Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Diario de una Pasion Vestuario Diario de una Pasion Vestuario

Diario de una Pasion Vestuario

6912 palabras

Diario de una Pasion Vestuario

Querido diario, hoy empecé este cuaderno solo para ti, porque neta necesito desahogarme. Todo pasa en el gym de la colonia Roma, ese lugar donde el aire huele a sudor fresco y a desodorante caro. Me llamo Ana, tengo 28 pirulos y desde hace un mes, mi rutina de pesas se ha vuelto un desmadre total por culpa de Marco. Ese chulo del vestuario, con su cuerpo tallado como escultura azteca, tatuajes que se asoman por el cuello de su playera y una sonrisa que me hace mojar las panties sin permiso.

La primera vez que lo vi fue un martes al atardecer. El sol se colaba por las ventanas altas, pintando todo de naranja. Yo acababa de terminar mi serie de sentadillas, las piernas temblando como gelatina, el corazón latiéndome a mil. Me dirigí al vestuario de mujeres, pero pasé por el mixto que usan los trainers. Ahí estaba él, saliendo de la regadera, con una toalla blanca enrollada en la cadera. El vapor subía del piso, oliendo a jabón de eucalipto y a hombre puro. Sus gotas de agua corrían por el pecho definido, bajando hasta perderse en esa V que me dejó babeando.

¿Qué pedo conmigo? ¿Por qué siento este calor en el estómago, como si me hubiera comido unos chiles en nogada demasiado picantes?
Me quedé clavada, fingiendo checar mi celular. Él me guiñó el ojo y dijo: "Órale, güeyita, ¿ya terminaste o qué?". Su voz ronca, con ese acento chilango puro, me erizó la piel.

Desde ese día, el gym se convirtió en mi adicción. Cada mañana, antes de ir a la oficina, me ponía mi legging negro ajustado, el que resalta mi culo redondo, y mi brassier deportivo que deja ver justo lo necesario. Lo buscaba con la mirada entre las máquinas. Él era trainer personal, siempre rodeado de morras fitness, pero sus ojos se desviaban hacia mí. Una vez, mientras hacía deadlifts, se acercó por detrás. Sentí su aliento caliente en mi nuca, su mano grande corrigiendo mi postura. "No te encorves, reina, así vas a romperte la espalda", murmuró. Su toque fue eléctrico, como un chispazo. Olía a sudor limpio, a testosterona y a esa colonia que me volvía loca. Mi coño palpitó, y tuve que morderme el labio para no gemir ahí mismo.

Los días pasaban y la tensión crecía como volcán. En el espejo del gym, nos mirábamos de reojo. Yo sudaba más de lo normal, imaginando sus manos en mis tetas, su boca devorándome.

Puta madre, Ana, contrólate. Es solo un pendejo guapo, pero neta me lo quiero comer entero.
Una noche de viernes, el gym estaba casi vacío. Terminamos al mismo tiempo. Caminamos hacia los vestuarios, el pasillo angosto oliendo a cloro y humedad. Él se detuvo: "Hey, Ana, ¿verdad? Te he visto por aquí. ¿Quieres que te ayude con tu rutina mañana?". Su mirada era fuego puro, bajando por mi cuerpo empapado en sudor. Asentí, la boca seca. "Sí, claro, Marco". Nos despedimos con un roce de manos que duró demasiado, sus dedos callosos rozando mi palma, enviando ondas hasta mi clítoris.

El sábado fue el detonante. Llegué temprano, el gym aún fresco, con música de cumbia rebajada sonando bajito. Hicimos una sesión brutal: burpees, planks, squats con su cuerpo pegado al mío para "corregir". Cada vez que me tocaba, el aire se cargaba de electricidad. Sudor goteaba de su frente al cuello, y yo lamía mis labios sin querer. Terminamos exhaustos, respirando agitados. "Vamos al vestuario a estirar", dijo él, con voz grave. El corazón me iba a reventar. Entramos al vestuario mixto, vacío a esa hora. Las luces tenues, bancos de madera húmeda, lockers metálicos fríos. Olía a vapor caliente, a cuerpos lavados y a deseo crudo.

Se quitó la playera de un jalón, revelando su torso perfecto, músculos flexionados por el esfuerzo. Yo no pude más. Me acerqué, temblando. "Marco, no aguanto más verte así". Él sonrió, pícaro: "Yo tampoco, morra. Desde el primer día te quiero partir". Sus manos me agarraron la cintura, jalándome contra su pecho duro. Sentí su erección presionando mi abdomen, gruesa y lista. Nuestros labios chocaron en un beso salvaje, lenguas enredándose con sabor a sal y menta. Gemí en su boca, mis uñas clavándose en su espalda tatuada.

Me quitó el brassier con urgencia, mis tetas saltando libres, pezones duros como piedras. Los succionó con hambre, mordisqueando suave, enviando descargas directas a mi entrepierna. "Qué ricas chichis, Ana", gruñó. Yo bajé la mano a su short, palpando esa verga enorme, palpitante bajo la tela. La saqué, admirándola: venosa, cabezota rosada brillando de pre-semen. La masturbe lento, sintiendo su calor en mi palma, mientras él metía dedos en mi legging, rasgándolo casi. Mi coño chorreaba, resbaloso de jugos. "Estás empapada, puta", dijo riendo, y metió dos dedos adentro, curvándolos contra mi punto G. Grité, las rodillas flojas, el placer como olas rompiendo.

Me sentó en el banco, abrió mis piernas. Su lengua atacó mi clítoris, lamiendo con maestría, chupando mis labios hinchados. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su sudor. Lamí su cuello, probando la sal de su piel. "¡Ay, cabrón, no pares!", supliqué. Él aceleró, dedos follando mi interior mientras su boca devoraba. El orgasmo me golpeó como camión, cuerpo convulsionando, chorros salpicando su cara. Él se levantó, verga en mano, y me penetró de un embestida. Llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. Gemí fuerte, el locker retumbando con mis gritos.

Follamos como animales. Yo encima, cabalgándolo, tetas rebotando, sintiendo cada vena rozando mis paredes. Él me agarraba el culo, azotando suave: "Muévete así, reina, qué rico te sientes". Sudor nos unía, pieles resbalosas chocando con palmadas húmedas. Cambiamos: él de pie, yo contra el locker frío, piernas enredadas en su cadera. Me bombardeó profundo, bolas golpeando mi culo, su aliento jadeante en mi oído. "Te voy a llenar, Ana". El clímax llegó juntos: yo apretándolo como tenaza, él explotando dentro, semen caliente inundándome, gimiendo mi nombre.

Caímos exhaustos al piso, cuerpos entrelazados, respiraciones calmándose. El vestuario olía a sexo puro, a nosotros. Me besó la frente: "Esto apenas empieza, mi reina". Reí, feliz.

Diario, esta pasión en el vestuario es lo mejor que me ha pasado. Mañana volvemos por más.

Han pasado semanas, y cada sesión termina igual: sudor, besos robados, folladas intensas en ese rincón sagrado. Marco es mi vicio, mi pendejo perfecto. Hoy, mientras estirábamos, me susurró planes para un viaje a la playa. Imagino su cuerpo aceitado bajo el sol de Cancún, follando en la arena. El deseo no se apaga; crece. Este diario guarda nuestros secretos, esta pasión que nació en el vestuario y nos consume enteros.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.