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La Pasion de Bastian Baltasar Bux Eran los Libros

6269 palabras

La Pasion de Bastian Baltasar Bux Eran los Libros

En el corazón del Centro Histórico de la Ciudad de México, donde el aroma a papel viejo y tinta se mezcla con el humo de los elotes asados en la calle, se encontraba mi refugio: la Librería El Aleph. Ahí, entre estanterías que trepaban hasta el techo como enredaderas antiguas, la pasión de Bastian Baltasar Bux eran los libros. Yo, Bastian, devoraba páginas como si fueran amantes, perdiéndome en mundos prohibidos que encendían mi sangre. Esa tarde de viernes, el sol se colaba por las ventanas empolvadas, tiñendo todo de un dorado cálido, cuando la vi por primera vez.

Se llamaba Renata, o al menos así me dijo después. Alta, con curvas que recordaban las dunas del desierto sonorense, piel morena como el chocolate abuelita y ojos negros que brillaban como obsidianas pulidas. Vestía un huipil ligero que se adhería a sus pechos generosos y una falda floreada que ondeaba con cada paso, dejando entrever sus muslos firmes. Estaba en la sección de erotismo latinoamericano, hojeando un tomo de Laura Esquivel con dedos delicados, uñas pintadas de rojo pasión. El corazón me latió fuerte, como tamborazo zacatecano, y sentí un cosquilleo en la entrepierna. Neta, carnal, pensé, esta morra está cañón.

Me acerqué fingiendo buscar un libro de Octavio Paz. "¿Has leído Como agua para chocolate?", le pregunté, mi voz ronca por la emoción. Ella levantó la vista, sonrió con labios carnosos que pedían ser besados, y respondió: "Órale, sí, pero prefiero las pasiones reales a las de las novelas". Su aliento olía a menta y algo dulce, como tamarindo fresco. Hablamos de libros, de cómo las palabras podían hacer arder la piel, de autores prohibidos que describían cuerpos entrelazados bajo sábanas de lino. Cada roce accidental de su mano contra la mía enviaba chispas eléctricas por mi espina dorsal. El calor de la librería se volvía sofocante, sudor perlando su escote, invitándome a lamer cada gota.

"¿Sabes qué es lo que más me prende de un libro?", murmuró ella, acercándose tanto que sentí el calor de su cuerpo. "Cuando las letras te hacen mojar las páginas".

Mi verga se endureció al instante, presionando contra mis jeans. La llevé a la trastienda, un rincón olvidado lleno de tomos polvorientos y un sofá raído que parecía perfecto para pecados. "Aquí nadie nos molesta", le dije, y ella asintió, mordiéndose el labio inferior. Nuestras bocas se encontraron en un beso feroz, lenguas danzando como en un tango prohibido. Sabía a gloria, a chile en nogada y promesas calientes. Mis manos exploraron su espalda, bajando hasta apretar sus nalgas redondas, firmes como piñatas listas para reventar.

La despojé del huipil con urgencia, revelando senos plenos, pezones oscuros erguidos como botones de cacao. Los chupé con hambre, succionando hasta que gimió, un sonido gutural que reverberó en mi pecho. "Pinche Bastian, qué rico", jadeó, mientras sus uñas arañaban mi nuca. Olía a jazmín y excitación, ese almizcle femenino que nubla la razón. La recosté en el sofá, su falda subida hasta la cintura, sin calzones. Su panocha depilada brillaba húmeda, labios hinchados invitándome. Metí dos dedos despacio, sintiendo su calor aterciopelado, el jugo resbalando por mi mano. Ella arqueó la espalda, gimiendo: "¡Más, cabrón, no pares!".

El ritmo de su respiración se aceleró, coincidiendo con el tráfico lejano de la calle Madero. Le lamí el clítoris, saboreando su néctar salado y dulce, mientras ella me agarraba el pelo, empujándome más profundo. Mis bolas dolían de tanta necesidad, mi verga palpitando como un corazón desbocado. "Te quiero dentro, Bastian", suplicó, y no me hizo repetir. Me quité la ropa a tirones, mi polla saltando libre, venosa y gruesa, goteando precum. Ella la tomó en su mano suave, masturbándome lento, ojos fijos en los míos con lujuria pura.

La penetré de un solo empujón, sintiendo cómo su concha me envolvía como guante caliente y mojado. "¡Ay, wey, qué grande!", gritó, piernas envolviéndome la cintura. Embestí con fuerza controlada, cada choque de pelvis un estruendo húmedo, piel contra piel resonando en la trastienda. Sus tetas rebotaban hipnóticas, yo las amasaba mientras la follaba, sudando juntos, el olor a sexo impregnando el aire polvoriento. Ella clavó las uñas en mi espalda, dejando marcas que arderían después como trofeos. Esto es mejor que cualquier libro, pensé, perdido en su calor, en el slap-slap de nuestros cuerpos unidos.

La volteé a cuatro patas, admirando su culo perfecto, redondo y bronceado. Le di nalgadas suaves, viendo cómo la carne temblaba, roja como mole poblano. Volví a entrar, esta vez más profundo, golpeando su punto G hasta que tembló entera. "¡Me vengo, pinche delicioso!", aulló, su coño contrayéndose alrededor de mi verga como un puño de terciopelo. Eso me llevó al borde; embestí una última vez, gruñendo como bestia, descargando chorros calientes dentro de ella, llenándola hasta rebosar.

Colapsamos jadeantes, cuerpos pegajosos entrelazados en el sofá deshecho. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. El aroma a libros viejos ahora se mezclaba con nuestro sudor y semen, una fragancia embriagadora. "Eres como un capítulo que no quiero terminar", murmuró ella, trazando círculos en mi piel con el dedo. Yo la besé la frente, saboreando la paz post-orgasmo, esa flojera chida que te deja flotando.

Salimos de la librería al atardecer, manos entrelazadas, prometiendo volver por más lecturas... y más pasiones. La pasión de Bastian Baltasar Bux eran los libros, pero ahora también Renata, su cuerpo, su fuego. Caminamos por las calles empedradas, riendo de tonterías, el mundo vibrante a nuestro alrededor. En mi mente, ya planeaba la secuela: una noche entera entre sábanas, explorando páginas vivientes.

Y así, entre el bullicio de la ciudad que nunca duerme, encontré que los libros no eran mi única pasión. Había descubierto una viva, palpitante, que me hacía anhelar el próximo capítulo con el alma en llamas.

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