Pasión Capítulo 36 Fuego en la Piel
El sol de Puerto Vallarta se ponía como un chisme ardiente en el horizonte, tiñendo el cielo de rojos y naranjas que se reflejaban en las olas del Pacífico. Yo, Ana, caminaba por la playa con el viento salado revolviéndome el pelo, sintiendo la arena tibia entre los dedos de los pies. Hacía meses que no veía a Javier, mi amor de toda la vida, ese macho que me hacía temblar con solo una mirada. Habíamos quedado en encontrarnos aquí, en este paraíso, para reavivar lo que el tiempo había intentado apagar. Mi corazón latía fuerte, como tambores de mariachi en fiesta, y entre las piernas ya sentía ese cosquilleo traicionero que anunciaba tormenta.
Lo vi de lejos, recostado en una tumbona junto a la piscina infinita del hotel. Su piel bronceada brillaba bajo el último rayo de sol, el pecho ancho subiendo y bajando con calma, y esos ojos cafés que siempre me desnudaban sin piedad. Me acerqué, moviendo las caderas con ese swing que sé que lo vuelve loco. ¡Qué chula estás, mi reina!
me dijo con esa voz ronca, levantándose para abrazarme. Sus brazos fuertes me envolvieron, y olí su colonia mezclada con el salitre del mar. Neta, en ese momento ya quería arrancarle la camisa.
Esto es pasión capítulo 36, pensé, el capítulo donde volvemos a encender el fuego que nunca se apagó.Nos besamos ahí mismo, con la brisa acariciándonos, sus labios suaves pero exigentes probando los míos como si fueran tequila añejo. Sentí su lengua explorando, cálida y juguetona, y un gemido se me escapó sin querer. Control, Ana, control, me dije, pero mi cuerpo ya estaba en llamas.
Subimos a la suite, el elevador parecía eterno, con sus manos en mi cintura apretando justo donde duele de gusto. La habitación era un sueño: cama king size con sábanas de algodón egipcio, balcón con vista al mar rugiente, y velas ya encendidas que Javier había preparado. Me quitó el vestido floreado de un tirón suave, dejando que cayera al piso como una promesa rota. Mírate, toda rica y mía
, murmuró, sus ojos devorándome. Yo le desabroché la camisa, sintiendo los músculos duros bajo mis uñas, oliendo su sudor fresco que me mareaba.
Nos tumbamos en la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando la piel sensible, enviando chispas directas a mi centro. Qué rico se siente su boca, pensé mientras arqueaba la espalda. Le arañé la espalda, oyendo su gruñido animal que vibraba contra mi clavícula. Bajó más, lamiendo mis pechos, chupando los pezones hasta ponérmelos duros como piedritas. El sonido de su succión era obsceno, húmedo, y yo jadeaba, el aire cargado del olor a sexo que ya empezaba a flotar.
No pares, Javier, no pares, le supliqué en voz baja, metiendo los dedos en su pelo revuelto. Él sonrió pícaro, ese pendejo encantador, y siguió bajando, besando mi vientre plano, metiendo la lengua en mi ombligo hasta hacerme reír y gemir al mismo tiempo. Llegó a mis bragas, ya empapadas, y las deslizó con dientes, oliendo mi excitación. Hueles a miel y pecado, mi amor
, dijo antes de separar mis piernas. Su aliento caliente rozó mi panocha, y yo temblé, anticipando el placer.
Primero lamió despacio, trazando círculos alrededor del clítoris, saboreándome como si fuera el postre más chido del mundo. El sabor salado de mi humedad lo enloquecía, lo veía en sus ojos entrecerrados. Yo me retorcía, las sábanas arrugándose bajo mis puños, el mar de fondo rugiendo como banda sonora perfecta. Esto es puro fuego, pensé, mientras él metía la lengua adentro, chupando con hambre, sus dedos abriéndose paso para acariciar mis labios internos. Gemí fuerte, ¡Sí, así, cabrón!
, y él aceleró, el sonido chapoteante mezclándose con mis jadeos.
Pero yo quería más, quería devorarlo. Lo empujé hacia arriba, volteándolo como una luchadora. Mi turno, guapo
, le dije, bajando por su torso, besando cada abdominal marcado. Llegué a su short, lo bajé de un jalón, y ahí estaba su verga, dura y palpitante, venosa, lista para mí. La tomé en la mano, sintiendo el calor y el pulso acelerado, oliendo ese aroma masculino que me ponía caliente. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota precursora salada, y él gruñó, ¡Qué mamada tan rica, Ana!
Me la metí a la boca, chupando con ganas, la lengua girando alrededor del glande, mis manos masajeando las bolas pesadas. Él se arqueaba, respirando entrecortado, el sudor perlando su frente. Lo miré a los ojos mientras lo tragaba más profundo, gimiendo vibraciones que lo volvían loco. Soy la reina de esto, pensé, empoderada, controlando su placer. Pero la tensión crecía, mi panocha latía vacía, pidiendo llenarse.
Subí, montándolo como amazona. Su verga rozó mi entrada, húmeda y lista, y me hundí despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, me llenaba hasta el fondo. ¡Ay, qué chingón!
exclamé, las paredes internas apretándolo. Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada roce, el roce de su pubis contra mi clítoris. Él me agarró las nalgas, amasándolas, guiando el ritmo. El slap-slap de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con nuestros gemidos y el oleaje eterno.
Aceleramos, yo cabalgando fuerte, pechos rebotando, sudor goteando entre nosotros. Sus manos subieron a mis tetas, pellizcando pezones, y yo me incliné para besarlo, lenguas enredadas, sabor a sexo compartido.
Pasión capítulo 36, el clímax que nos redefine, cruzó por mi mente mientras el orgasmo se acercaba como ola gigante. Él empujaba desde abajo, profundo, golpeando ese punto que me deshace.
¡Me vengo, Javier!grité, y exploté, contracciones milagrosas ordeñando su verga, jugos chorreando.
Él no tardó, gruñendo como fiera, ¡Yo también, mi vida!
, y se corrió dentro, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando bajo el mío. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos, el corazón tronando al unísono. El aroma a sexo y mar nos envolvía, las velas parpadeando sombras en las paredes.
Nos quedamos así, abrazados, su mano acariciando mi espalda en círculos perezosos. Eres lo mejor que me ha pasado, Ana
, susurró, besándome la frente. Yo sonreí, sintiendo la paz post-orgásmica, el cuerpo lánguido pero satisfecho. Esto no es solo sexo, es nosotros, pensé, mientras el sol se ocultaba del todo, dejando estrellas testigos.
Nos duchamos juntos después, el agua caliente lavando el sudor pero no el recuerdo. Sus manos jabonosas en mi piel, risas compartidas, promesas de más capítulos. Salimos al balcón, envueltos en albornoz, con una botella de tequila reposado. Brindamos por la pasión que no muere, el mar susurrando secretos. Esa noche, en Puerto Vallarta, pasión capítulo 36 se grabó en mi alma, un fuego eterno que nos une para siempre.