La Maracuya Porque Se Le Llama Fruta de la Pasion
El sol de Tulum te cae a plomo en la nuca mientras caminas por el mercado al aire libre, ese olor a mar salado mezclado con el dulce de las frutas tropicales que te envuelve como un abrazo pegajoso. Tú, con tu piel morena brillando de sudor, agarras la mano de Alex, tu carnal de años, el wey que te hace vibrar con solo una mirada. Él, alto, con esa barba recortada y el torso marcado bajo la camisa guayabera floja, te aprieta los dedos y te susurra al oído:
"Órale, mami, mira esas maracuyas. Parecen joyas colgando del puesto."
Tú te detienes frente al puesto de doña Rosa, la señora con el delantal floreado y sonrisa pícara. Las maracuyas cuelgan en racimos, su piel morada arrugada invitándote a tocarlas, prometiendo un jugo ácido y dulce que explota en la boca. Tomas una, la aprietas suave, sientes su flexibilidad bajo tus dedos, y un chorrito se escapa, pegajoso y aromático.
"Maracuya porque se le llama fruta de la pasion", dices en voz alta, medio en broma, recordando algo que leíste en un artículo chido sobre leyendas prehispánicas. Alex se ríe, esa carcajada grave que te eriza la piel, y se acerca por detrás, su pecho duro contra tu espalda.
"¿Quieres saber el verdadero chiste, amor? Cómpralas y te lo cuento en la cabaña. Neta, te vas a mojar nomás de oírlo."
Doña Rosa te guiña el ojo mientras embolsa media docena. "Pa' los enamorados, tómenlas con ganas, mijos." Pagas con billetes arrugados y sales del mercado, el calor húmedo pegándote la blusa al cuerpo, delineando tus curvas. Alex te jala hacia la playa, arena caliente entre los dedos de los pies, el rumor de las olas como un latido constante.
La cabaña es un paraíso rústico: palapas altas, hamacas colgando, brisa marina colándose por las ventanas abiertas. Entras y dejas caer la bolsa en la mesa de madera, el jugo de una maracuya ya goteando. Alex cierra la puerta con el pie, te gira y te besa, lento, su lengua saboreando el sal de tu piel.
Pinche wey, siempre sabe cómo encenderte, piensas mientras tus manos suben por su espalda, arañando suave.
"Siéntate", te ordena juguetón, empujándote a la hamaca. Él agarra una maracuya, la parte en dos con las manos fuertes, y el aroma explota: ácido, floral, como feromonas del trópico. El jugo negro con semillas plateadas chorrea por sus dedos. "La maracuya se le llama fruta de la pasión porque en las flores tienen forma de corona de espinas, como la Pasión de Cristo, pero nosotros... nosotros la vamos a llamar fruta de nuestra pasión."
Sus ojos brillan traviesos mientras acerca la mitad a tus labios. Tú abres la boca, el sabor te invade: dulce agrio que te hace gemir bajito, las semillas crujiendo en la lengua. Él lame el jugo de tus labios, su aliento caliente mezclándose con el tuyo. "Prueba más", murmura, y rocía el jugo en tu cuello, bajando por el escote. Su boca sigue el rastro, chupando, mordisqueando suave. Sientes el cosquilleo eléctrico bajando por tu espina, tus pezones endureciéndose contra la tela húmeda.
Tú lo jalas de la camisa, desabotonándola con dedos temblorosos. Su piel bronceada huele a sol y sal, músculos tensos bajo tus palmas. "Quítate todo, pendejo", le exiges, voz ronca. Él obedece, camisa al suelo, pantalón cayendo, su verga ya dura saltando libre, gruesa y venosa, palpitando por ti. Tú te paras, te quitas la blusa, los shorts, quedando en tanguita empapada. El aire fresco de la brisa te eriza la piel, pero su mirada te quema.
Él te tumba en la hamaca, que se mece suave, y parte otra maracuya. El jugo cae en gotas sobre tus tetas, resbalando por los pezones. Su lengua las lame, succiona, el ácido mezclándose con tu sudor salado. Qué chingón se siente, piensas, arqueando la espalda. Tus manos enredan en su pelo, jalándolo más cerca. Baja, besando tu vientre, lamiendo el ombligo donde se acumula el jugo dulce.
"Abre las piernas, mi reina", susurra, y tú lo haces, exponiendo tu concha hinchada, húmeda de anticipación. Él rocía la maracuya ahí, el fresco jugo contrastando con tu calor ardiente. El aroma se intensifica: tuyo almizclado, fruta tropical, mar. Su boca devora, lengua plana lamiendo desde el clítoris hasta la entrada, chupando las semillas que se pegan en tus labios mayores. Tú gimes alto, las olas rompiendo afuera sincronizadas con tus jadeos.
No pares, cabrón, me vas a hacer venir ya.
Pero él se detiene, travieso, y te pasa la fruta partida. "Tu turno, hazme lo mismo." Tú te incorporas, hamaca balanceándose, y lo empujas contra la mesa. Su verga erecta, tú rocías jugo desde la punta hasta las bolas, el ácido haciendo que él gruña, caderas moviéndose. La lames despacio, sabor salado de piel y dulce de fruta, lengua rodeando el glande hinchado. Él te agarra el pelo, no fuerte, solo guiando, "Sí, así, qué rica boca tienes". Chupas más hondo, garganta relajada, oyendo sus gemidos roncos, el slap de saliva y jugo.
La tensión crece, tu chochita palpitando vacía. "Fóllame ya, Alex, no aguanto". Él te levanta, te lleva a la cama king size cubierta de sábanas blancas, te pone a cuatro patas. El colchón hunde bajo tu peso, vista al mar por la ventana. Entra lento, su verga abriéndote centímetro a centímetro, llenándote. Pinche grueso, me parte en dos de gusto. Empieza a bombear, manos en tus caderas, piel contra piel slap slap, sudor goteando.
Tú empujas hacia atrás, clavándolo más, pezones rozando las sábanas ásperas. Él acelera, un brazo rodeándote, dedos en tu clítoris frotando en círculos. El jugo de maracuya seco en tu piel cruje con el movimiento, aroma persistente. Tus gemidos suben, "Más fuerte, wey, dame todo". Él obedece, embistiendo profundo, bolas golpeando tu culito redondo.
El clímax te pega como ola gigante: vientre contrayéndose, concha ordeñando su verga, grito ahogado en la almohada. Él sigue unos segundos, gruñendo "Me vengo, amor", y se corre dentro, chorros calientes llenándote, cuerpos temblando pegados. Colapsan juntos, hamaca olvidada, él encima suave, besos perezosos en tu nuca.
Después, en afterglow, yacen enredados, brisa secando el sudor. Él agarra la última maracuya, la parte y te da un bocado. "Ahora sí sabes por qué se le llama fruta de la pasión, ¿verdad?" Tú ríes, jugo chorreando por la barbilla, lamiéndolo de su dedo.
Neta, esta fruta y este hombre me tienen enganchada pa' siempre. El sol se pone afuera, tiñendo el cielo de pasión morada, como la piel de la maracuya.