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Cuando La Pasión Espera

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Cuando La Pasión Espera

Estaba en mi depa en la Condesa, con el ruido de los coches allá abajo y el olor a café recién hecho flotando en el aire. Yo, Ana, acababa de llegar del jale, muerta de cansancio después de un día eterno en la oficina. Mi cel traqueteaba sobre la mesa de la cocina: un mail de Diego. Órale, pensé, ¿qué traes ahora, cabrón? Abrí el archivo adjunto: cuando la pasión espera pdf. Sonreí de lado. Diego siempre con sus jueguitos creativos. Hacía semanas que no nos veíamos bien, entre su chamba en la constructora y mis juntas interminables. La pasión se había enfriado como un pozole olvidado, pero neta, lo extrañaba con todo mi ser.

Me serví un tequila reposado, el cristal frío contra mis labios, y me tiré en el sofá de piel suave. Abrí el PDF en mi laptop. Las palabras saltaron a la pantalla: una historia que empezaba igualita a la nuestra.

La pasión espera, como un volcán dormido bajo la piel, lista para erupcionar cuando menos lo esperas.
Sentí un cosquilleo en el estómago, bajando lento hasta mis muslos. Diego escribía de una chava como yo, esperando a su hombre, imaginando sus manos ásperas de tanto trabajar en obra. Pinche Diego, sabe cómo entrarme, murmuré para mí. Leí más, el corazón latiéndome fuerte, el calor subiendo por mi cuello. Describía besos que sabían a mezcal y sudor, cuerpos chocando con urgencia contenida. Mis pezones se endurecieron bajo la blusa de algodón, rozando la tela con cada respiración agitada.

El archivo seguía: ella se toca pensando en él, dedos explorando la humedad creciente entre sus piernas. Neta, no pude resistir. Dejé la laptop a un lado, el zumbido del ventilador del cuarto rompiendo el silencio. Me quité la falda ajustada, sintiendo el aire fresco lamiendo mi piel caliente. Mis manos bajaron solas, rozando la tanga de encaje negro que Diego tanto gustaba. Qué chido sería que estuvieras aquí ahorita, pensé, mientras mis dedos se colaban adentro, encontrando ese botón hinchado que pedía atención. Gemí bajito, el sonido rebotando en las paredes blancas. El olor a mi propia excitación llenó el aire, almizclado y dulce, como miel de maguey. Me moví lento, imaginando su verga dura presionando contra mí, su aliento caliente en mi oreja susurrando pinche rica.

Pero no era suficiente. Marqué su número, la voz ronca por la calentura. —Diego, ven pa'cá ya. Leí tu PDF y me tienes loca. —Neta, Ana? Ya voy, mi amor. La pasión espera, pero ya no más. Colgué, el pulso retumbando en mis sienes. Me paré frente al espejo del pasillo, viéndome: cabello revuelto, labios hinchados de morderme, ojos brillantes de deseo. Me desvestí despacio, la blusa cayendo al piso con un plop suave, los senos libres balanceándose pesados. El espejo reflejaba mi concha mojada, labios rosados brillando.

¿Cuánto tiempo más va a esperar esta pasión nuestra?
me pregunté, mientras el reloj tic-tacaba impaciente.

Diez minutos después, la llave giró en la chapa. Diego entró como huracán, alto y moreno, con esa sonrisa pícara que me deshace. Olía a cemento fresco y hombre, su camisa de trabajo pegada al pecho musculoso por el sudor del día. —Mírate, Ana, toda lista pa' mí, gruñó, cerrando la puerta de un golpe. Me jaló contra él, sus manos grandes apretando mis nalgas desnudas, el roce áspero de su barba en mi cuello enviando chispas por mi espina. Lo besé con hambre, saboreando el salado de su piel, nuestras lenguas enredándose como serpientes. Pinche Diego, qué rico sabes.

Me cargó al sillón, su cuerpo pesado cubriéndome. Sus labios bajaron por mi cuello, chupando fuerte hasta dejar marcas rojas que mañana dolerían chido. Gemí alto cuando su boca atrapó un pezón, la lengua girando alrededor, tirando suave con los dientes. —Te extrañé tanto, carnala, murmuró contra mi piel, el aliento caliente haciendo que mi panocha palpitara. Sus dedos bajaron, separando mis labios húmedos, hundiéndose lento en mi calor. Estás chorreando, Ana. Por mí, ¿verdad? Asentí, arqueándome, el sonido de mis jugos chapoteando con cada embestida de sus dedos gruesos. Olía a sexo puro, a deseo acumulado, el aire espeso con nuestros jadeos.

Lo empujé al piso, queriendo mi turno. Le arranqué la camisa, arañando su pecho velludo, bajando al cinturón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillando de pre-semen. Qué mamada de verga, Diego, pensé, lamiéndola desde la base hasta la punta, saboreando el salado salado. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo, guiándome sin forzar. La chupé profundo, garganta relajada, el olor almizclado llenándome la nariz. Así, mi reina, trágatela toda. Tosí un poco, saliva corriendo por su tronco, pero no paré, queriendo oírlo romperse.

La tensión crecía como tormenta, nuestros cuerpos sudados resbalando. Me subió encima, su verga rozando mi entrada, tentándome. —Chíngame ya, pendejo, supliqué, voz quebrada. Se hundió en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo, el estirón delicioso quemando. Gruñimos juntos, el sonido gutural ecoando. Empezó a moverse, lento al principio, cada roce enviando olas de placer desde mi clítoris hasta las yemas de los pies. El sofá crujía bajo nosotros, piel contra piel chap chap chap, sudor goteando entre mis senos.

Aceleró, mis uñas clavándose en su espalda, dejando surcos rojos.

Esta es nuestra pasión, la que esperó tanto, explotando ahora sin piedad.
Sentí el orgasmo construyéndose, coiling apretado en mi vientre. —Más fuerte, Diego, no pares. Él obedeció, embistiendo como animal, su verga golpeando ese punto dentro que me volvía loca. El mundo se redujo a sensaciones: su olor a macho, el sabor de su beso, el tacto de sus bolas contra mi culo, el sonido de nuestros cuerpos chocando. Exploté primero, gritando su nombre, paredes apretándolo mientras ondas de placer me sacudían, jugos chorreando por sus muslos.

Él siguió, gruñendo me vengo, Ana, y se vació dentro, chorros calientes pintando mis paredes. Colapsamos juntos, jadeando, su peso reconfortante sobre mí. El aire olía a sexo satisfecho, a nosotros. Besó mi frente, suave ahora, Te amo, mi vida. La pasión nunca se va, solo espera.

Nos quedamos así, envueltos en el afterglow, el PDF olvidado en la laptop parpadeando. Mañana lo leería de nuevo, pero esta noche, la pasión ya no esperaba. Era nuestra, real y ardiente, lista para más rondas en esta ciudad que nunca duerme.

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