastando con el bochorno de afuera. El aroma dulzón te golpea: vainilla quemada, chocolate intenso, fresas maduras. Tus ojos recorren los mostradores de mármol reluciente, donde bolas de helado multicolores brillan bajo las luces LED. Y entonces lo ves a él. Alto, con playera ajustada que marca unos pectorales chonchos, tatuajes asomando en los brazos y una sonrisa pícara que dice ven pa'cá, mamacita.

Órale, este vato está cañón, piensas. ¿Será que también comparte mi Emerymark pasión por el helado?

—Hola, ¿qué se te antoja hoy? —te pregunta con voz grave, mientras se acerca limpiándose las manos en un trapo.

Tú te muerdes el labio, sintiendo el pulso acelerarse en las sienes.

—Dame un cono de chocolate belga con trocitos de galleta, pero grande, ¿eh? Mi pasión por el helado Emerymark no tiene límites.

Él ríe, una carcajada ronca que vibra en tu pecho. Sus ojos cafés te recorren despacio, deteniéndose en tus curvas ceñidas por el vestido floreado.

—Yo soy Marco, el dueño. Y neta, si te gusta tanto, ¿por qué no pruebas el nuevo sabor? Es de mango con chile, bien mexicano, bien picante.

Te lo prepara con maestría, la pala raspando el metal con un sonido que te eriza la piel. Cuando te lo entrega, sus dedos rozan los tuyos, un toque eléctrico que hace que el helado se sienta aún más frío contra tu palma caliente.

Te sientas en una mesita junto a la ventana, lamiendo lento, saboreando la cremosidad que se derrite en tu lengua, el dulzor del mango mezclado con el ardor del chile que te hace jadear bajito. Marco no te quita la vista de encima, fingiendo limpiar el mostrador. Sientes su mirada como caricias invisibles en tus pechos, bajando por tu vientre hasta tus muslos.

Terminas el cono y te levantas, dispuesta a irte, pero él te intercepta.

—Oye, ¿y si te invito a probar algo especial en la parte de atrás? Tengo sabores que no vendo al público. Solo para los que de verdad aman el helado Emerymark.

Tu corazón late como tamborazo en la plaza. ¿Qué chingados, esto es muy directo? Pero qué padre suena. Asientes, y él te guía por una puertita al fondo, donde el cuarto de preparación huele a azúcar caramelizada y frutas frescas. Cierra la puerta con llave, el clic resuena como promesa.

Acto dos, la cosa se pone intensa. Marco saca un balde entero de helado de vainilla bourbon, cremoso como piel de recién nacido, y lo pone en la mesa de acero inoxidable. El frío del metal contra el aire tibio crea una neblina ligera.

—Quítate el vestido —te dice, su voz ronca de deseo—. Quiero verte brillar con esto.

Tú obedeces, sintiendo el aire fresco besar tu piel desnuda. Tus pezones se endurecen al instante, rosados y ansiosos. Él se acerca, toma una cucharada generosa y la desliza por tu cuello, el helado derritiéndose en riachuelos fríos que bajan por tu clavícula, goteando entre tus senos. El contraste te arranca un gemido: frío punzante contra tu calor interno.

¡Ay, cabrón, qué delicia! piensas, mientras él lame el rastro, su lengua caliente y áspera recogiendo cada gota. Sabe a vainilla y a sal de tu sudor, un combo que lo enloquece. Sus manos grandes te amasan los glúteos, apretando la carne suave, mientras tú sientes su verga dura presionando contra tu muslo a través del pantalón.

—Estás rica como este helado, pero más caliente —murmura contra tu oreja, mordisqueándola suave.

Tú respondes agarrándolo por la nuca, besándolo con hambre. Sus labios saben a menta y a ese mango con chile que probó antes. Le bajas el cierre, liberas su verga gruesa, venosa, palpitante en tu mano. La acaricias despacio, sintiendo el calor que irradia, el pulso acelerado bajo tu palma. Él gime, un sonido gutural que te moja la panocha.

Marco te levanta sobre la mesa, el metal helado contra tu culo te hace arquear la espalda. Unta helado en tus pechos, chupándolos con devoción, la lengua girando alrededor de los pezones hasta que duelen de placer. Baja más, por tu vientre tembloroso, hasta tu monte de Venus. El frío en tu clítoris es una tortura exquisita: te retuerces, las piernas abriéndose solas, invitándolo.

Chíngame con tu lengua primero, le ruegas, voz entrecortada.

Él obedece, lamiendo el helado mezclado con tus jugos, el sabor ácido-dulce lo hace gruñir como fiera. Su nariz roza tu clítoris hinchado, dedos gruesos hundiéndose en ti, curvándose para tocar ese punto que te hace ver estrellas. El sonido húmedo de su boca chupando, tus gemidos rebotando en las paredes, el olor almizclado de tu excitación llenando el aire... todo te lleva al borde.

Pero no corres aún. Lo jalas arriba, guías su verga a tu entrada resbalosa. Él empuja despacio, centímetro a centímetro, llenándote hasta el fondo. Sientes cada vena rozando tus paredes, el grosor estirándote deliciosamente. Empieza a moverse, lento al principio, el ritmo como olas en el lago de Chapala: profundo, constante.

Esto es mejor que cualquier Emerymark pasión por el helado, neta. Su verga es mi nuevo sabor favorito.

El sudor perla su frente, gotea sobre tus tetas. Acelera, embistiéndote fuerte, la mesa crujiendo bajo el peso. Tú clavas las uñas en su espalda, dejando surcos rojos, gritando su nombre. Él te besa el cuello, mordiendo suave, mientras una mano baja a frotar tu clítoris en círculos rápidos. La tensión sube como volcán, tus músculos apretándolo, ordeñándolo.

Acto final, el clímax estalla. Tú llegas primero, un orgasmo que te sacude entera: olas de placer desde el útero hasta la punta de los dedos, gritando ¡Sí, wey, así!. Tus paredes se contraen rítmicas, exprimiéndolo. Marco ruge, hundiéndose profundo una última vez, llenándote con chorros calientes que se mezclan con el helado derretido.

Caen sobre ti, pesados, jadeantes. El aire huele a sexo y vainilla, vuestros cuerpos pegajosos de sudor y crema dulce. Él te besa la frente, suave, mientras tú acaricias su cabello revuelto.

—Eso fue épico —dice, riendo bajito—. Vuelve cuando quieras por más helado... o por mí.

Tú sonríes, el cuerpo laxo, satisfecho. Sales de ahí con las piernas temblorosas, el sol ya bajando tiñendo el cielo de rosa. En tu mente, la Emerymark pasión por el helado acaba de ganar un nuevo nivel: compartida, caliente, inolvidable. Y sabes que regresarás, no por el frío, sino por el fuego que enciende.

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