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Abismo de Pasion Musica

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Abismo de Pasion Musica

La noche en el antro de la colonia Roma bullía con el ritmo de la banda en vivo. Tú habías llegado sola, con ganas de desconectar del pinche trabajo que te tenía hasta la madre. El aire estaba cargado de humo de cigarro, sudor y ese olor dulzón a tequila reposado que flotaba desde la barra. Las luces tenues parpadeaban al compás de la música, un son jarocho mezclado con toques de cumbia rebajada que hacía vibrar el piso bajo tus tacones.

Te recargaste en la barra, pidiendo un michelada bien fría. El limón fresco explotó en tu lengua al primer sorbo, y el chile picaba justo lo necesario para despertarte los sentidos. Ahí lo viste. Alto, moreno, con una playera negra ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que le quedaban como pintados. Bailaba solo en la pista, pero con una soltura que gritaba confianza. Sus ojos se cruzaron con los tuyos por un segundo eterno, y sentiste un cosquilleo en el estómago, como si la música ya te estuviera metiendo en su abismo de pasion musica.

¿Qué chingados me pasa? Es solo un wey guapo en un antro. Pero esa mirada... ay, cabrón, me está encendiendo.

Él se acercó, con una sonrisa pícara que mostraba dientes perfectos. ¿Bailas o nomás vienes a ver? te dijo, su voz grave retumbando por encima del bajo. Olía a colonia cara mezclada con el calor de su piel. Extendió la mano, y tú, sin pensarlo dos veces, la tomaste. Sus dedos eran fuertes, callosos, como de alguien que trabaja con las manos pero sabe cuidarlas.

En la pista, sus cuerpos se pegaron al ritmo. Sentiste su pecho contra tus tetas, el roce de su cadera contra la tuya. La música subía de volumen, un bolero ranchero que hablaba de amores imposibles, y cada nota te hundía más en ese abismo. Sus manos en tu cintura te apretaban justo lo suficiente para hacerte jadear. Eres fuego, nena, murmuró en tu oído, su aliento cálido rozándote el lóbulo. El sudor perlaba su frente, y tú lamiste tus labios, probando la sal de tu propia anticipación.

Acto uno cerrado, la tensión ya ardía. Salieron del antro tomados de la mano, el aire fresco de la noche mexicana golpeándolos como una caricia. Caminaron hasta su depa en Polanco, no lejos, riendo de chistes tontos sobre la banda y compartiendo un cigarro que ninguno fumó del todo. ¿Quieres pasar? Tengo una playlist que te va a volar la cabeza, dijo él, abriendo la puerta. El lugar era chido: minimalista, con posters de conciertos y una bocina Bose en la sala.

Te sirvió un mezcal ahumado, el cristal frío en tu mano contrastando con el calor que subía por tu entrepierna. Puso play, y la música llenó el espacio: un mix de rancheras sensuales y baladas roqueras, con letras que hablaban de cuerpos entrelazados y noches sin fin. Abismo de pasion musica, pensó ella, recordando el nombre de una rola vieja que sonaba justo ahora, como si el destino la hubiera puesto ahí.

Se sentaron en el sofá de piel suave, sus muslos tocándose. Hablaste de tu vida, de cómo el estrés te tenía harta, y él confesó que era músico de sesión, tocaba guitarra en giras. La música es mi vicio, pero tú... tú eres otro nivel. Sus dedos trazaron tu brazo, enviando chispas eléctricas por tu espina. Tú lo miraste fijo, el pulso acelerado latiendo en tu cuello.

No aguanto más. Quiero sentirlo todo, perderme en este wey y en esta pinche música que nos envuelve.

El beso llegó natural, como el clímax de una rola. Sus labios carnosos devoraron los tuyos, lengua explorando con hambre contenida. Sabía a mezcal y deseo puro. Te recostó en el sofá, su peso delicioso oprimiéndote, manos subiendo por tu blusa, desabrochando botones con maestría. Tus pezones se endurecieron al aire, y él los lamió despacio, succionando hasta hacerte arquear la espalda. ¡Qué chingonas tetas tienes, mamacita! gruñó, voz ronca.

Tú bajaste la mano a su entrepierna, sintiendo la verga dura como piedra bajo el jeans. La frotaste, oyendo su gemido ahogado contra tu piel. La música seguía, ahora una cumbia lenta que marcaba el ritmo de sus caderas contra las tuyas. Te quitó la falda, dedos hundiéndose en tu tanga húmeda. Asentiste, gimiendo cuando rozó tu clítoris con el pulgar, círculos precisos que te hacían ver estrellas.

Escalada perfecta. Lo desvestiste, admirando su torso esculpido, vello oscuro bajando hasta esa verga gruesa, venosa, lista para ti. La tomaste en la boca, saboreando el precum salado, lengua girando en la cabeza mientras él te jalaría el pelo suave. ¡Ay, wey, qué rico chupas! No pares, jadeó. El olor a macho excitado te mareaba, mezclado con el aroma de su piel sudada.

Te levantó como pluma, llevándote a la cama king size. Sábanas frescas de algodón egipcio rozaron tu espalda desnuda. Se puso un condón –siempre responsable, qué chulo– y te penetró despacio, centímetro a centímetro. Sentiste cada vena estirándote, llenándote hasta el fondo. ¡Más adentro, cabrón! Fóllame duro, rogaste, uñas clavándose en sus hombros.

El ritmo se sincronizó con la música: embestidas profundas al compás del bajo, lentas al verso suave. Sudor goteaba de su pecho al tuyo, sal en tu lengua cuando lo lamiste. Tus paredes lo apretaban, orgasmos construyéndose como olas. Él te volteó a cuatro patas, nalgueándote suave, el slap resonando con la percusión. Eres mi diosa, nena. Córrete para mí. Y lo hiciste, gritando su nombre –Alejandro–, el placer explotando en temblores que te dejaban muda, jugos chorreando por tus muslos.

Él siguió, gruñendo como animal, hasta derramarse dentro del látex, cuerpo convulsionando sobre el tuyo. Colapsaron juntos, respiraciones entrecortadas, pieles pegajosas unidas. La música bajaba volumen, un eco suave de guitarra que cerraba el capítulo.

Después, en el afterglow, te acurrucaste en su pecho, oyendo su corazón galopante calmarse. Olía a sexo y satisfacción, el mezcal olvidado en la mesa. Esto fue el abismo de pasion musica, ¿no? murmuraste, riendo bajito. Él te besó la frente. Y apenas empieza, preciosa.

Te fuiste al amanecer, con el cuerpo dolorido pero vivo, el recuerdo de esa noche tatuado en tu piel. La ciudad despertaba con mañanitas lejanas, pero tú llevabas tu propio ritmo interno, un latido que prometía más caídas al abismo.

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