Abismo de Pasion Capitulo 98 El Fuego que Nos Consume
La noche en la playa de Cancún se extendía como un manto de terciopelo negro salpicado de estrellas. El aire salado del mar Caribe me acariciaba la piel, mezclándose con el aroma dulce de las flores tropicales que rodeaban nuestra villa privada. Yo, Ana, había llegado aquí huyendo del ajetreo de la Ciudad de México, pero en realidad, lo que buscaba era a él. Diego, mi amor de toda la vida, ese pendejo guapo que me volvía loca con solo una mirada.
Nos conocimos en la uni, en una fiesta en Polanco, y desde entonces hemos sido como imanes. Pero últimamente, el trabajo nos había separado: él en sus viajes de negocios por Monterrey, yo en la agencia publicitaria matándome con deadlines. Esta escapada era para reconectar, para caer de nuevo en ese abismo de pasion que nos definía. Capítulo 98 de nuestra historia, pensé mientras sorbía mi margarita helada, el limón fresco explotando en mi lengua y el tequila quemándome la garganta como una promesa de lo que vendría.
Lo vi llegar caminando por la arena, su silueta recortada contra las olas rompiendo con un rugido suave. Camisa blanca desabotonada dejando ver su pecho moreno y musculoso, pantalones caqui ajustados que marcaban sus caderas. Órale, wey, qué chingón se veía. Mi pulso se aceleró, un cosquilleo subiendo por mis muslos. Me levanté del balcón, mi vestido ligero de algodón ondeando con la brisa, y corrí hacia él descalza, la arena tibia aún del sol del día entre mis dedos.
—Neta, Ana, te extrañé tanto —murmuró al abrazarme, su voz ronca como el trueno lejano. Sus manos grandes y callosas por el gimnasio me rodearon la cintura, atrayéndome contra su cuerpo duro. Sentí su calor a través de la tela fina, su erección ya presionando contra mi vientre. Olía a colonia masculina mezclada con sal marina, un olor que me hacía salivar.
Nos besamos allí mismo, bajo la luna llena. Sus labios carnosos devoraron los míos, su lengua invadiendo mi boca con urgencia, saboreando el tequila en mí. Gemí bajito, mis uñas clavándose en su espalda. El mundo se redujo a eso: su boca, su aliento caliente en mi cuello, el roce de su barba incipiente raspando mi piel sensible.
¿Por qué siempre es así con él? Como si cada beso fuera el primero, como si cada caricia pudiera incendiarme entera.
Acto uno: la chispa. Lo arrastré adentro de la villa, riendo como chiquillas mientras tropezábamos con la puerta. Las luces tenues de las velas que había encendido parpadeaban, proyectando sombras danzantes en las paredes blancas. La cama king size nos esperaba, sábanas de hilo egipcio suaves como una caricia.
Nos sentamos en el borde, jadeantes. Diego me miró con esos ojos cafés intensos, llenos de hambre.
—Ven pa'cá, mi reina —dijo, tirando de mi vestido por encima de la cabeza. Quedé en bragas de encaje negro, mis pechos libres, pezones ya duros por el aire fresco y su mirada. Él se quitó la camisa de un jalón, revelando abdominales marcados y esa V que bajaba a su entrepierna. Neta, era un dios mexa.
Sus manos exploraron mi cuerpo con lentitud tortuosa. Rozó mis hombros, bajó por mis brazos, hasta entrelazar sus dedos con los míos. Luego, subió a mis senos, amasándolos suavemente, pulgares girando sobre los pezones. Un gemido escapó de mi garganta, profundo y gutural. Sentí mi humedad creciendo entre las piernas, un calor líquido que empapaba la tela.
—Estás tan mojada ya, ¿verdad, cabrona? —susurró juguetón, su acento norteño asomando, ese "cabrona" cariñoso que solo él usaba conmigo.
Le respondí bajando la mano a su pantalón, sintiendo su verga dura como piedra bajo la cremallera. La apreté, y él gruñó, un sonido animal que vibró en mi pecho.
Acto dos: la escalada. Me tumbó de espaldas, besando mi cuello, lamiendo el hueco de mi clavícula donde el sudor empezaba a perlar. Bajó por mi vientre, mordisqueando mi ombligo, hasta llegar a mis bragas. Las olió primero, inhalando profundo mi aroma almizclado de excitación, y luego las deslizó por mis piernas con los dientes. El roce de sus labios en mis muslos internos me hizo arquear la espalda.
Separó mis piernas con gentileza, exponiéndome al aire. Su aliento caliente rozó mi clítoris hinchado, y juro que vi estrellas. Lamida lenta, de abajo arriba, saboreando mis jugos. Qué rico, pensé, mis caderas moviéndose solas contra su boca. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en mi punto G, mientras su lengua giraba incansable. El sonido era obsceno: chupeteos húmedos, mis jadeos entrecortados, el mar rugiendo afuera como banda sonora.
Esto es el abismo, capítulo 98 de nuestra pasión desbocada. No hay vuelta atrás, solo caer más hondo en él.
Lo empujé hacia arriba, queriendo más. Le desabroché el pantalón, liberando su miembro grueso y venoso, la cabeza brillante de precúm. Lo tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, y lo masturbé despacio, sintiendo cómo palpitaba. Él gimió mi nombre, Ana, Ana, mientras yo lo lamía desde la base hasta la punta, saboreando su salado esencia masculina. Lo chupé profundo, garganta relajada, mis labios estirados alrededor de su grosor. Él enredó los dedos en mi pelo, guiándome sin forzar, solo disfrutando.
La tensión crecía como una tormenta. Nos volteamos en 69, yo encima, mi coño goteando sobre su cara mientras lo devoraba. Sus dedos en mi culo, masajeando el anillo apretado, prometiendo placeres futuros. Gemidos ahogados, cuerpos sudados resbalando, olores intensos de sexo llenando la habitación: almizcle, sudor, mar.
—No aguanto más, wey —jadeé, incorporándome.
Él se puso de rodillas, yo a horcajadas. Lo guié dentro de mí, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Ay, cabrón! Lleno, completo. Empecé a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas. Sus manos en mis caderas, guiando el ritmo que aceleraba. Pechos rebotando, sudor goteando entre ellos, cayendo en su pecho.
Cambié de posición: él encima, misionero profundo. Piernas en sus hombros, penetrándome hasta el fondo. Cada embestida un choque de pelvis, piel contra piel, slap slap slap. Mi clítoris frotándose contra su pubis, building that fire. Sus ojos en los míos, conexión total.
—Te amo, mi vida —gruñó, acelerando.
El orgasmo me golpeó como ola gigante: contracciones violentas, grito ahogado, uñas en su espalda dejando marcas rojas. Él siguió, prolongando mi placer, hasta que se tensó, verga hinchándose, y eyaculó dentro, chorros calientes llenándome, desbordando.
Acto tres: el resplandor. Colapsamos, entrelazados, respiraciones sincronizadas calmándose. Su peso sobre mí reconfortante, semen goteando entre mis muslos, mezcla pegajosa y satisfactoria. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El mar susurraba afuera, brisa enfriando nuestro sudor.
Capítulo 98 del abismo de pasion: no un final, sino un nuevo comienzo. Mañana, más. Siempre más.
Diego me acarició el pelo, riendo bajito.
—Eres lo máximo, Ana. Neta, no te suelto nunca.
Me acurruqué contra él, piel contra piel, corazones latiendo al unísono. En ese momento, el mundo era perfecto: nosotros, el mar, la noche eterna. El abismo nos había tragado de nuevo, y qué chido se sentía caer.