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Pasión Cap 38 Noche de Fuego en la Piel

7320 palabras

Pasión Cap 38 Noche de Fuego en la Piel

La noche en Guadalajara se sentía como un abrazo caliente, con el aire cargado del aroma a jazmines del jardín y el lejano rumor de la ciudad que nunca duerme. Yo, Ana, estaba en mi recámara de la casa en las afueras, esa que rentaba con Marco desde hace unos meses. Habíamos planeado esta pasión cap 38, como le decíamos a nuestras noches locas, numerándolas como capítulos de una novela erótica que solo nosotros escribíamos. El cuarenta y ocho se había quedado en mi memoria por el way en que me había hecho suya contra la pared de la cocina, pero esta, la treinta y ocho, prometía ser inolvidable.

Me miré en el espejo de cuerpo entero, ajustándome el vestido negro ceñido que dejaba poco a la imaginación. Mis curvas se marcaban perfectas, los pechos altos y firmes, la piel morena brillando bajo la luz tenue de las velas que había encendido. Olía a vainilla y a mi perfume favorito, ese con notas de coco que a Marco le volvía loco. ¿Y si llega tarde otra vez, el pendejo? pensé, mientras el corazón me latía fuerte en el pecho. Pero no, su carro ya rugía en la entrada, ese sonido grave del motor que me erizaba la piel.

¡Órale, Ana, cálmate! Esta noche vas a explotar de tanto deseo.

La puerta se abrió y ahí estaba él, Marco, con su camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el pecho velludo y tatuado, jeans ajustados que marcaban su paquete de una forma que me humedecía al instante. Sus ojos cafés me devoraron de arriba abajo, y una sonrisa chueca se le dibujó en la cara.

Mamacita, qué chingona te ves —dijo con esa voz ronca que me ponía la concha en llamas—. ¿Lista para la pasión cap 38?

Me acerqué contoneándome, sintiendo cómo mis caderas se movían solas. El olor de su colonia, mezclado con su sudor fresco del tráfico, me invadió las fosas nasales. Le puse las manos en el pecho, sintiendo el calor de su piel a través de la tela fina.

—Más que lista, carnal. Ven, que te tengo una sorpresa.

Lo jalé hacia la cama king size, cubierta de pétalos rojos que había esparcido esa tarde. Nos besamos como si no hubiera mañana, sus labios carnosos saboreando los míos con urgencia, la lengua explorando mi boca con maestría. Gemí bajito cuando su mano bajó por mi espalda, apretándome el culo con fuerza posesiva pero tierna. Todo consensual, todo puro fuego mutuo.

Acto uno apenas empezaba, pero ya sentía la tensión en mi vientre, ese nudo delicioso que pedía más.

Nos fuimos desvistiendo despacio, saboreando cada roce. Le quité la camisa, lamiendo su cuello salado, inhalando su esencia masculina que me mareaba. Él me bajó el vestido de un tirón suave, dejando mis tetas al aire. Sus ojos se agrandaron, y murmuró:

Qué ricas, Ana. Estas chichis son mi perdición.

Me recostó en la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando la clavícula, hasta llegar a mis pezones erectos. Los chupó con hambre, la lengua girando en círculos que me hacían arquear la espalda. El sonido de su succión húmeda llenaba la habitación, mezclado con mis jadeos. ¡Ay, Diosito, qué bueno! Mi mano se enredó en su pelo negro revuelto, jalándolo más cerca.

Pero no quería que terminara tan rápido. Lo empujé juguetona, poniéndome encima. Sus jeans volaron al piso, revelando su verga dura como piedra, venosa y gruesa, apuntándome como un arma de placer. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso caliente, el terciopelo sobre acero. La masturbé despacio, viendo cómo su cara se contraía de gusto.

¡Qué chido, nena! —gruñó, con los ojos entrecerrados.

Me bajé más, oliendo su aroma almizclado de excitación. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el pre-semen salado que brotaba. Él gemía fuerte ahora, el sonido animalesco retumbando en mis oídos. Lo tragué entero, sintiendo cómo me llenaba la garganta, mis labios estirados al máximo.

La tensión subía como la marea en el Pacífico, pero aún no era el momento. Acto dos: la escalada.

Marco me volteó boca arriba, besando mi ombligo, bajando por el monte de Venus depilado. Separó mis muslos con manos firmes, exponiendo mi concha rosada y empapada. El aire fresco me erizó los vellos, pero su aliento caliente lo contrarrestó.

—Estás chorreando, putita rica —dijo juguetón, sin malicia, solo puro deseo compartido.

Su lengua atacó mi clítoris hinchado, lamiendo con expertise, chupando como si fuera un mango maduro. Sentí olas de placer subiendo por mi espina, mis caderas moviéndose solas contra su boca. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto G que me volvía loca. El sonido chapoteante de mi jugo era obsceno, delicioso. Olía a sexo puro, a nosotrotros.

¡No pares, cabrón! Me voy a venir ya...

Pero él se detuvo justo antes, sonriendo pícaro. —Todavía no, mi amor. Quiero sentirte apretándome la verga.

Se puso de rodillas, alineando su miembro con mi entrada. Me miró a los ojos, pidiendo permiso con la mirada. Asentí, mordiéndome el labio.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Gemí largo cuando bottomed out, su pubis contra el mío, sus bolas pesadas tocando mi culo. Nos quedamos quietos un segundo, sintiendo las pulsaciones mutuas, el calor envolvente.

Empezó a moverse, primero lento, profundo, cada embestida rozando mis paredes internas. El sudor nos cubría, haciendo que nuestros cuerpos resbalaran uno contra el otro. El slap-slap de piel contra piel era hipnótico, acompañado de nuestros alaridos.

¡Más duro, Marco! ¡Dame todo!

Aceleró, clavándome con fuerza, sus manos amasando mis tetas. Cambiamos posiciones: yo a gatas, él detrás, jalándome el pelo suave. Sentía su verga golpeando mi cervix, el placer rayando en dolor exquisito. El olor de nuestro sudor se mezclaba con el jazmín, creando un perfume único.

Inner struggle: ¿Cuánto más aguanto? Quiero correrme, pero que dure esta pasión cap 38 para siempre.

Lo volteé de nuevo, montándolo como amazona. Rebotaba en su polla, mis jugos chorreando por sus bolas. Él me pellizcaba los pezones, gruñendo mi nombre. La vista de su cara extasiada, músculos tensos, me llevó al borde.

¡Me vengo, Ana! ¡Juntos!

Explosión. Mi orgasmo me sacudió como terremoto, la concha contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo. Él rugió, llenándome de semen caliente, chorro tras chorro. Colapsamos, jadeantes, piel pegada a piel, corazones galopando al unísono.

Acto tres: el afterglow. Nos quedamos abrazados, su mano acariciando mi espalda húmeda. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El cuarto olía a sexo satisfecho, velas parpadeando sombras en las paredes.

Fue la mejor pasión cap 38, mi reina —murmuró en mi oído, su aliento cálido.

Sonreí, sintiendo la plenitud en mi alma y mi cuerpo. —Y hay más capítulos, cabrón. Esto apenas empieza.

Nos dormimos así, enredados, con la promesa de futuras noches ardientes. La pasión no se acababa; solo se recargaba para el próximo round.

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