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Canción de Pasión de Cristo

6753 palabras

Canción de Pasión de Cristo

La noche en Guadalajara estaba viva, con el aire cargado de marimba y risas que rebotaban por las calles empedradas del centro. Yo, Ana, acababa de salir de un ensayo con mi banda de rock alternativo, el cuerpo todavía vibrando con el ritmo de las guitarras. Llevaba un vestido rojo ajustado que se pegaba a mis curvas como una segunda piel, y el sudor del escenario me hacía oler a jazmín y deseo contenido. Caminaba hacia la plaza, buscando un trago fresco, cuando lo vi: Cristo, tocando su guitarra acústica bajo las luces de un farol. Su voz grave entonaba una cancion de pasion de cristo, una pieza que él mismo había compuesto, con letras que hablaban de redención carnal, de cuerpos crucificados en éxtasis.

Me paré en seco. Sus ojos negros me atraparon como un imán. Era alto, moreno, con esa barba recortada que invitaba a rozarla con los labios, y unos brazos fuertes que parecían hechos para cargar pecados.

¿Quién es este wey que canta como si me estuviera desnudando con cada nota?
pensé, sintiendo un cosquilleo en el vientre. La canción terminaba, y la gente aplaudía, pero yo solo quería acercarme. Órale, neta que su voz me erizaba la piel.

¡Qué chido tu rola, carnal! le dije, acercándome con una sonrisa pícara. Él levantó la vista, y su mirada me recorrió de arriba abajo, deteniéndose en mis pechos que subían y bajaban con la respiración agitada.

—Gracias, mamacita. Se llama Canción de Pasión de Cristo. ¿Quieres que te la dedique? —respondió, con esa sonrisa lobuna que prometía más que música.

Nos quedamos platicando. Él era Cristo, nomás Cristo, un músico callejero que tocaba en fiestas y antros, con un tatuaje de una cruz en el pecho que asomaba por su camisa abierta. Hablamos de la vida, de cómo la pasión es como una religión, y yo sentía su calor acercándose, su olor a tabaco y colonia barata que me mareaba. Terminamos en una cantina cercana, con tequilas reposados que quemaban la garganta y aflojaban las inhibiciones. Sus rodillas rozaban las mías bajo la mesa, y cada toque era eléctrico, como chispas en la piel húmeda por el calor de la noche.

La tensión crecía con cada sorbo.

Neta, este pendejo me tiene mojadita sin siquiera intentarlo
, me confesé mientras él me contaba cómo compuso esa canción inspirado en un amor perdido. Yo le toqué la mano, trazando círculos con el dedo en su palma callosa de tanto rasguear cuerdas. Sus ojos se oscurecieron, y supe que el deseo era mutuo. —Vámonos de aquí, murmuró, su aliento cálido en mi oreja, oliendo a tequila y promesas.

Acto dos: la escalada

Salimos tomados de la mano, caminando por callejones iluminados por la luna llena que pintaba todo de plata. Su departamento estaba en un edificio viejo pero chulo, con balcones llenos de buganvilias rojas que perfumaban el aire. Subimos las escaleras, y ya en la puerta, no aguantamos más. Me empujó contra la pared, sus labios devorando los míos con hambre. Sabían a sal y tequila, su lengua explorando mi boca como si fuera un secreto sagrado. Gemí bajito, mis manos enredándose en su cabello negro y ondulado.

Eres mi Cristo esta noche, le susurré, mordisqueando su labio inferior. Él rio ronco, levantándome en brazos como si no pesara nada. Entramos, y la puerta se cerró con un clic que sonó a liberación. La habitación era sencilla: una cama king con sábanas blancas arrugadas, velas encendidas que olían a vainilla y canela, y su guitarra en la esquina. Me dejó en la cama, y se quitó la camisa despacio, revelando ese torso esculpido, el tatuaje de la cruz palpitando con su pulso acelerado.

Me incorporé de rodillas, besando su pecho, lamiendo la sal de su piel sudorosa. Él jadeaba, sus manos grandes desatando mi vestido, que cayó como una ofrenda al suelo. Qué chingón se siente su toque, pensé, mientras sus dedos trazaban mi espalda, bajando hasta mis nalgas, apretándolas con fuerza posesiva pero tierna. Nuestros cuerpos se presionaban, piel contra piel, el calor subiendo como fiebre. Olía a nosotros: almizcle, sudor, excitación cruda.

Me recostó, besando mi cuello, bajando por mis senos. Sus labios chupaban mis pezones endurecidos, enviando ondas de placer directo a mi centro.

¡Ay, wey, no pares!
grité en mi mente, arqueándome. Sus manos separaron mis muslos, y sentí su aliento caliente allí, donde ya estaba empapada. Lamidas lentas, su lengua danzando en mi clítoris hinchado, saboreándome como el tequila más dulce. Gemí fuerte, mis uñas clavándose en sus hombros, el sonido de mis jadeos mezclándose con el zumbido de la ciudad afuera.

Pero no quería solo recibir. Lo empujé boca arriba, montándome a horcajadas. Su verga estaba dura, palpitante, gruesa como prometía su mirada. La tomé en mi mano, acariciándola despacio, sintiendo las venas bajo mis dedos. Él gruñó, —Neta, Ana, me vas a matar. La guié dentro de mí, bajando lento, centímetro a centímetro, hasta llenarme por completo. El estiramiento era exquisito, dolor y placer fundidos. Comencé a moverme, cabalgándolo con ritmo, mis caderas girando como en un baile prohibido. Sus manos en mi cintura, guiándome, nuestros cuerpos chocando con palmadas húmedas.

La intensidad subía. Sudábamos, el aire espeso con nuestro aroma. Él se incorporó, besándome mientras embestía desde abajo, profundo, tocando ese punto que me hacía ver estrellas.

Esta es mi canción de pasión de Cristo, mi redentor carnal
, pensé, mientras el orgasmo se acercaba como una ola. Gritamos juntos, mi interior contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo, su semen caliente llenándome en pulsos interminables.

Acto tres: el afterglow

Caímos exhaustos, enredados en las sábanas revueltas que olían a sexo y vainilla. Su pecho subía y bajaba contra el mío, nuestros corazones latiendo al unísono. Me besó la frente, suave, y yo tracé la cruz en su piel con el dedo.

Esa canción tuya... ahora la siento en el alma, le dije, riendo bajito.

—Y tú eres mi musa, Ana. La Canción de Pasión de Cristo ahora tiene tu nombre grabado en cada acorde.

Nos quedamos así, platicando en susurros hasta que el amanecer tiñó el cielo de rosa. No era solo un polvo; era conexión, pasión que trasciende la carne. Salí de ahí con las piernas temblorosas, el cuerpo marcado por sus besos, pero el alma ligera. En la calle, tarareaba su canción, sabiendo que volvería por más. Porque en Guadalajara, las noches como esa son bendiciones disfrazadas de pecado.

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