Reparto la Pasión de Cristo
El teatro estaba a reventar de expectación esa noche en el corazón de la Ciudad de México. Yo, Ana, acababa de enterarme del reparto la pasión de cristo, esa obra que todos esperaban para Semana Santa. Me habían elegido para María Magdalena, la pecadora redimida, y el Jesús era Marco, un morro alto, de ojos cafés profundos y cuerpo esculpido como si Dios mismo lo hubiera tallado para tentar. Neta, desde el primer ensayo, sentí un cosquilleo en la panza que no era solo nervios de escenario.
El director gritaba instrucciones mientras el olor a madera vieja y sudor fresco llenaba el aire. Marco se acercó con su túnica blanca ceñida al pecho, oliendo a jabón de lavanda y algo más, un aroma masculino que me hacía apretar los muslos.
¿Por qué carajos este wey me pone así? Solo es un actor, pero su voz grave recitando "Ven, mujer, tus pecados están perdonados" me erizaba la piel.Nuestras miradas se cruzaron durante la escena del unción en los pies, y juro que vi un brillo en sus ojos, como si la pasión de la obra se colara en lo real.
Al final del ensayo, todos aplaudimos, pero yo me quedé rezagada, recogiendo mi chamarra. Marco se acercó, su mano rozó mi hombro accidentalmente, o eso creí. El toque fue eléctrico, cálido, como si su piel quemara a través de la tela. "Buen trabajo, Ana. Tienes fuego en esa Magdalena", me dijo con una sonrisa pícara. Mi corazón latió fuerte, el pulso acelerado en las sienes. "Tú tampoco estás tan pendejo como Jesús, wey", le contesté juguetona, sintiendo el calor subir por mi cuello.
Los días siguientes fueron un martirio dulce. Ensayábamos las escenas de tentación en el desierto, donde yo, como demonio disfrazado de Magdalena, lo provocaba. Sus músculos se tensaban bajo la túnica cuando yo me arrodillaba cerca, mi aliento rozando su piel. Olía a él todo el tiempo: salado, terroso, con un toque de deseo crudo. Quiero lamer ese sudor que brilla en su clavícula, pensaba mientras fingía recitar. Él respondía con miradas que prometían más que diálogos bíblicos.
Una noche, después de un ensayo largo, el teatro se vació. Solo quedamos nosotros dos, repasando la crucifixión. La luz tenue de los reflectores pintaba sombras en su rostro, haciendo que pareciera un Cristo vivo y pecador. "Ana, ayúdame con esta escena", murmuró, su voz ronca. Me acerqué, mi mano en su pecho para simular el lamento. Pero no solté. Sentí su corazón galopando bajo mi palma, duro y rápido como el mío. El aire se espesó con nuestro aliento entrecortado, el silencio roto solo por el zumbido lejano de la ciudad.
Esto no es el guion, pero neta lo quiero. ¿Y si lo beso? ¿Y si dice que no?
Él giró la cabeza, sus labios a centímetros de los míos. "No aguanto más esta tensión, Ana. Desde el reparto la pasión de cristo, te veo y me arde todo". Sus palabras fueron un detonante. Lo besé con hambre, mi lengua buscando la suya, saboreando café y menta fresca. Sus manos grandes me aferraron la cintura, atrayéndome contra su dureza evidente bajo la túnica. Gemí bajito, el sonido vibrando en mi garganta mientras sus dedos se clavaban en mi carne, posesivos pero tiernos.
Nos movimos como en un baile prohibido. Me levantó contra la pared del escenario, el yeso frío contrastando con su calor. Le arranqué la túnica, revelando su torso moreno, pectorales firmes salpicados de vello oscuro. Lo toqué todo: el relieve de sus abdominales, la curva de sus caderas. Él desabrochó mi blusa con urgencia, exponiendo mis senos al aire fresco. Sus labios bajaron, chupando un pezón endurecido, la succión enviando ondas de placer directo a mi entrepierna. ¡Qué chingón se siente su boca caliente! Olía a nuestra excitación, almizcle dulce y salado mezclándose.
"Te deseo tanto, Magdalena mía", susurró contra mi piel, mordisqueando suave. Bajó la mano por mi vientre, colándose en mis pantalones. Sus dedos encontraron mi humedad, resbaladizos, rozando mi clítoris hinchado. Jadeé, arqueándome, el roce circular volviéndome loca. "Estás chorreando por mí, ¿verdad?", dijo con voz juguetona. "Sí, pendejo, hazme tuya", le rogué, mis uñas en su espalda dejando surcos rojos.
Me bajó los pantalones, arrodillándose como en la obra, pero esta vez su lengua era el ungento. Lamía mi panocha con devoción, saboreando cada pliegue, succionando mi botón con maestría. El sonido húmedo de su boca, mis gemidos ahogados, el pulso de mi sangre retumbando en oídos. Sentí las piernas temblar, el orgasmo construyéndose como una tormenta. "¡Marco, no pares, cabrón!", grité, y exploté en su boca, jugos calientes empapándolo mientras ondas de éxtasis me sacudían.
Él se levantó, verga tiesa y gruesa asomando de su bóxer, venosa y palpitante. La tomé en mano, sintiendo su calor vivo, el terciopelo sobre acero. La masturbé lento, viendo su rostro contorsionado de placer. "Chúpamela, Ana", pidió ronco. Me arrodillé gustosa, engulléndola hasta la garganta, saboreando su precum salado. Él gemía, manos en mi pelo, follando mi boca con ritmo creciente. El olor de su sexo me embriagaba, crudo y adictivo.
No aguantamos más. Me puso en cuatro sobre el piso del escenario, alfombra áspera contra mis rodillas. Entró de un empujón lento, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. "¡Qué rica verga tienes!", exclamé, empujando contra él. Empezó a bombear, fuerte y profundo, piel contra piel chocando con palmadas húmedas. Sus bolas golpeaban mi clítoris, intensificando todo. Sudábamos, cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí. Sus manos amasaban mis nalgas, un dedo rozando mi ano juguetón, enviando chispas extra.
Esto es la verdadera pasión, no la del guion. Somos Adán y Eva en el paraíso del teatro.
Cambié de posición, montándolo como amazona. Cabalgaba su polla dura, senos rebotando, sus manos guiándome. Miraba sus ojos, perdidos en mí, y aceleré, mi panocha apretándolo rítmicamente. Él se incorporó, chupando mis tetas mientras yo giraba caderas. El clímax nos alcanzó juntos: yo gritando su nombre, él gruñendo "¡Ana, me vengo!", chorros calientes inundándome, mi coño convulsionando ordeñándolo.
Colapsamos exhaustos, cuerpos entrelazados en el suelo tibio. Su semen goteaba de mí, mezclándose con sudor. Besos suaves, respiraciones calmándose. El teatro olía a sexo puro, a nosotros. "Esto fue mejor que cualquier reparto la pasión de cristo", murmuró riendo bajito. Yo sonreí, trazando su pecho con dedo. Neta, esto apenas empieza. La obra será legendaria, pero lo nuestro, inolvidable.
Nos vestimos despacio, robándonos caricias. Salimos a la noche mexicana, luces de neón y tacos al pastor flotando en aire. Caminamos de la mano, el deseo latente prometiendo más ensayos privados. La pasión de Cristo se repartió en nuestros cuerpos, y qué chido fue.